El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]
- Автор: Буджолд Лоис Макмастер
- Серия: Barrayar (es) #5
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-1783-6
- Переводчик: Paola Tizzano
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:
— Le haría un favor al almirante Oser si os pusiera fuera y os dejara volver a casa caminando — le respondió a Thorne—. ¿Son así todos los demás?
Thorne dijo fríamente:
— Los oseranos son una coalición libre de mercenarios. La mayoría de los capitanes son capitanes-propietarios.
Miles maldijo, sinceramente sorprendido.
— Eso no es una cadena de mandos, es una maldita comisión.
Miró a Auson con curiosidad. El analgésico había permitido por fin al hombre desviar la atención de su propio cuerpo, y devolvió la mirada.
— ¿Tu tripulación te prestó juramento a ti, entonces, o al almirante Oser? — le preguntó Miles.
— ¿Juramento? Tengo los contratos de todos en mi nave, si es a eso a lo que te refieres — gruñó Auson —. De todos. — Y miró con enfado a Thorne.
— Mi nave — le corrigió Miles.
La boca de Auson murmuró un apagado gruñido; fijó la vista en el inhibidor nervioso, pero, como había vaticinado Bothari, no discutió. La asistente médica colocó el brazo del capitán depuesto en un soporte y empezó a trabajar con un aparato quirúrgico manual. Auson palideció, y resistió impávido. Miles sintió una ligera punzada de empatía.
— Sin duda, contigo los soldados tienen la excusa más lamentable que he visto en mi vida — declamó Miles, a la caza de reacciones. Bothari frunció un costado de la boca, pero Miles ignoró precisamente ésa —. Es un milagro que estéis todavía vivos. Debes de elegir con mucho cuidado tus adversarios. — Se frotó el estómago, aún dolorido, y encogió los hombros —. Vaya, sé que lo haces.
Auson adquirió un rubor opaco y desvió la vista.
— Sólo tratábamos de suscitar un poco de acción; hemos estado de servicio en este maldito bloqueo todo un año.
— Suscitar acción — murmuró disgustado el teniente Thorne —, y lo hiciste.
Ya te tengo. La certidumbre reverberó como una campana en la mente de Miles. Sus vagos sueños de revancha al respecto del capitán mercenario se vaporizaron al calor de una nueva y más alentadora inspiración. Clavó la mirada en Auson y le espetó fríamente:
— ¿Cuándo tuvisteis la última inspección general de flotas?
Auson tenía el aspecto de que se le hubiera ocurrido tardíamente que debía limitar sus respuestas a nombre, rango y número de serie; pero Thorne contestó:
— Hace un año y medio.
Miles maldijo, con sentimiento, y levantó su mentón agresivamente.
— No creo poder soportar más esto. Tendréis una inspección ahora mismo.
Bothari mantenía una admirable calma, apoyado en la pared, pero Miles podía sentir su mirada taladrándole la espalda, con su aire de qué-demonios-estás-haciendo-ahora. Miles no quiso darse la vuelta.
— ¿Qué demonios — dijo Auson, haciéndose eco del silencio de Bothari — estás diciendo? ¿Quiénes sois vosotros2 Estaba seguro de que erais contrabandistas, cuando nos dejasteis que os extorsionáramos sin siquiera chistar, pero… Juraría que no nos equivocamos… — Se incorporó de golpe, provocando que el inhibidor de Bothari le apuntara inmediatamente. Su voz subió de tono con frustración —. ¡Eres un contrabandista, maldita sea! No puedo equivocarme tanto. ¿Era la nave en sí? ¿Quién la querría? ¿Qué diablos estáis pasando de contrabando? — gritó lastimeramente.
Miles sonrió con frialdad.
— Consejeros militares.
Fantaseó que veía el anzuelo de sus palabras arrojado entre el capitán mercenario y su teniente. Ahora, a seguir con el plan.
