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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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El fuego proyectado en la hoja parecía hacerla llamear. Rand tuvo un sobresalto. A menudo había soñado poseer una espada.

—¿Darla a alguien? ¿Cómo podrías desprenderte de una espada como ésta?

—No sirve de mucho para criar corderos —dijo con un bufido Tam—, ¿no es así? Tampoco para labrar un campo o segar la hierba. —Durante un largo minuto contempló el arma como si se preguntase qué hacía él con semejante objeto. Por último dejó escapar un hondo suspiro—. Pero, si no es una inquietud imaginaria lo que se ha apoderado de mí, si la mala suerte se cierne sobre nosotros, tal vez resulte un gesto útil haberla guardado en ese viejo arcón. Deslizó con suavidad la hoja en la funda y se enjugó las manos en la camisa con una mueca—. El estofado ya debe de estar listo. Lo serviré mientras preparas el té.

Rand asintió con la cabeza y fue a buscar la tetera. Sin embargo, quería conocer todos los detalles. ¿Por qué habría comprado Tam una espada? No acertaba a imaginarlo. ¿Y dónde la había adquirido? ¿Dónde estaba aquel sitio tan lejano? Nadie salía nunca de Dos Ríos; o muy pocos, como mínimo. Siempre había supuesto, aunque de un modo vago, que su padre debía de haber viajado fuera de la región, pues su madre no era nativa de allí…, ¿pero una espada? Tenía un montón de preguntas que formular una vez que se hubieran sentado a la mesa.

Como el agua hervía vigorosamente, hubo de envolver el mango del hervidor con un trapo para sacarlo del gancho. El calor enseguida atravesó el tejido. Cuando se retiraba del hogar, un pesado golpe en la puerta hizo sacudir la cerradura. Cualquier noción acerca de la espada, o del hirviente cazo que tenía en la mano, se desvaneció de su mente.

—Alguno de los vecinos —aventuró, aunque dubitativo—. Será maese Dautry que viene a pedirnos algo…

Pero la granja de Dautry, el vecino más próximo, se hallaba a una hora de camino aun a la luz del día, y, por más que Oren Dautry fuera un sablista descarado, no era nada probable que saliera de su casa después del anochecer.

Tam depositó sobre la mesa las escudillas con el estofado y se apartó despacio de ella, aferrando con ambas manos la empuñadura de la espada.

—No creo… —comenzó a decir antes de que la puerta se abriera bruscamente, al tiempo que la cerradura de hierro saltaba en pedazos por el suelo. Bajo el dintel había la figura de alguien, de una estatura como Rand no había visto otra igual; una figura cubierta de una cota de malla negra que le colgaba hasta las rodillas, con piezas metálicas erizadas en las muñecas, barbilla y hombros. Una de sus manos agarraba una maciza espada parecida a una guadaña y la otra estaba alzada a la altura de sus ojos, como para protegerlos de la luz.

Rand sintió nacer en él una especie de alivio peculiar. Quienquiera que fuese aquel personaje, no era el jinete de la capa negra. Entonces vio los cuernos retorcidos en la cabeza que rozaba el dintel y un peludo hocico en donde hubiera debido tener la boca y la nariz. Advirtió todo aquello en el tiempo que tardó en inspirar profundamente y la exhalación tomó la forma de un grito de pavor mientras, sin ser siquiera consciente de ello, arrojaba el ardiente hervidor hacia aquella cabeza semihumana.

Al salpicarle la cara el ardiente líquido, la criatura emitió un rugido, que era en parte un grito de dolor y en otra un gruñido animal. En el mismo instante en que la olla chocaba contra él, la espada de Tam surgió como un resorte. El rugido se convirtió de repente en un borboteo y la descomunal forma cayó de espaldas. Cuando aún no había terminado de caer, otra forcejeaba para abrirse camino. Rand alcanzó a percibir una cabeza deforme, coronada de puntiagudos cuernos, antes de que el arma de su padre volviera a entrar en acción y la entrada se hallara obstruida por dos enormes cadáveres. Entonces advirtió que su padre le gritaba algo.

—¡Corre, Rand! ¡Escóndete en el bosque!

Los cuerpos visibles en la entrada se movían a trompicones, presionados por los que trataban de abrirse paso. Tam colocó un hombro bajo la sólida mesa y, con un gruñido, la alzó y la hizo caer sobre la maraña de intrusos.

