Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:
Encyclopædia Britannica
Don José Avellanos regresó a tierra en el mismo bote que los Gould, mostrándose muy taciturno. Ni aún después que estuvieron en el carruaje despegó los labios por largo tiempo. Las mulas trotaban muy despacio, alejándose del desembarcadero entre las manos extendidas de los mendigos, que aquel día parecían haber abandonado los pórticos de las iglesias. Carlos Gould iba sentado atrás tendiendo la vista por el llano. Una multitud de tenduchos, construidos con ramaje verde, juncos, trozos sueltos de tabla, completados con retazos de lona, aparecían diseminados por todas partes; y en ellos se vendía caña, dulces, frutas, cigarros. Sobre montoncitos de carbón encendido, algunas indias, acurrucadas en esteras, guisaban la comida en pucheros negruzcos de barro cocido y hervían el agua para las calabazas del mate, que ofrecían a la gente del pueblo con voces blandas y acariciadoras. En una larga faja del llano había sitio preparado para un certamen de carreras entre los vaqueros: y más lejos, a la izquierda, la muchedumbre se apiñaba alrededor de un pabellón enorme, erigido provisionalmente, en forma de plaza de toros, pero cubierto por una techumbre cónica de hierba. De allí salía un vibrante resonar de cuerdas de arpa, vibrante punteo de guitarras, el monótono mugir de un gombo indio, cuyas broncas pulsaciones se mezclaban con la gritería de los bailarines.
Carlos dijo:
– Toda esta extensión de terreno pertenece ahora a la Compañía del Ferrocarril. No volverá a haber aquí más fiestas populares.
La señora de Gould lo oyó con cierta pena, y aprovechó la ocasión para decir que acababa de obtener de sir John la promesa de ser respetada la casa de Giorgio Viola. Añadió que no había podido comprender nunca el empeño de los ingenieros en demoler aquel antiguo edificio, no estaba en el trayecto del ramal secundario proyectado para el servicio del puerto.
Detuvo el carruaje a la puerta del viejo genovés, que salió descubierto y se quedó de pie junto al estribo, y le dio la noticia para tranquilizarle. Le habló en italiano por supuesto, y Giorgio le expresó su gratitud con grave dignidad. Un veterano garibaldino le quedaba reconocido desde el fondo de su corazón por el favor extraordinario de conservarle el techo que cobijaba a su mujer e hijas. A sus años, no estaba ya para andar de ceca en meca.
– ¿Y es para siempre, señora? -preguntó.
– Por todo el tiempo que usted quiera.
– Bene. Entonces tengo que bautizar la casa. Antes no lo merecía. Una sonrisa ruda cubrió de arrugas los ángulos de sus ojos; y luego añadió:
– Mañana voy a dedicarme a pintar el título.
– Y ¿cuál va a ser, Giorgio?
– Albergo d'Italia Una -respondió el viejo garibaldino, mirando abstraído por un momento-. Más en memoria de los que han muerto (explicó) que en la del país, robado a los soldados de la libertad por la astucia de esa maldita raza piamontesa de reyes y ministros.
La señora de Gould sonrió benévolamente, e inclinándose un poco, empezó a preguntarle por su mujer e hijas. Las había enviado a la ciudad aquel día. La padrona estaba mejor de salud. Muchas gracias por el interés…
La gente pasaba en grupos de dos y de tres, o en numerosas cuadrillas de hombres y mujeres, que llevaban asidos a las faldas niños corriendo al trote. Un jinete, caballero en una yegua entrecana, refrenó su montura parándose a la sombra de la casa, después de saludar descubriéndose a los señores del carruaje, que le correspondían con sonrisas y venias afectuosas. El viejo Viola, ostensiblemente satisfecho de la noticia que acababa de recibir se interrumpió un momento para decirle que la casa estaba asegurada, gracias a los caritativos sentimientos de la signora inglesa, por todo el tiempo que quisiera habitarla. El otro le escuchó atentamente, pero no dijo nada.
Cuando el carruaje reanudó la marcha, el de la yegua se quitó de nuevo el sombrero, que era gris con cordón y borlas de plata. Los brillantes colores de un sarape mejicano arrollado en el borrén del arzón, los enormes botones de plata de la chaqueta de cordobán bordada, en la hilera de botoncitos del mismo metal a lo largo de las costuras de las perneras, la blanquísima pechera de la camisa, la faja de seda con remates bordados, las guarniciones plateadas de la silla y cabeza proclamaban la inimitable galanura del famoso capataz de cargadores -el antiguo marinero mediterráneo-, ataviado con el esplendor mas elegante que cualquier rico ranchero del campo en un día de gran fiesta.