Miles comenzó la inspección, con cierto deleite, en la misma enfermería, ya que allí se sentía bastante conocedor del terreno. A punta de inhibidor, la asistente médica hizo su inventario oficial, abriendo primero las gavetas bajo la atenta mirada de Miles. Con seguro instinto, Miles reparó antes que nada en las drogas susceptibles de abuso e, inmediatamente, aparecieron algunas discrepancias delicadamente embarazosas.
Lo siguiente fue el equipo médico. Miles ansiaba llegar a la cámara criogénica pero su sentido del espectáculo le aconsejó dejar eso para el final. Había con holgura otras carencias. Algunos de los más ásperos cambios de expresión de su abuelo, convenientemente adaptados, habían vuelto la cara de la asistente del color de la tiza para cuando llegaron a la pièce de résistance.
— ¿Y cuánto hace exactamente que esta cámara está fuera de servicio, asistente?
— Seis meses — murmuró la mujer —. El técnico en reparaciones siempre decía que iba a arreglarla — agregó, defensiva ante el ceño fruncido y las cejas levantadas de Miles.
— ¿Y usted no pensó nunca en incitarle a que lo hiciera o, más propiamente, en pedirle a sus superiores que le instaran a repararla?
— Parecía que había tiempo de sobra. No la usamos…
— ¿Y en esos seis meses su capitán jamás llevó a cabo siquiera una inspección interna?
— No, señor.
Miles recorrió a Auson y a Thorne con una mirada igual a un baño de agua helada; luego demoró deliberadamente su vista en la figura cubierta del hombre fallecido.
— El tiempo se agotó para su oficial piloto.
— ¿Cómo murió? — preguntó Thorne, cortante como una estocada.
Miles le detuvo con una deliberada ambigüedad.
— Bravamente, como un soldado. — Horriblemente, como un animal sacrificado, le corrigió su propio pensamiento. Es indispensable que no lo descubran —. Lo lamento — agregó en un impulso —, merecía algo mejor.
La asistente médica miraba a Thorne, afligida. Thorne dijo con suavidad:
— Cela, la cámara de congelamiento no hubiera servido de mucho ante una carga de inhibidor en la cabeza, de todas maneras.
— Pero la próxima pérdida — intervino Miles — podría deberse a otra herida. — Excelente, el que aquel teniente sumamente observador hubiera desarrollado una teoría personal sobre la muerte del piloto sin haberle echado un vistazo. Miles se sentía enormemente aliviado, incluso por haberse librado de cargar deshonrosamente a la asistente con una culpa que no era precisamente de ella —. Le enviaré más tarde, hoy, al técnico en reparaciones — siguió diciendo Miles —; quiero que cada pieza del equipamiento esté funcionando adecuadamente mañana mismo. Mientras tanto, puede empezar por poner en orden este sitio, para que parezca más una enfermería militar y menos un armario de escobas, ¿entendido, asistente? — bajó la voz hasta casi un susurro, como el silbido de un látigo.
La asistente asintió irguiéndose firme.
— Sí, señor. — Auson estaba ruborizado; Thorne separó los labios en una expresión de admiración. La dejaron allí abriendo cajones con manos temblorosas.
Miles hizo que los dos mercenarios caminaran delante de él por el pasillo y se quedó detrás para tener una urgente consulta susurrada con Bothari:
— ¿Va a dejarla sin vigilancia? — murmuró el sargento con tono desaprobador —. Es una locura.
— Está demasiado ocupada para escapar. Con suerte, quizá pueda mantenerla demasiado ocupada incluso para que no le haga la autopsia al piloto. ¡Rápido, sargento!, si quiero fingir una inspección general, ¿cuál es el mejor lugar para desenterrar mugre?
— ¿En esta nave? En cualquier parte.
— ¡No, en serio! En la próxima parada tiene que estar todo muy mal. No puedo fingir la cuestión técnica, he de esperar hasta que Baz tenga un momento para hacer una pausa.
— En ese caso, pruebe con los cuartos de la tripulación — sugirió Bothari —. Pero ¿por qué?