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El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
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Miranda puso el florero de regreso sobre la mesa con doloridos y cuidadosos dedos. Despacio, constante, inspira, espira. Y entonces finalmente, cuando estuvo segura de que podía hablar sin temblar, preguntó:

– ¿Abandona la ciudad?

– No, no lo creo -dijo Olivia, asentándose sobre el diván con un bostezo-. No tenía pensado permanecer en la ciudad tanto tiempo, por lo que tomará un apartamento.

– ¿Tomará un apartamento? -Miranda luchó contra el horrible hueco que sentía estaba hundiéndose en su pecho. Tomaba un apartamento. Tan sólo para alejarse de ella.

Se habría sentido humillada si no estuviera tan triste. O tal vez era ambas cosas.

– Esto es probablemente lo mejor -continúo Olivia, olvidando la angustia de su amiga-. Sé que dice que nunca se volverá a casar otra vez…

– ¿Él dijo eso? -Miranda se congeló. ¿Cómo era posible que no lo supiera? Sabía que había dicho que no buscaba esposa, pero seguramente no había pensado para siempre.

– Oh, sí -contestó Olivia-. Lo dijo el otro día. Fue bastante firme. Pensé que Madre tendría un ataque por ello. Por así decirlo, estuvo muy cerca de desmayarse.

– ¿Tu madre? -Miranda tenía dificultad en imaginárselo.

– Bueno, no, pero si sus nervios hubieran sido menos fuertes, seguramente lo habría hecho.

La mayor parte del tiempo Miranda disfrutaba de las divagaciones de su amiga, pero en este momento quería estrangularla.

– De todos modos -dijo Olivia, suspirando mientras se recostaba-, dijo que no se casará, pero estoy completamente segura de que lo reconsiderará. Simplemente debe pasársele la pena. -Hizo una pausa, mirando de refilón a Miranda con una expresión sardónica-. O la falta de ella.

Miranda sonrió tensamente. Tan tensamente, de hecho, que estaba lo bastante segura de otra persona era quien lo hacía.

– Pero a pesar de lo que dice -agregó Olivia, recostándose y cerrando los ojos-, con seguridad no encontrará una novia mientras viva aquí. Cielos, ¿cómo podría alguien hacer la corte en compañía de una madre, un padre y dos hermanas más jóvenes?

– ¿Dos?

– Bien, una, desde luego, pero tú podrías ser contada como una segunda. Con seguridad no puede comportarse de ninguna otra forma como podría gustarle comportarse mientras estás en su presencia.

Miranda no sabía si debía reír o llorar.

– E incluso si no escoge a una novia en cualquier momento pronto -añadió Olivia-, deberá tomar una amante. Seguramente esto le ayudará a olvidar a Leticia.

Miranda no vio que podía decir a eso.

– Y seguramente no puede hacerlo mientras esté viviendo aquí. -Olivia abrió los ojos y se apoyó sobre los codos-. Por lo que realmente, es todo para mejor. ¿No estás de acuerdo?

Miranda asintió con la cabeza. Porque tenía que hacerlo. Porque se sentía demasiado aturdida para llorar.

19 de junio de 1819

Él se ha ido hace una semana y estoy más allá de mi misma.

Si simplemente se hubiera ido, podría perdonarlo, ¡pero no ha vuelto!

No me ha llamado. No me ha enviado una carta, y aunque oigo susurros y chismes de que reanuda sus actividades normales y está siendo visto en sociedad, es cierto que nunca lo veo, si estoy en un evento, él no está. Una vez pensé que lo había visto al otro lado de una habitación, pero no puedo estar segura, porque sólo fue su espalda mientras efectuaba su salida.

No sé qué hacer con todo esto, no puedo llamarlo, podría estar a la altura de lo impropio. Lady Rudland ha prohibido hasta a Olivia visitarlo; está en The Albany y es estrictamente para caballeros. Ningún familiar o viudas.

– ¿Qué planeas ponerte para el baile de esta noche de los Worthington? -Preguntó Olivia, echando tres terrones de azúcar en su té.

