La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:
– He de dejar el mostrador de recepción un momento, me reclaman en la Sala del Crimen. Si le diese la gana de hacerse con un teléfono móvil, podría localizarla cuando no esté en la casa.
La negativa de Tally a tener un móvil era un motivo de queja constante, pero ella se mantenía en sus trece. Aborrecía aquellos cacharros, y no sólo porque la gente tuviese la costumbre de dejarlos encendidos en las galerías de arte y museos, o porque hablasen a voz en grito mientras ella iba sentada tranquilamente en el autobús, en su asiento favorito de la primera fila del segundo piso, contemplando el espectáculo que se desarrollaba a sus pies. Tally sabía que su aversión por los teléfonos móviles iba más allá de aquellos contratiempos. De manera irracional pero ineludible, su timbre había sustituido al insistente sonido que había dominado su infancia y su vida adulta: el tintineo metálico de la campanilla de la tienda.
Sentada en la recepción, distribuyendo las entradas adhesivas, que constituían la forma que tenía Muriel de llevar la cuenta de visitantes, Tally sintió que se le alegraba el corazón al oír el murmullo contenido de voces procedente de la galería de arte. El día reflejaba su estado de ánimo. El jueves el cielo había caído en picado sobre la ciudad, impermeable como una alfombra gris, como absorbiendo su vida y su energía. Aun a la orilla del Heath el aire había tenido un sabor agrio como el hollín. Sin embargo, el viernes por la mañana el tiempo había cambiado. El aire seguía siendo frío, pero más vivificador. A mediodía, un viento refrescante sacudía las copas ralas de los árboles, moviéndose entre los arbustos y perfumando el aire con el olor a tierra de las postrimerías del otoño.
Mientras Tally estaba en la recepción, llegó la señora Strickland, una de las voluntarias. Era una calígrafa aficionada e iba al Dupayne los miércoles y los viernes para sentarse en la biblioteca y escribir los avisos y carteles que se requiriesen, con lo que cumplía un triple propósito, puesto que era competente para responder la mayor parte de las preguntas de los visitantes sobre los libros y manuscritos amén de echar un discreto vistazo a sus vaivenes por la sala. A la una y media volvieron a llamar a Tally a recepción para que sustituyese a Muriel mientras ésta almorzaba en el despacho. A pesar de que el número de visitantes había disminuido para entonces, el museo parecía más animado de lo que había estado en semanas. A las dos se había formado una pequeña cola. Mientras esbozaba una sonrisa de bienvenida y entregaba el cambio, el optimismo de Tally se incrementó. Tal vez, al final encontraran un modo de salvar el museo. Sin embargo, todavía no se había dicho una sola palabra al respecto.
Poco antes de las cinco todos los visitantes se habían marchado y Tally regresó por última vez para reunirse con Muriel en su recorrido de inspección. En los viejos tiempos con el señor Dupayne, aquélla había sido responsabilidad exclusiva de la primera, pero una semana después de la llegada de Muriel ésta había tomado la costumbre de acompañarla. Tally, quien sabía instintivamente que no le convenía enemistarse con la protegida de la señorita Caroline, no le había puesto ninguna objeción. Juntas, como era habitual, recorrieron una sala tras otra, cerraron con llave las puertas de la galería de arte y la biblioteca, y echaron un vistazo a la sala de archivos del sótano, que siempre estaba bien iluminada porque la escalera de hierro era peligrosa. Todo estaba en orden. Los visitantes no se habían dejado ningún objeto personal. Las tapas de piel que cubrían las vitrinas de cristal de las exposiciones habían sido devueltas a su sitio y sólo había que ordenar un poco las escasas publicaciones periódicas que había encima de la mesa de la biblioteca en sus cubiertas de plástico para que quedasen en perfecto estado para el día siguiente. Apagaron las luces a sus espaldas.
