Электронная книга - «La Hora Del Angel». Краткое содержание книги:
Toby O’Dare, un famoso asesino a sueldo, es un hombre despiadado que recibe órdenes del Hombre Justo. Se mueve en un mundo de pesadilla hasta que aparece un forastero misterioso, un serafín, y le ofrece la oportunidad de salvar vidas en lugar de destruirlas.
Viaja atrás en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XIII, y en ese escenario primitivo, comienza su peligrosa búsqueda de la salvación: una odisea llena de lealtades y traiciones, de egoísmo y amor.
– ¿No me permitirás que te ayude a tomar esa decisión? Si decides que quieres que vaya a París a buscar a ese hombre, lo haré. -Me miró con atención durante largo rato-. No dudes de mí -dije-. Soy un vagabundo, pero creo que es voluntad del Señor que me encuentre aquí. Creo que he sido enviado para ayudaros. Y me arriesgaré a cualquier cosa, sólo por hacerlo.
Ella siguió examinándome, pensativa. ¿Me aceptaría?
– Dices que has perdido a dos hijas. Cuéntame lo que ocurrió. Y háblame de ese hombre. Sea lo que sea lo que me digas, no será utilizado en perjuicio de nadie, sino sólo para ayudaros a encontrar una solución.
– Muy bien -dijo-. Os contaré toda la historia, y tal vez en el relato encontremos la decisión, porque no nos enfrentamos a una tragedia común…, y ésta tampoco es una historia común.
9 La confesión de Fluria
– Hace catorce años, yo era muy joven y muy imprudente, y una traidora a mi fe y a todo lo que me es querido. Estábamos en Oxford entonces, y mi padre daba clases allí a algunos estudiantes. Visitábamos Oxford con frecuencia porque él tenía alumnos allí, estudiantes que querían aprender el hebreo y le pagaban bien las clases.
»Por primera vez, a lo que parece, había personas que deseaban aprender la antigua lengua. Y salían a la luz más y más documentos de tiempos remotos. Mi padre estaba muy solicitado como profesor, y era respetado tanto por los judíos como por los gentiles.
»Él pensaba que era bueno para los cristianos aprender el hebreo. Discutía con ellos cuestiones de fe, pero siempre en términos amistosos.
»Lo que no podía saber es que yo había entregado mi corazón sin reservas a un joven que por entonces estaba terminando sus estudios de Artes en Oxford.
»Él tenía casi veintiún años, y yo sólo catorce. Sentía por él una pasión tan grande como para abandonar mi fe, el amor de mi padre y cualquier herencia que pudiera recibir. Y aquel joven también me amaba tanto como para abandonar su propia fe si era necesario.
»Fue ese joven quien vino a avisarnos antes de los disturbios de Oxford, y nosotros pasamos el aviso a tantos judíos como pudimos, y así escaparon. De no haber sido por aquel joven, habrían desaparecido muchos más libros de los que perdimos, y también muchos objetos de valor que poseíamos. Mi padre sentía un gran cariño por ese joven, por agradecimiento pero también en general porque le agradaba su aguda inteligencia.
»Mi padre no tenía hijos varones. Mi madre había muerto al dar a luz a unos gemelos, ninguno de los cuales sobrevivió.
»Aquel joven se llamaba Godwin, y todo lo que necesitáis saber de su padre es que era un conde poderoso, rico, y furioso cuando se enteró de que su hijo se había enamorado de una judía, furioso cuando supo que sus estudios le habían puesto en contacto con una muchacha judía por la que estaba dispuesto a abandonarlo todo.
»Se había creado un lazo muy profundo entre el conde y Godwin. Godwin no era el primogénito, pero sí el favorito de su padre, y el tío de Godwin, que había muerto sin descendencia, legó a Godwin una fortuna en Francia tan grande por lo menos como la que había de heredar el hermano mayor, Nigel, de su padre.
»Entonces el padre se vengó de su decepción en la persona de Godwin.
»Lo envió a Roma para apartarlo de mí y educarlo en el seno de la Iglesia. Amenazó con denunciar la seducción, como él la llamaba, a menos que yo no volviera a pronunciar el nombre de Godwin y que Godwin partiera de inmediato y jamás volviera a mencionar mi nombre tampoco. Lo cierto es que el conde temía la desgracia que sobrevendría si se llegaba a conocer que Godwin sentía una gran pasión por mí, o si intentábamos contraer un matrimonio secreto.
