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El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]

Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:

La primera aventura de Miles Vorkosigan, un genio de la estrategia dotado de gran inteligencia pero encerrado en un cuerpo defectuoso. Un personaje entrañable e inolvidable, protagonista de la serie de mayor éxito de la moderna space opera. Sus azañas son un agradable retorno a los temas y al tono ameno de la ciencia ficción campbelliana, y componen la más famosa creación de una de las mejores escritoras de la ciencia ficción de aventuras que ha aparecido en los últimos años.
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Elena se incorporó a la reunión; parecía nerviosa. Pero imponente, pensó Miles; como un pura sangre.

— Los he dividido en dos grupos, según tu lista — informó —. Y, ahora, ¿qué?

— Llévate a tu grupo al gimnasio y comienza con las clases de entrenamiento físico. Primero, las cosas básicas y luego les enseñas lo que te enseñó tu padre.

— Nunca le he enseñado a nadie antes…

Miles le sonrió, infundiéndole confianza a su rostro, a sus ojos, a su cuerpo.

— Mira, probablemente puedas pasarte los dos primeros días haciendo que demuestren ellos lo que saben, mientras te paras al lado y dices cosas como «mm», «ajá» o «que Dios nos ayude». Lo importante no es enseñarles algo, sino mantenerlos ocupados, cansarlos, no darles tiempo para que piensen ni para que planeen nada ni para que coordinen sus fuerzas. Es sólo una semana. Si yo puedo hacerlo — dijo virilmente —, tú puedes hacerlo.

— Ya he oído eso antes en alguna parte — murmuró Elena.

— Y tú, sargento, toma a tu grupo y empieza con ejercicios de armas. Si se te acaban los ejercicios barrayaranos, los procedimientos corrientes oseranos están en los ordenadores; cópiales alguno. Paséalos. Baz tendrá a su gente tirada en el suelo allá en máquinas…, los obligará a hacer una limpieza como jamás la han hecho antes. Y después que yo tenga dispuesto ese reglamento, podremos empezar a hacerles preguntas sobre él, además. Extenuadlos.

— Mi señor — dijo sombrío el sargento —, ellos son veinte y nosotros, cuatro. Al terminar la semana, ¿quiénes cree usted que estarán más cansados? — Se puso vehemente —. ¡Mi primera responsabilidad es cuidar de su pellejo, maldita sea!

— ¡Estoy pensando en mi pellejo, créeme! Y puedes proteger mejor mi pellejo yendo allí y haciéndoles creer que soy un jefe mercenario.

— Más que un jefe, un director de holovídeos — murmuró Bothari.

El trabajo de corrección del Reglamento Imperial demostró ser más largo y engorroso de lo que Miles había previsto. Incluso el sacrificio salvaje de capítulos tales como los que detallaban instrucciones para ceremonias puramente barrayaranas, como la Revista del Cumpleaños del Emperador, dejaba en pie una enorme cantidad de material. Miles cortaba grandes trozos, haciendo limpieza tan rápido como podía.

Era el contacto más cercano que había tenido en su vida con normas militares, y pensaba en ellas a altas horas del ciclo nocturno. La organización parecía ser la clave. Tener enormes masas de hombres adecuadamente armonizadas, junto con el material, en el lugar apropiado, en el momento apropiado, en el orden apropiado, con la rapidez requerida para lograr incluso la supervivencia; luchar a brazo partido para encerrar una realidad infinitamente compleja y confusa en el contorno abstracto de la victoria… La organización, al parecer, podía además superar al coraje como virtud militar.

Recordó una observación de su abuelo: «Se han ganado o perdido más batallas por la acción de los oficiales encargados de suministros que por la de cualquier Estado Mayor.» Había, a propósito, una anécdota clásica acerca de un oficial de suministros que había remitido a las tropas del entonces joven general guerrillero la munición equivocada. «Le tuve colgado de los pulgares durante un día», solía recordar su abuelo, «pero el príncipe Xav me hizo bajarle». Miles palpó su daga en la cintura y eliminó cinco pantallas de normas sobre armamento de plasma montado en la nave, por obsoleto desde hacía ya una generación.

Sus ojos estaban enrojecidos y sus mejillas pálidas y demacradas con la barba crecida, hacia el final del ciclo nocturno. Pero había abreviado su plagio en un claro y feroz manual para lograr que todas las armas apuntasen en la misma dirección. Se lo entregó a Elena para que fuera copiado y distribuido, antes de irse tambaleando a lavarse y cambiarse de ropa, lo mejor para presentarse delante de sus «nuevas tropas» como un jefe con ojos de águila, y no con ojos de urraca.

