El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]
- Автор: Буджолд Лоис Макмастер
- Серия: Barrayar (es) #5
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-1783-6
- Переводчик: Paola Tizzano
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:
Miles se incorporó de golpe.
— Tan pronto como los hayamos asegurado, será mejor que pongamos ambas naves en marcha para la reunión. Los oseranos muy pronto empezarán a buscar la nave que falta, aun si no reciben una señal de emergencia. Quizá la gente del mayor Daum pueda encargarse, por nosotros, de estos sujetos, ¿no?
Hizo un gesto hacia Daum, quien se encogió de hombros y respondió:
— ¿Cómo puedo saberlo?
Miles salió hacia la sala de máquinas, con el andar todavía inseguro.
Lo primero que Miles advirtió al entrar en la sala de máquinas fue que el botiquín de primeros auxilios no estaba en su lugar. Tuvo una oleada de aprehensión y comenzó a buscar a Elena. Seguramente, Bothari hubiera informado acerca de heridos… Espera, ahí estaba; poniendo vendas, no siendo vendada.
Jesek estaba desplomado en una silla y Elena le estaba aplicando algo a una quemadura en el brazo. El maquinista le sonreía con una expresión (muy tonta, pensó Miles) de gratitud.
La sonrisa se acentuó al ver a Miles. Se levantó — para sorpresa de Elena, que estaba tratando de ajustar el vendaje en ese momento — y presentó a Miles el vivo saludo del Servicio barrayarano.
— Sala de máquinas asegurada, mi señor — entonó, y luego tragó una risita.
Histeria sofocada, se dijo Miles. Elena volvió a sentarle, exasperadamente, en la silla, donde otra risita ahogada se le escapó. Miles miró a Elena.
— ¿Cómo te fue en tu primera experiencia de combate, eh? — indicó con la cabeza el brazo de Jesek.
— No nos cruzamos con nadie en el camino. Suerte, supongo — explicó la joven —. Los pillamos por sorpresa; entramos de golpe y allí mismo inmovilizamos a dos. Un tercero, que tenia un arco de plasma, se escondió detrás de aquellas tuberías. Entonces esta mujer me saltó encima… — un ademán indicó una figura inconsciente, de blanco y gris, que yacía en la cubierta —; lo cual, probablemente, me salvó la vida, porque el del arco de plasma no podía disparar mientras estábamos peleando por mi inmovilizador. — Miró a Jesek, sonriendo con admiración —. Baz cargó contra él y le puso fuera de combate. Yo estaba medio sofocada por mi rival ya, pero Baz la inmovilizó y todo terminó. Hay que ser audaz para cargar contra un arco de plasma con un inmovilizador. El mercenario sólo llegó a disparar una vez; eso es lo que le pasó a Baz en el brazo. Yo no me hubiera animado a hacer eso, ¿tú lo habrías hecho?
Durante el relato, Miles estuvo caminando por el cuarto, reconstruyendo mentalmente la acción. Empujándolo con la bota, giró el cuerpo inerte del que había usado el arco, y pensó en su propio recuento del día: un borracho tambaleante y dos mujeres dormidas. Los celos le punzaban. Aclaró, pensativo, su garganta y alzó la vista.
— No, yo probablemente hubiera echado mano de mi propio arco de plasma y hubiese intentado fundir los sostenes de esa barra que está ahí para que le cayera encima. Luego, le habría atrapado, tras recibir el golpe, o le habría inmovilizado cuando tratara de salir de ahí abajo.
— Oh — dijo Elena.
La sonrisa de Jesek se evaporó ligeramente.
— No pensé en eso.
Miles se pateó a sí mismo mentalmente. Burro…, ¿qué clase de jefe trata de sacarle puntos de ventaja a un hombre que necesita confianza? Un cretino de miras cortas, obviamente. Este lío estaba sólo empezando. Se enmendó inmediatamente.
— Aunque, quizá, tampoco habría hecho eso, bajo el fuego. Es engañosamente fácil hacer una segunda suposición sobre algo o alguien cuando uno no está en el fragor de la lucha. Lo hiciste extremadamente bien, Jesek.
El rostro de Jesek se puso serio. La sonrisa histérica desapareció, pero dejó un residuo de rigidez en su postura.
— Gracias, mi señor.