—¡Son demasiados para hacerles frente! ¡Por la puerta de atrás! ¡Vete! ¡Vete! —gritaba su padre—. ¡Yo iré detrás!

Rand se alejó invadido por un sentimiento de vergüenza al obedecer con tanta prontitud. Quería quedarse y ayudar a su padre, si bien no podía imaginar de qué forma, pero el miedo le atenazaba la garganta y las piernas se movían por propia voluntad. Se precipitó hacia la parte trasera de la casa y, perseguido por los estallidos y gritos provenientes de la puerta principal, corrió como no había corrido en su vida.

Tenía las manos sobre la barra que atrancaba la otra salida cuando sus ojos se posaron en la cerradura de hierro que nunca utilizaban. A menos que su padre lo hubiera hecho aquella noche. Dejó la barra en su sitio, se abalanzó hacia una ventana lateral y abrió los postigos. El crepúsculo había cedido paso a la noche. La luna llena y las deshilachadas nubes proyectaban sombras moteadas que se sucedían unas a otras atravesando el patio.

«Sombras», dijo para sí. Sólo sombras. La puerta trasera crujía como si alguien, o algo, intentara abrirla desde afuera. A Rand se le secó la saliva en la boca. Una embestida agitó la puerta en su marco y lo hizo salir de su parálisis; se deslizó por la ventana, aterrizó en el suelo como una liebre y se agazapó junto a un costado de la vivienda.

Forzó su propio cuerpo a enderezarse a medias y se obligó a mirar el interior, solamente con un ojo, solamente por una esquina de la ventana. En la oscuridad apenas veía nada; con todo, percibió más de lo que hubiera deseado. La puerta pendía de uno de sus goznes y unas formas imprecisas penetraban con cautela en la habitación y se comunicaban entre sí con apagados tonos guturales. Rand no comprendía nada de lo que decían; aquella lengua tenía un sonido duro, impropio de un idioma humano. Las hachas, lanzas y armas erizadas de púas reflejaban descarriados destellos de luna. Las botas arañaban el suelo y se oía un taconeo rítmico, similar al producido por pezuñas de animales.

Trató de activar la salivación y, tras hacer acopio de aire, gritó con todas sus fuerzas:

—¡Vienen por detrás! —Las palabras surgieron como un graznido, pero consiguió articularlas—. ¡Estoy afuera! ¡Corre, padre!

Después se alejó como una flecha del edificio. Enronquecidos gritos de rabia brotaron de la estancia trasera. Oyó un ruido estridente de cristal roto antes de que algo cayera pesadamente tras él. Supuso que alguna de las criaturas se había abalanzado sobre la ventana en lugar de deslizarse por su orificio, pero no se volvió para comprobarlo. Al igual que un zorro huyendo de los cazadores, se precipitó en dirección a las sombras que encubrían la luz de la luna y luego se tumbó boca abajo y se arrastró hacia la sombra más tupida de los corrales. Le cayó algo sobre las espaldas y se revolvió angustiado, no sabiendo si iba a intentar luchar o escapar, hasta que se dio cuenta de que había tropezado con el mango nuevo que había tallado Tam para la azada.

«¡Idiota!» Permaneció tendido allí por un momento, tratando de detener sus jadeos. «¡Un terrible idiota!» Finalmente continuó a lo largo de la parte trasera del establo, llevando consigo el mango de la azada. No era gran cosa, pero era mejor que nada. En la esquina, miró con precaución el patio y la casa.

No había señales de la criatura que había saltado tras él. Podía estar en cualquier lugar, persiguiéndolo, sin duda, a punto incluso de abatirse sobre él. Del aprisco, situado a su izquierda, salían atemorizados balidos y el rebaño corría de un lado a otro como si quisiera encontrar una vía de escape. Unas sombras imprecisas se movían en las ventanas iluminadas de la parte delantera de la vivienda y los choques del acero resonaban en medio de la oscuridad. De pronto, una de las ventanas se vino abajo con un estrépito de cristales al saltar Tam por ella, con la espada todavía en la mano. Cayó de pie, pero, en lugar de apartarse de la casa, echó a correr hacia la parte posterior, haciendo caso omiso de los monstruosos seres que salían entremezclados tras él por la ventana rota y la puerta.

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