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Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
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Poco después, llego éste al lugar acompañado del muktar 1, del pescador y de Salko el Tuerto. Porque el Tuerto no faltaba nunca en semejantes circunstancias.

El cadáver yacía, blando y húmedo, sobre la arena. Las olas lo salpicaban y, de vez en cuando, lo cubrían completamente. El velo nuevo de tela negra que el agua no había podido arrancar, se había levantado y caía por encima de la cabeza; mezclado con la larga y espesa cabellera, formaba una extraña masa negra junto al hermoso cuerpo blanco de la muchacha, al que la corriente había despojado de su tenue traje de novia. Con el rostro sombrío y las mandíbulas apretadas, el Tuerto y el pescador se metieron en el agua poco profunda, cogieron el cuerpo desnudo de la joven y, con precaución e incómodos, como si estuviese viva, la llevaron a la orilla y allí la cubrieron inmediatamente con su velo empapado de agua y sucio de cieno.

Aquel mismo día fue enterrada en el cementerio turco más próximo, en la orilla alta, al pie de la colina sobre la que se eleva Veli Lug. Y, al atardecer, los ociosos se reunieron en las tabernas, alrededor del pescador y del Tuerto, con esa curiosidad malsana y detestable que se desarrolla muy especialmente entre la gente cuya vida está vacía, desprovista de toda belleza y pobre en emociones y en acontecimientos. Los obsequiaron con aguardiente y les ofrecieron tabaco para que les diesen algún detalle sobre el cadáver y el entierro. Pero no consiguieron nada.

Ni siquiera el aguardiente pudo desatar la lengua de los dos hombres. Incluso el Tuerto callaba.

Fumaba sin tregua y, con su ojo único que brillaba, seguía el humo, arrojado lejos por su aliento potente. Se limitaban a mirarse de vez en cuando el uno al otro, levantaban su vaso en silencio, al mismo tiempo, como si brindasen de modo invisible, y lo vaciaban de un trago.

Así fue cómo sucedió en la kapia este acontecimiento extraordinario y sin precedentes. Veli Lug no descendió hasta Nezuka y Fata, la hija de Avdaga, no se convirtió en la mujer de un Hamzitch.

Avdaga Osmanagitch no volvió a bajar a la ciudad. Expiró durante el invierno de aquel mismo año, ahogado por la tos y sin haber dicho a nadie una sola palabra acerca de la tristeza que lo invadía.

A la primavera siguiente, Mustaí-Bey Hamzitch casó a su hijo con otra muchacha, una Brankovitch.

La gente, durante algún tiempo, habló del suceso, hasta que poco a poco lo fue olvidando. Sólo quedó una canción sobre la muchacha cuya belleza y prudencia habían resplandecido por encima de todo, y que, de este modo, se hizo inmortal.

CAPÍTULO IX

Unos setenta años después de la insurrección de Karageorges, se reanudó la guerra en Servia y en seguida las regiones fronterizas respondieron con un alzamiento. Las casas turcas y servias ardieron de nuevo en las alturas, en Jlieb, Gostilia, Tartchitchi y Veletovo. Por primera vez después de tantos años, se volvieron a ver en la kapia, al alba, las cabezas de los servios decapitados. Eran cabezas descarnadas de campesinos, con el pelo corto y la nuca lisa, con el rostro huesudo, provisto de largos bigotes; parecían las mismas cabezas de hacía setenta años.

Aquello no duró mucho tiempo. Una vez terminada la guerra entre turcos y servios, todo el mundo se calmó. Verdaderamente, no pasaba de ser una apariencia de paz, bajo la cual se ocultaba no poco miedo y una serie de voces excitadas y de murmullos inquietos. Se hablaba cada vez con más precisión y claridad de la entrada del ejército austríaco en Bosnia. A principios del verano de 1878, algunas unidades del ejército regular turco, que se dirigían de Sarajevo hacia Triboi, pasaron por la ciudad. Se tuvo la certeza de que el sultán entregaba Bosnia sin resistencia. Ciertas familias se prepararon para emigrar a Sandjak. Entre ellas, había algunas que habían llegado trece años antes de Ujitsa, por no querer someterse a la autoridad de los servios, y que ahora se preparaban para huir otra vez de una nueva dominación cristiana. Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos se quedaron en espera de los acontecimientos; eran víctimas de una dolorosa perplejidad, aunque afectasen indiferencia.

A primeros de julio, el muftí 1- de Plevlia llegó con un reducido grupo de hombres y con la firme resolución de organizar en Bosnia la resistencia frente a los austríacos.