– ¿Es esta noche? -Los dedos de Miranda se apretaron alrededor de la taza de té. Turner le había prometido que asistiría al baile de los Worthington y bailaría con ella. Seguramente no faltaría a una promesa.

Él estaría allí. Y si no estaba…

Ella simplemente tendría que asegurarse de que no faltara.

– Llevaré mi vestido de seda verde -dijo Olivia-. A no ser que quieras llevar tu vestido verde. Te ves realmente adorable con el verde.

– ¿Es lo que piensas? -Miranda se enderezó. De repente era imperativo que se viera absolutamente hermosa.

– Mmm-hmm. Pero sería bueno para ninguna que las dos llevemos el mismo color, por lo que tendrás que decidirte pronto.

– ¿Qué me recomiendas? -Miranda no estaba desesperada por estar a la moda, pero nunca tendría un ojo tan experto como Olivia.

Olivia inclinó la cabeza hacia un lado mientras examinaba a su amiga.

– Con tu tez, realmente siento que no puedas llevar algo más vivo, pero Mamá dice que todavía somos demasiado novatas. Pero tal vez… -Se levantó de un salto, arrebatando sabiamente una almohada verde pálido de una silla cercana y la sostuvo bajo la barbilla de Miranda-. Hmmm.

– ¿Estás planeando redecorarme?

– Sujeta esto -le ordenó Olivia, y dio varios pasos hacia atrás, soltando un elegante-. ¡Euf! -Cuando su pie se enganchó en una pata de la mesa-. Sí, sí -murmuró, manteniendo el equilibrio con el brazo del sofá-. Es perfecto.

Miranda miró hacia abajo. Y luego hacia arriba.

– ¿Debo llevar una almohada?

– No, llevarás mi vestido de seda verde. Éste es precisamente el mismo color. Annie lo recogerá hoy.

– Pero entonces, ¿que te pondrás?

– Oh, alguna otra cosa -dijo Olivia con un movimiento de mano-. Algo rosa. Los caballeros parecen volverse locos por el rosa. Hace que me vea como un dulce, me dicen.

– ¿No te importa ser un dulce? -Porque Miranda lo odiaría.

– No me importa lo que piensen -se corrigió Olivia-. Me ayuda. Hay a menudo una ventaja en la subestimación. Pero tú… -Negó con la cabeza-. Tú necesitas algo más sutil. Sofisticado.

Miranda recogió su té para tomar el último sorbo, entonces se paró, alisando la suave muselina de su vestido de día.

– Debería ir a probármelo ahora -dijo ella-. Para darle tiempo a Annie de hacer las modificaciones.

Y además de eso, tenía algo de correspondencia que atender.

Turner descubrió, mientras se anudaba la corbata de fantasía con dedos ágiles, que su talento para el ataque verbal era más amplio y profundo de lo que se había percatado. Había encontrado unas cien cosas malignas desde que había recibido esa misma tarde esa maldita nota de Miranda. Pero sobre todo, maldecía, pasase lo que pasase, el maldito sentido del honor que todavía poseía.

Asistir al baile de los Worthington era el colmo de la insensatez, la cosa más necia que posiblemente podía hacer. Pero ya lo creo que no podía romper la promesa a la jovenzuela, incluso si era por su bien.

Santo infierno. Esto no era lo que necesitaba ahora mismo.

Volvió a mirar la nota. Le había prometido bailar con ella si le faltaban compañeros, ¿verdad? Bien, esto no debería ser un problema. Simplemente se aseguraría de que tuviera más compañeros de lo que supiera qué hacer con ellos. Sería la más bella del baile.

Supuso que ya que tenía que asistir a esa fiesta, debía seguir adelante y examinar a las jóvenes viudas. Con algo de suerte, Miranda vería exactamente dónde planeaba dedicar sus atenciones y comprendería que debía mirar en otra dirección.

Se estremeció. No le gustaba el pensamiento de contrariarla. Infiernos, le gustaba la jovenzuela. Siempre le había gustado.

Movió la cabeza. No iba a contrariarla. No mucho, de todos modos. Y además, la resarciría.

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