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El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]

Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:

La primera aventura de Miles Vorkosigan, un genio de la estrategia dotado de gran inteligencia pero encerrado en un cuerpo defectuoso. Un personaje entrañable e inolvidable, protagonista de la serie de mayor éxito de la moderna space opera. Sus azañas son un agradable retorno a los temas y al tono ameno de la ciencia ficción campbelliana, y componen la más famosa creación de una de las mejores escritoras de la ciencia ficción de aventuras que ha aparecido en los últimos años.
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— Quiero que esos dos se piensen que somos una especie de superequipo mercenario. Tengo una idea para evitar que se unan con el fin de recuperar su nave.

— Nunca se tragarán eso.

— Van a tragárselo, les encanta. Se lo comerán todo. ¿No lo ves?, les gana el orgullo. Los hemos derrotado… por ahora. ¿Qué crees que van a pensar ellos más bien, que somos grandiosos, o que son una panda de idiotas?

— ¿Así de simple?

— ¡Sólo mira! — Ensayó un silencioso paso de baile, puso cara de austeridad y caminó a zancadas detrás de sus prisioneros, haciendo sonar las botas como metal por el corredor.

Los cuartos de la tripulación eran, desde el punto de vista de Miles, una delicia. Bothari pasó revista. Su instinto para hacer aparecer la evidencia de hábitos desaseados y vicios ocultos era un misterio. Miles supuso que el sargento debería haberlo visto todo en su época. Cuando Bothari descubrió las esperadas botellas del adicto al etanol, Auson y Thorne se lo tomaron como una cuestión de rutina; evidentemente, el hombre era un conocido y tolerado marginal que cumplía las funciones que le asignaban. Las semillas de narcóticos, en cambio, parecieron sorprenderlos. Miles confiscó prontamente el lote. Dejó in situ la notable colección de adminículos sexuales de otro soldado, no obstante, preguntándole únicamente a Auson — y guiñándole un ojo — si lo que mandaba era un crucero o un yate de recreo. Auson suspiró, pero no dijo nada. Miles esperaba cordialmente que el capitán se pasara el resto del día imaginando severas réplicas, demasiado tardías.

Miles examinó a fondo las habitaciones de Auson y de Thorne, registrando indicios de la personalidad de ambos. La de Thorne, interesantemente, estaba muy cerca de pasar la inspección; Auson pareció prepararse para un alboroto cuando llegaron por fin a su cabina. Miles sonrió suavemente e hizo que Bothari reordenara las cosas mejor de como las habían encontrado, después de la inspección.

De la evidencia, o de la falta de ella, Auson emergió como alguien que no tenía vicios graves, más allá de una indolencia natural, exacerbada por el aburrimiento hasta la holgazanería.

La colección de exóticas armas personales recogida durante el recorrido conformaba una pila impresionante. Miles hizo que Bothari examinase y probara cada una de ellas. Realizó una elaborada muestra de observación de cada articulo y los contrastó con una lista de propietarios. Animado y entusiasmado, se puso asombrosamente sarcástico; los mercenarios se retorcían de angustia.

Inspeccionaron el arsenal. Miles tomó un arco de plasma de un polvoriento armero.

— ¿Se guardan las armas cargadas o descargadas?

— Descargadas — murmuró Auson, estirando ligeramente el cuello.

Miles alzó las cejas y levantó el arma, apuntando al capitán mercenario, y presionó el dedo contra el gatillo. Auson se puso blanco. En el último momento, Miles desvió apenas su muñeca hacia la izquierda y disparó un rayo de energía que pasó silbando junto a la oreja de Auson. El corpulento hombre retrocedió cuando una salpicadura de metal y plástico de la pared, fundidos, saltó detrás de él.

— ¿Descargadas? — canturreó Miles —. Ya veo. Una sabia política, estoy seguro.

Ambos oficiales se estremecieron. Cuando salían, Miles pudo oír a Thorne murmurar.

— Te lo dije.

Auson gruñó sin decir nada.

Miles llevó a Baz a un lado para hablarle en privado antes de empezar con la sala de máquinas.

— Ahora eres el comandante Bazil Jesek, de los Mercenarios Dendarii, jefe de máquinas. Eres áspero y rudo y te comes en el desayuno a los técnicos de máquinas descuidados; y estás horrorizado por lo que han hecho con esta hermosa nave.