Aquel hombre grave, rubio, de apariencia apacible, pero de naturaleza ardiente, acudió a la kapia, en donde un hermoso día de verano, reunió a los más destacados personajes turcos de la ciudad, tratando de animarlos al combate contra el enemigo. Aseguró que la mayor parte del ejército regular, aun a despecho de las instrucciones oficiales, se quedaría para oponerse, junto al pueblo, al invasor, y él lanzaba una llamada para que todos los muchachos se le uniesen y para que fuesen enviados víveres a Sarajevo. El muftí sabía que los habitantes de Vichegrado no habían tenido nunca reputación de guerreros entusiastas y que preferían una vida loca a una muerte loca, pero, a pesar de todo, se sintió sorprendido por la tibieza y la reticencia que encontró. No pudiendo quedarse más tiempo, los amenazó con el juicio del pueblo y con la cólera celeste y dejó a su segundo, Osmán Karamanlia efendi, para que tratase de convencer a los turcos de Vichegrado de la necesidad que tenían de participar en el alzamiento general.

Mientras duraron las conversaciones con el muftí, el que opuso más resistencia fue Alí-Hodja Mutevelitch. Su familia era una de las más antiguas y más consideradas de la ciudad.

No se habían distinguido nunca por una gran fortuna, pero sí por su honradez y su franqueza. Desde siempre, habían gozado de una reputación de gentes obstinadas, aunque inaccesibles a la corrupción, al miedo, al halago y a cualquier otra incitación de orden inferior. Durante más de doscientos años, el miembro más anciano de la familia había sido curador, guardián y administrador de la fundación piadosa que Mehmed-Pachá había instituido en la ciudad.

Se ocupaba igualmente de la célebre hostería de piedra que se encontraba junto al puente. Ya hemos visto cómo, después de la pérdida de Hungría, la hostería de piedra había dejado de recibir los ingresos que se destinaban a su mantenimiento y cómo, a causa de una serie de circunstancias, se había arrumado y cómo sólo subsistía de la fundación creada por el visir, el puente que no exigía ningún cuidado ni proporcionaba ningún ingreso. El apellido Mutevelitch les había quedado como glorioso recuerdo de la fundación que durante tantos años habían administrado con honradez ejemplar. El cargo desapareció cuando Daut-Hodja sucumbió en su lucha por conservar la hostería de piedra, pero había quedado el prestigio y, con él, la costumbre innata entre los Mutevelitch de considerarse encargados del cuidado del puente y responsables, en cierta medida, de su suerte, ya que el puente, al menos desde el punto de vista arquitectónico, había sido parte integrante del "bien vakuf" que ellos habían administrado y que, por falta de medios, había desaparecido de modo lamentable. También existía en la familia otra costumbre que se remontaba a un pasado lejanísimo: por lo menos uno de los Mutevelitch de cada generación cursaba estudios y pasaba a pertenecer al clero.

En aquella ocasión, le había correspondido a Alí-Hodja. Debe añadirse que el número de sus miembros y su fortuna habían disminuido regularmente. Les quedaban algunos siervos y una tienda inmemorial, en el mejor sitio del barrio del mercado, en la misma plaza, junto al acceso al puente. Los dos hermanos mayores de Alí-Hodja habían muerto en la guerra: uno en Rusia, el otro en Montenegro.

Alí-Hodja era un hombre todavía joven, vivo, sonriente y sanguíneo. Como buen Mutevelitch, tenía sobre todas las cosas una opinión particular que defendía con tenacidad y a la que nunca renunciaba. A causa de su carácter directo y de la obstinación que demostraba, estaba a menudo en desacuerdo con el clero local y con sus jefes. Tenía rango y título de hodja, pero no desempeñaba ninguna función y su título no le proporcionaba ningún ingreso. En el deseo de ser lo más independiente posible, regentaba la tienda que había heredado. Como la mayoría de los musulmanes de Vichegrado, Alí-Hodja se oponía a la idea de una resistencia armada. En su caso no podía hablarse de cobardía ni de tibieza en materia de religión. Igual que el muftí o que cualquiera de los insurrectos, detestaba la potencia extranjera y cristiana que se aproximaba, y todo cuanto traería consigo. Pero viendo que el sultán abandonaba Bosnia a los boches, y conociendo a sus compatriotas, se negaba a una resistencia popular desorganizada que sólo podía conducir a la derrota y a la desgracia más absoluta. Una vez que adquirió esta opinión, la expuso abiertamente y la defendió con vigor. Ante el muftí hizo preguntas insidiosas y presentó sutiles observaciones que molestaron particularmente a aquél. Sin querer, mantenía entre los habitantes de Vichegrado, que no eran muy ardientes para la lucha ni propensos al sacrificio, un espíritu de resistencia manifiesta a las intenciones belicosas del muftí.

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1. Entre los árabes, especie de teniente de alcalde o jefe de barrio. (N. de T.)

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1. Dignatario eclesiástico musulmán. (N. del T.)

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