— Hecho — le dijo en un murmullo —. ¿Me convierte esto en un pirata espacial?

Elena contestó con un suspiro.

Miles hizo lo más que pudo para ser visto por todas partes durante el siguiente ciclo diurno. Volvió a inspeccionar la enfermería, dando su aprobación con un gruñido. Observó las «clases» de Elena y del sargento, tratando de parecer como si estuviera tomando nota del rendimiento de cada mercenario con una severa evaluación, sin que se notara que estaba a punto de quedarse dormido de pie, como en verdad ocurría. Sacó tiempo para mantener una conversación privada con Mayhew, quien estaba ahora solo al mando de la RG 132, para ponerle al corriente y reforzar su confianza en el nuevo plan para mantener la custodia de los prisioneros. Redactó unos exámenes superficiales por escrito sobre su nuevo «Reglamento Dendarii» para que Elena y Bothari los repartieran.

El funeral del oficial piloto fue por la tarde, hora de la nave. Miles hizo de ello un pretexto para una rigurosa inspección del equipo personal y de los uniformes de los mercenarios; una revista apropiada. Por consideración al ejemplo y a la cortesía, los Bothari y él mismo se vistieron con las mejores ropas que tenían del funeral de su abuelo. Su brillo sombrío cumplimentaba artísticamente el vivo gris y blanco de los mercenarios.

Thorne, pálido y silencioso, observaba el acto con una extraña gratitud. Miles estaba también más bien pálido y callado, y respiró aliviado en su interior cuando el cuerpo del piloto fue incinerado al fin y sus cenizas esparcidas por el espacio. Miles le permitió a Auson dirigir sin impedimentos la breve ceremonia; sintió que su más encumbrada hipocresía dramática no le alcanzaba para asumir esa función.

Se retiró luego a la cabina que había elegido para sí, diciéndole a Bothari que quería estudiar el verdadero reglamento y los procedimientos oseranos. Pero su concentración le estaba fallando. Raros destellos de movimientos sin formas se sucedían en su visión periférica. Se tumbó, pero no pudo dormir. Volvió a caminar por la cabina con su paso desigual; rodaban por su cerebro ideas para perfeccionar el plan de los prisioneros, pero luego se le escapaban. Se sintió agradecido cuando Elena le interrumpió para informarle de la situación.

Le confió a ella, más bien al azar, una media docena de sus nuevas ideas; luego le preguntó ansiosamente:

— ¿Te parece que se están tragando todo este asunto? No estoy muy seguro de cómo me están tomando, ¿van a aceptar órdenes de un muchacho?

Elena sonrió.

— El mayor Daum parece haberse encargado de ese aspecto. Aparentemente, él se tragó lo que le dijiste.

— ¿Daum? ¿Qué le dije?

— Lo de tu tratamiento de rejuvenecimiento.

— ¿Mi qué?

— Parece creer que conseguiste permiso de los dendarii para ir a Colonia Beta para un tratamiento de rejuvenecimiento. ¿No es eso lo que le dijiste?

— ¡Diablos, no! — Miles se paseó —. Le dije que estaba allí por un tratamiento médico, si… pensé que eso explicaría esto… — un vago gesto de su mano indicó las peculiaridades de su cuerpo —, heridas de combate o algo así. Pero… ¡no existe nada semejante a un tratamiento betano de rejuvenecimiento! Eso es sólo un rumor; es su sistema de salud pública y la manera en que viven, y sus genes…

— Tú puedes saber eso, pero muchos nobetanos no lo saben. Daum parece creer no sólo que tú eres mayor, sino que eres mucho mayor.

— Bien, naturalmente que lo cree, entonces, si pudo inventar todo eso. — Hizo una pausa —. Pero Bel Thorne tiene que saberlo.

— Bel no le contradice. — Elena sonrió —. Creo que está loco por ti.

Miles se pasó la mano por el cabello y por su rostro entumecido.

— Baz también debe de saber que este rumor del rejuvenecimiento carece de sentido. Mejor adviértele que no corrija a nadie, no obstante, porque eso funciona a favor mío. Me pregunto qué piensa él que soy yo; creía que a estas alturas ya lo habría adivinado.

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