– Es un grandísimo favor para mí -murmuró Giorgio, pensando todavía en la casa, porque a la sazón odiaba los cambios de residencia-. A la signora Gould le ha bastado decir una palabra al inglés.
– ¿Al señor ese, que tiene bastante dinero para pagar la construcción de un ferrocarril? Se marcha dentro de una hora -observó Nostromo con indiferencia-. ¡Buon viaggio! Le he guardado los huesos en todo el trayecto que hay desde el paso de la Entrada hasta el llano y la ciudad de Sulaco ni más ni menos que si hubiera sido mi padre.
El viejo Giorgio se limitó a mover la cabeza a un lado con aire distraído. Nostromo apuntó al carruaje de los Gould, que se acercaba a la puerta herbosa de la antigua muralla de la ciudad, semejante a un seto selvático de espeso y entretejido ramaje.
– Y también he pasado noches y noches sentado solo en el almacén de la Compañía junto al montón de lingotes de plata del otro inglés, custodiándolo cómo si fuera mío.
Viola parecía absorto en sus pensamientos.
– Es un gran favor para mí -repitió obsesionado por la idea de no tener que desalojar la casa.
– Lo es -asistió el magnífico capataz de cargadores tranquilamente-. Oye, Vecchio…, entra y sácame un cigarro puro, pero no lo busques en mi cuarto. Allí no hay nada.
El garibaldino entró en el café y salió al punto, fija aún la mente en el mismo pensamiento, mientras mascullaba caviloso entre sus bigotes:
– Las niñas crecidas ya… y ni un sólo varón. ¡Las dos muchachas!
Suspiró y guardó silencio.
– Hombre, ¿no me traes más que uno? -advirtió Nostromo mirando al distraído viejo con regocijado humor-. Pero no importa -añadió indiferente-; basta con uno hasta que se necesite otro.
Encendió el puro y dejó caer el fósforo de sus dedos inertes. Giorgio Viola alzó la vista y dijo de pronto:
– Mi hijo hubiera sido un mozo tan arrogante como tú, Gian Battista, si hubiera vivido.
– ¿Quién? ¿Tu hijo? ¡Ya lo creo! Tienes razón, padrone. Si se hubiera parecido a mi, no hay duda de que habría sido un hombre.
Hizo girar despacio su cabalgadura y avanzó por entre los tenduchos refrenando hasta pararse de cuando en cuando, a causa de los chiquillos y gente venida de lejanas aldeas del Campo, que se le quedaban mirando de hito en hito con admiración. Los descargadores de la Compañía le saludaban desde lejos; y el envidiado capataz proseguía su marcha hacia el pabellón de baile entre murmullos y frases atentas de los que le reconocían. La aglomeración de gente crecía; las guitarras rasgueaban con más fuerza; otros jinetes permanecían inmóviles, fumando tranquilamente sobre las cabezas de la multitud; ésta se arremolinaba y oprimía ante las puertas del ingente circo, de donde salía ruido de pisadas que caían a un tiempo al compás de la música vibrante y chillona con un ritmo de ingrata monotonía, dominado por el tremendo, insistente y sordo fragor del gombo. El bárbaro y tonante batir del enorme tambor, que posee la magia de enloquecer a las multitudes y de impresionar vivamente a los mismos europeos, pareció atraer a Nostromo al lugar de donde salía el estruendoso ruido.
Mientras allí se encaminaba, un hombre envuelto en un poncho, viejo y roto, se le acercó al estribo, y a pesar de los empujones que recibía por ambos lados, avanzó con el jinete, pidiendo a "su merced" una vez y otra que le diera empleo en el descargadero. Suplicó y rogó en tono quejumbroso ofreciendo al señor Capataz la mitad de su paga diaria por el privilegio de ser admitido en la hermandad de bravos cargadores, protestando de que con la otra mitad tendría bastante. Pero el hombre que era la mano derecha del capitán Mitchell -"de incalculable valor para la buena marcha de nuestro trabajo en el puerto, espejo de integridad"-después de examinar con mirada escudriñadora al harapiento mozo, movió la cabeza sin decir una palabra entre la barahúnda que seguía atronando alrededor.