Elena salió para examinar a uno de los mercenarios inconscientes, y Baz aprovechó para preguntarle en voz baja a Miles:
— ¿Cómo lo supo? ¿Cómo supo que yo podría…? Diablos, yo mismo no lo sabía. Pensé que jamás podría enfrentarme otra vez al fuego. — Miró vorazmente a Miles, como si fuera una especie de oráculo místico, o un talismán.
— Siempre lo he sabido — mintió alegremente Miles —, desde el momento en que te conocí. Está en la sangre, ya sabes. Hay algo más en ser Vor que el mero derecho de usar una sílaba graciosa delante del nombre.
— Siempre creí que era un cargamento de estiércol — dijo Jesek con toda franqueza —. Ahora… — Sacudió la cabeza con asombro.
Miles se encogió de hombros, ocultando que, secretamente, compartía esa opinión.
— Bien, ahora llevas mi pala, tenlo por seguro. Y, hablando de trabajo…, vamos a amontonar a estos hombres en su propio calabozo, hasta que decidamos cómo disponer de ellos. ¿Esa herida te incapacita, o podrás pronto hacer andar esta nave?
Jesek miró a su alrededor.
— Tienen algunos sistemas bastante avanzados… — dijo con vacilación. Su mirada se encontró con la de Miles, que se mantenía frente a él tan erguido como sus limitaciones le permitían, y su voz se afianzó —. Sí, mi señor, puedo.
Miles, sintiéndose maniáticamente hipócrita, le dirigió al maquinista un firme gesto de jefe, copiado de observar a su padre en los discursos ante el Estado Mayor y en la mesa de su casa a la hora de cenar. Pareció funcionar bastante bien, porque Jesek se tranquilizó y empezó a examinar los sistemas de la sala.
Miles se detuvo al salir, para repetirle a Elena las instrucciones de confinar a los prisioneros. Cuando terminó de hablar, Elena le miró y le preguntó, con suave crueldad:
— ¿Y cómo fue tu primera experiencia de combate?
Miles sonrió involuntariamente.
— Educativa, muy educativa. Ah… ¿por casualidad gritasteis cuando irrumpisteis por la puerta?
Elena parpadeó.
— Claro, ¿por qué?
— Es sólo una teoría que estoy elaborando… — Le dedicó una graciosa reverencia y salió.
El corredor de la lanzadera estaba desierto y silencioso, salvo por el suave susurro de la circulación de aire y de algunos otros sistemas de mantenimiento. Miles se zambulló por el oscuro tubo de lanzamiento y, libre del campo artificial de gravedad que había en la cubierta, flotó hacia adelante. El piloto mercenario seguía amarrado donde le habían dejado, con la cabeza y las piernas colgando por el extraño efecto que la gravedad cero provocaba. Miles se estremeció ante la idea de tener que explicar la herida de aquel hombre.
Los cálculos sobre cómo mantener al hombre bajo control, al llevarle a la celda, se pulverizaron al verle de cerca la cara: los ojos del piloto estaban en blanco; la mandíbula, floja; la frente y el rostro, moteados y sonrojados, y abrasadoramente calientes cuando Miles le tocó de forma vacilante; las manos, como de cera y heladas; las uñas, enrojecidas; el pulso, bajo y errático.
Horrorizado, Miles trató de desatar los nudos que le amarraban y los cortó después con su daga. Le palmeó el rostro, en la mejilla opuesta a la de la seca huella de sangre, pero no pudo despertarle. El cuerpo del mercenario se puso rígido de repente y comenzó a sacudirse y a temblar. Miles se inclinó hacia el hombre y maldijo, pero su voz se volvió sólo un chillido y no pudo articular su mandíbula. Enfermería, entonces, hay que llevarle a la enfermería, traer a la asistente médica y tratar de revivirle; o, si eso fallaba, llamar a Bothari, que estaba más experimentado en primeros auxilios…
Miles cargó al piloto mercenario por el corredor de lanzamiento. Cuando llegó desde la gravedad cero hasta el campo de gravedad, descubrió de golpe lo pesado que era el hombre. Trató primero de acomodarle para llevarlo a la espalda, con el inminente riesgo para su propia estructura ósea. Dio unos pocos pasos con mucho esfuerzo e intentó después arrastrarle por los hombros. El mercenario comenzó a convulsionarse nuevamente. Miles desistió y corrió a buscar la enfermería y una camilla antigravitatoria, maldiciendo durante todo el camino, con voz asustada y lágrimas de frustración en sus ojos.