— No está tan mal en realidad, hasta donde yo puedo ver — dijo Baz —; es más de lo que yo haría con estos sistemas avanzados. Pero ¿cómo voy a hacer una inspección cuando ellos saben más que yo? ¡Se darán cuenta al instante!

— No, no lo harán. Recuerda que tú estarás haciendo las preguntas y ellos, respondiéndolas. Di «hmm», y frunce con frecuencia el ceño. Mira… ¿nunca has tenido un comandante de máquinas que fuera un verdadero hijo de puta, al que todo el mundo odiaba…, pero que tenía siempre la razón?

Baz parecía confusamente reminiscente.

— Estaba el capitán de corbeta Tarski. Solíamos sentarnos a pensar maneras de envenenarle; la mayoría de ellas no eran muy prácticas.

— Está bien, imítale.

— Jamás me creerán. No puedo… Nunca fui… ¡Ni siquiera rengo un puro!

Miles pensó un segundo, salió volando y volvió corriendo, un momento después, con un paquete de cigarros que sacó de uno de los cuartos de los mercenarios.

— Pero yo no fumo — dijo Baz, preocupado.

— Mastícalo, entonces. Probablemente es mejor que no lo enciendas; sólo Dios sabe qué tiene eso dentro…

— Ahora se me ocurre una idea para envenenar al viejo Tarski que podría haber funcionado…

Miles se lo llevó a empujones.

— Bien, eres un hijo de puta contaminador de aire y no aceptas un «no sé» como respuesta. Si yo puedo hacerlo — destapó nuevamente su argumento desesperado —, tú puedes hacerlo.

Baz se detuvo; se irguió, mordió una punta del cigarro y la escupió osadamente en la cubierta. La miró un momento.

— Una vez me resbalé con una de esas desagradables colillas y casi me rompo el cuello. Tarski. Está bien.

Apretó el cigarro entre los dientes, en plan agresivo, y entró en la sala principal de máquinas.

Miles reunió a toda la tripulación de la nave en la sala de reuniones y ocupó el centro de la escena. Bothari, Elena, Jesek y Daum se colocaron por parejas en cada salida, fuertemente armados.

— Mi nombre es Miles Naismith. Represento a la Flota Mercenaria Dendarii.

— Nunca la he oído — respondió algún osado de entre la nube de rostros que rodeaba a Miles.

Miles sonrió cáusticamente.

— Si la hubieras oído, habrían rodado cabezas en mi departamento de seguridad. No hacemos publicidad. El reclutamiento se efectúa únicamente por invitación. Francamente — miró entonces uno por uno los rostros, relacionando las caras con sus nombres y pertenencias personales —, si lo que he visto hasta ahora representa el nivel general, ninguno de vosotros hubiera oído nunca nada de nosotros, a no ser por nuestra tarea aquí.

Auson, Thorne y el jefe de máquinas, sumisos y agotados tras catorce horas de haber sido arrastrados y rastreados acerca de cada herramienta, arma, soldadura, banco de datos y cuarto de suministros, de una punta a otra de la nave, apenas podían reaccionar. Pero Auson parecía nostálgico ante la idea.

Miles se paseó delante de su audiencia, irradiando energía como una comadreja enjaulada.

— Normalmente, no hacemos conscripción de reclutas, y menos de entre materia prima tan tétrica como ésta. Después del rendimiento que mostrasteis ayer, personalmente yo no tendría ningún remordimiento en disponer de todos vosotros de la manera más rápida, tan sólo para mejorar el tono militar de esta nave. — Miró a todos con fiereza. Parecían nerviosos, inseguros; ¿acaso había por allí el más leve rumor? Adelante —. Pero un soldado, mucho mejor de lo que la mayoría de vosotros podéis aspirar a ser, ha suplicado por vuestras vidas, en un gesto que la honra… — Señaló entonces con la mirada a Elena quien, ya sobre aviso, alzó el mentón y adoptó una especie de pose militar, y les presentó a todos la fuente de esa inusual misericordia.

En realidad, Miles se preguntaba si ella no hubiera preferido empujar personalmente a Auson por la esclusa de aire más cercana. Pero al asignarle el rol de «Comandante Elena Bothari, mi oficial ejecutiva e instructora de combate sin armas», se le ocurrió que tenía el montaje perfecto para un rápido asalto de buen tipo-mal tipo.

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