»Podéis imaginar el desastre que habría supuesto para todos el que Godwin ingresara realmente en nuestra comunidad. Ha habido conversos a nuestra fe, sí, pero Godwin era hijo de un padre orgulloso y lleno de poder. ¡Imaginad las persecuciones! Ha habido tumultos por mucho menos que el hecho de que el hijo de un noble abrazara nuestra fe, en estos tiempos azarosos en que nos vemos constantemente perseguidos.
»En cuanto a mi padre, no sabía de qué se nos podía acusar, pero estaba tan harto como furioso. Que yo me convirtiera era impensable para él, y pronto consiguió que también fuera impensable para mí.
»Se sintió traicionado por Godwin. Había acogido a Godwin bajo su techo, para estudiar hebreo, para hablar de filosofía, para sentarse a los pies de mi padre y, sin embargo, el alumno había cometido la fechoría de seducir a la hija del gran maestro.
»Era un hombre con un corazón que rebosaba cariño hacia mí, porque yo era todo lo que tenía, pero se puso furioso con Godwin.
»Godwin y yo nos dimos cuenta pronto de que no había esperanza para nuestro amor. Atraeríamos tumultos y desastres, no importaba lo que hiciéramos. Si me convertía al cristianismo, sería expulsada de mi comunidad, la herencia que recibiría de mi madre sería confiscada, y mi padre se vería solo en su vejez, una idea que me resultaba insoportable. Las desgracias no serían menores para Godwin si se convertía al judaísmo.
»De modo que decidimos que Godwin iría a Roma.
»Su padre dio a entender que todavía albergaba sueños de grandeza para su hijo, una mitra de obispo sin duda, si no un capelo de cardenal.
»Godwin contaba con parientes en el poderoso clero de París y en Roma. Sin embargo, para él era un duro castigo verse forzado a pronunciar sus votos, porque no creía en el Dios de una ni de la otra religión, y se comportaba como un joven en extremo mundano.
»Mientras yo amaba su inteligencia, su humor y su pasión, otros admiraban la cantidad de vino que era capaz de beber en una velada y su habilidad como espadachín, como jinete o en el baile. De hecho, su alegría y su encanto, que a mí me sedujeron, iban acompañados de una gran elocuencia y afición a la poesía y al canto. Había escrito mucha música para laúd, y a menudo tocaba ese instrumento y me cantaba cuando mi padre se había acostado ya y no podía oírnos en las habitaciones de la planta baja.
»Una vida de eclesiástico era algo enteramente desabrido para Godwin. De hecho, habría preferido tomar la cruz e ir a guerrear a Tierra Santa, al encuentro de aventuras allí y en el camino.
»Pero su padre no se lo permitió, y dispuso las cosas de forma que lo envió a la más estricta y más ambiciosa de sus relaciones clericales en la Ciudad Santa, y le dijo que o bien se ordenaba o sería desheredado.
»Godwin y yo nos vimos una última vez, y fue entonces cuando me dijo que nunca debíamos volver a vernos. No le importaba lo más mínimo su carrera en la Iglesia. Dijo que su tío de Roma, el cardenal, tenía dos queridas. A sus otros primos también los consideraba unos hipócritas consumados, y hablaba de ellos con desprecio.
»“Toda Roma está llena de clérigos malvados y licenciosos -me dijo-, y de malos obispos, y yo seré uno más. Con un poco de suerte algún día me uniré a los cruzados, y lo tendré todo. Pero no te tendré a ti. No tendré a mi amada Fluria.”
»Por mi parte, me había dado cuenta de que no podía abandonar a mi padre, y me sentía muy desgraciada. No me parecía que pudiera seguir viviendo sin el amor de Godwin.
»Cuanto más nos repetíamos que no nos tendríamos el uno al otro, más nos indignábamos. Y creo que aquella noche estuvimos a punto de fugarnos juntos, pero no lo hicimos.
»Godwin ideó un plan.
»Nos escribiríamos. Sí, eso supondría por mi parte desobedecer a mi padre, sin la menor duda, y lo mismo ocurría con Godwin, pero las cartas nos parecían el medio a través del cual acumularíamos más fuerzas para obedecer a nuestros padres. Nuestras cartas, ignoradas por nuestros progenitores, nos ayudarían a aceptar sus exigencias.
»“Si pensara que no íbamos a tener ni siquiera eso -dijo Godwin-, la expansión de nuestros corazones por escrito, me faltaría valor para partir de aquí ahora.”