De vuelta en el vestíbulo principal, y levantando la vista hacia la oscuridad que había encima de las escaleras, Tally se preguntó, como hacía muchas veces, sobre la peculiar naturaleza de aquel vacío silencioso. Para ella, después de las cinco el museo se convertía en un lugar misterioso y desconocido, tal como suele ocurrir con los lugares públicos cuando se ha marchado todo el mundo y el silencio, cual espíritu extraño y de mal agüero, entra a hurtadillas para tomar posesión de las horas nocturnas. El señor Calder-Hale se había marchado a última hora de la mañana con su grupo de visitantes, la señorita Caroline se había ido hacia las cuatro y poco después Ryan había cobrado su paga del día y se había dirigido a pie hacia la estación de metro de Hampstead. En ese momento sólo quedaban Tally, Muriel y la señora Strickland. Muriel se había ofrecido a llevar en coche a la señora Strickland a la estación y ambas se habían marchado hacia las cinco y cuarto, un poco antes que de costumbre. Tally se quedó mirando el coche mientras éste desaparecía por el camino de entrada y después echó a andar a través de la oscuridad en dirección a la casa.
El viento se estaba levantando en rachas caprichosas que le arrancaban a tiras el optimismo de las horas diurnas. Luchando contra él en el costado este de la casa, se lamentó de no haber dejado las luces encendidas en el interior de su residencia. Desde la llegada de Muriel había aprendido a economizar, pero la calefacción y la electricidad de la casa dependían de un circuito separado del museo, y a pesar de que no había recibido ninguna queja Tally sabía que las facturas se examinaban minuciosamente. Además, Muriel, por supuesto, tenía razón en el sentido de que más que nunca era importante ahorrar dinero, pero al acercarse a la densa oscuridad, deseó con todas sus fuerzas que la luz de la sala hubiese estado encendida para que su brillo a través de las cortinas la tranquilizase diciéndole que aquél seguía siendo su hogar. Se detuvo en la puerta para observar, por encima de la extensión del Heath, el resplandor distante de Londres. Aun cuando oscureciese y el Heath se transformara en un vacío negro bajo el cielo nocturno, seguía siendo su lugar amado y familiar.
Se oyó un ruido entre los arbustos y apareció Vagabundo. Sin ninguna demostración de afecto ni reconocimiento de la presencia de ella, se paseó por el camino y se sentó a esperar a que le abriese la puerta. Vagabundo era un gato callejero. Hasta Tally tenía que admitir que existían muy pocas posibilidades de que alguien quisiera quedarse con él por voluntad propia. Era el gato más grande que había visto nunca, de color anaranjado, una cara cuadrada y plana en la que un ojo estaba ligeramente por debajo del otro, unas zarpas enormes y una cola de la que no parecía saberse dueño del todo, pues pocas veces la utilizaba para mostrar otra emoción que el fastidio. Había salido del Heath el invierno anterior y había permanecido apostado a la puerta de la casa durante dos días hasta que Tally, obrando quizá de manera imprudente, le había sacado un plato de comida para gatos. El animal la había engullido con voracidad y luego había entrado por la puerta abierta hasta la sala y había tomado posesión de un sillón. Ryan, que estaba trabajando ese día, lo había observado con recelo desde la puerta.
– Entra, Ryan. No va a atacarte, sólo es un gato -había dicho Tally-. No puede evitar tener ese aspecto.
– Pero es que es muy grande. ¿Qué nombre va a ponerle?
– No lo he pensado. Tigre o Mermelada son demasiado obvios. Además, lo más probable es que se vaya.
– No tiene pinta de querer irse a ningún sitio. ¿Los gatos callejeros no son todos vagabundos? Podría llamarlo Vagabundo.
Y se le quedó el nombre de Vagabundo.
La reacción de los Dupayne y del personal del museo, expresada a medida que se lo fueron encontrando a lo largo de las dos semanas siguientes, había sido poco entusiasta. La voz de Marcus Dupayne había formulado su desaprobación sin remilgos: