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El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]

Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:

La primera aventura de Miles Vorkosigan, un genio de la estrategia dotado de gran inteligencia pero encerrado en un cuerpo defectuoso. Un personaje entrañable e inolvidable, protagonista de la serie de mayor éxito de la moderna space opera. Sus azañas son un agradable retorno a los temas y al tono ameno de la ciencia ficción campbelliana, y componen la más famosa creación de una de las mejores escritoras de la ciencia ficción de aventuras que ha aparecido en los últimos años.
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Llevó tiempo llegar a la enfermería, y llevó tiempo encontrar la camilla. Llevó tiempo localizar a Bothari por el intercomunicador de la nave y ordenarle, con voz furiosa y entrecortada, que se presentara en la enfermería con la asistente médica. Llevó tiempo correr otra vez por la nave vacía con la camilla hasta el pasillo de la lanzadera.

Cuando llegó, el piloto había dejado de respirar. Su rostro era tan de cera como sus manos, los labios estaban violáceos como las uñas y la sangre reseca de la sien parecía un trazo de tiza de color, oscuro y opaco.

La frenética precipitación hizo que los dedos de Miles parecieran gruesos y torpes mientras colocaba la camilla junto al mercenario; se negaba a pensar en aquello como «el cuerpo del mercenario». Y lo transportó nuevamente por el corredor. Bothari llegó a la enfermería en el momento en que Miles ponía al mercenario sobre una mesa de observación.

— ¿Qué le pasa a este hombre, sargento? — preguntó Miles con urgencia.

Bothari miró la figura tiesa del piloto.

— Está muerto — respondió llanamente, dándose la vuelta.

— ¡Todavía no, maldita sea! — gritó Miles —. ¡Tenemos que poder hacer algo para revivirle! ¡Estimulantes, o masaje cardíaco…, congelamiento… ¿Ha encontrado a la asistente?

— Sí, pero estaba demasiado fuertemente inmovilizada para despertarla.

Miles volvió a maldecir y empezó a revolver cajones, buscando medicamentos reconocibles y equipo.

Estaban desordenados; las etiquetas externas, aparentemente, no tenían relación con el contenido de los frascos.

— No servirá de nada, mi señor — dijo Bothari, mirándole impasible — Necesitaría un cirujano. Apoplejía.

Miles se tambaleó sobre sus talones, comprendiendo al fin lo que estaba presenciando. Imaginó los alambres del injerto, arrancados del cerebro, rozando contra una arteria importante y abriendo en ella un surco delgado. Entonces, la debilidad era mayor con cada pulso, hasta que el catastrófico decaimiento llenara los tejidos finalmente con la hemorragia fatal.

¿Tendría esta pequeña enfermería una cámara de congelamiento criógena? Miles se lanzó por la sala, y por la sala contigua, buscando. El proceso de congelación debería comenzarse inmediatamente o la muerte cerebral habría avanzado demasiado para ser reversible… No importaba que apenas tuviera una vaga idea de cómo se preparaba a los pacientes para el tratamiento o de cómo operar el equipo o…

¡Ahí estaba! Una reluciente cámara portátil de metal sobre una camilla flotante. Miles tenia el corazón en la boca. La batería de energía estaba vacía; los tubos de combustible, completamente descargados, y los controles de computación, abiertos como un espécimen biológico cruelmente disecado. Inservible. Bothari seguía de pie, esperando órdenes.

— ¿Necesita alguna otra cosa, mi señor? Me sentiría mejor si pudiera supervisar la búsqueda del armamento mercenario personalmente. — Miró el cadáver con indiferencia.

— Sí… no… — Miles caminó en torno a la mesa de observación a cierta distancia. Su mirada era atraída hacia el oscuro coágulo en la sien derecha del hombre —. ¿Qué hiciste con el injerto?

Bothari pareció un poco sorprendido y revisó sus bolsillos.

— Aún lo tengo, mi señor.

Miles alargó la mano hacia el plateado y comprimido injerto. No pesaba más que el botón que parecía ser; su suave superficie ocultaba su complejidad de kilómetros de circuitería viral encerrados ahí dentro. Bothari frunció un poco el ceño, mirando a Miles.

— En una operación de esta naturaleza, una baja no está tan mal, mi señor. Su vida ha salvado muchas otras, y no sólo en nuestro lado.

— Ah — dijo Miles fríamente —, tendré eso en cuenta cuando deba explicarle a mi padre cómo es que torturamos a un prisionero hasta matarle.

El sargento se quedó callado. Tras un silencio, reiteró su interés en la búsqueda de armas que estaban llevando a cabo, y Miles le liberó con un ademán cansado:

— Iré enseguida.

Miles caminó nerviosamente por la enfermería unos minutos más, evitando mirar a la mesa. Por último, movido por un oscuro impulso, buscó una jofaina, agua y un paño, y lavó la sangre reseca de la sien del piloto.

Así que esto es el terror, se dijo, que causa esas insensatas masacres de testigos de las que uno lee. Ahora lo entiendo; me gustaba más cuando no lo entendía.

Extrajo su daga, recortó los alambres que pendían del botón plateado y volvió a poner cuidadosamente el implante en la sien del oficial. Después, hasta que Daum vino a solicitar nuevas órdenes, estuvo meditando sobre los rasgos mudos y cerosos de lo que habían hecho. Pero la razón parecía retroceder, las conclusiones se hundían en premisas y las premisas en el silencio; hasta que, al final, sólo el silencio y el objeto inexplicable permanecieron.

10

Con el inhibidor nervioso, Miles le hizo un gesto al capitán mercenario para que entrase delante de él a la enfermería. En su mano, el arma letal le parecía desproporcionadamente cómoda y liviana. Algo tan devastador debería pesar más, como una espada. Falso, pues, potencialmente, se podía matar sin esfuerzo.

Se hubiera sentido más contento con un inmovilizador, pero Bothari insistió en que Miles presentara un frente de máxima autoridad cuando debiera trasladar prisioneros. «Ahorra altercados», había dicho.

El desdichado capitán Auson, con dos brazos rotos y la nariz hinchada, no parecía muy propenso a discutir; pero la tensión felina, la mirada calculadora y los pestañeos del primer oficial de Auson, el hermafrodita betano, teniente Thorne, reconciliaron a Miles con el razonamiento de Bothari.

Encontró al sargento apoyado con engañosa naturalidad contra una pared y a la agotada asistente médica mercenaria esperando a los siguientes pacientes. Miles había dejado deliberadamente a Auson para el final y jugueteaba, con fantasía gozosamente hostil, con la posibilidad de ordenar que los brazos del capitán fueran inmovilizados en alguna posición anatómicamente inverosímil.

Hicieron sentar a Thorne para que le fuera cerrado un corte que tenia sobre un ojo y le pusieran una inyección contra la jaqueca provocada por el inmovilizador. El teniente suspiró cuando el medicamento hizo su efecto y miró a Miles con curiosidad menos disimulada.

— ¿Quién diablos sois vosotros?

Miles dispuso su boca en lo que esperaba fuese tomado como una sonrisa de elegante misterio, y no dijo nada.

— ¿Qué vais a hacer con nosotros? — insistió Thorne.

Buena pregunta, pensó Miles. Había vuelto a la bodega 4 de la RG 132 para descubrir que el primer grupo de prisioneros estaba lo suficientemente bien como para casi haber logrado escapar, desmontando uno de los tabiques. Miles no opuso objeción alguna cuando Bothari, prudentemente, los volvió a inmovilizar para transportarlos a los calabozos de la Ariel. Allí Miles comprobó que el jefe de máquinas u su asistente por poco se las arreglan para sabotear la cerradura magnética de la celda. Más bien desesperado, Miles los inmovilizó otra vez.

Bothari tenia razón; era una situación intrínsecamente inestable. Difícilmente podría tener a todos los tripulantes inmovilizados durante una semana o más, amontonados en las celdas, sin causarles un serio daño fisiológico. La gente de Miles, además, perdía poder al estar diseminada manejando ambas naves y manteniendo a la vez el control sobre los prisioneros… y la fatiga multiplicaría pronto los errores. La solución homicida y final del sargento tenia una cierra lógica, supuso Miles. Pero su mirada cayó sobre la figura del piloto, cubierta por una sábana en un rincón de la enfermería, y sintió un estremecimiento en su interior. No; otra vez, no. Reprimió el pánico nervioso que le provocaban los problemas repentinamente acrecentados. Debía ganar tiempo.

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