Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
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Encyclopædia Britannica
Con el transcurso de los años se alargó la serie de arcones cerrados y creció proporcionalmente la escolta. Cada tres meses un tren creciente de cargamento de plata barría como furiosa avenida las calles de Sulaco encaminándose a la cámara fuerte del edificio de la Compañía O.S.N., situado junto al puerto, para aguardar allí el momento de ser embarcado con destino al Norte. El convoy crecía no sólo en volumen, sino en valor -más grande aún en proporción-, porque, según Carlos dijo una vez a su esposa con satisfacción mal disimulada, no había visto en el mundo nada que se acercara a la vena de la Concesión Gould. Para ambos consortes, identificados en sus designios, cada convoy que pasaba por debajo de los balcones de la casa que habitaban representaba una nueva victoria, ganada en la conquista de la paz para Sulaco.
A no dudarlo, la acción inicial de Carlos se había visto secundada en un principio por el período de relativa paz que sobrevino entonces, y también por la general dulcificación de las costumbres, sobre todo si se las comparaba con las de la época de las guerras civiles, de las que emergió la férrea tiranía de Guzmán Bento, de terrible memoria. En las luchas que estallaron al finalizar su gobierno, después de quince años de paz, hubo más fatua ostentación de valentía, abundante crueldad y callado sufrimiento, pero menos ferocidad de fanatismo político. Prevalecieron los procedimientos bajos y ruines, más despreciables que los de época anterior e infinitamente menos violentos y difíciles de contrarrestar utilizando el mismo descarado cinismo de los móviles. Las contiendas revistieron el carácter franco de una rebatiña por apoderarse del botín, cada vez más mermado, porque toda empresa había sido estúpidamente asesinada en el país.
De esta suerte avino que la provincia de Sulaco, teatro en otro tiempo de enconadas venganzas de partidos, llegó a ser una de las que reunían mejores condiciones para galardonar servicios políticos y facilitar el ascenso a los primeros puestos del gobierno. Los amos del poder en Santa Marta reservaban los cargos del Estado Occidental para sus más cercanos parientes y allegados, sobrinos, hermanos, esposos de hermanas predilectas, amigos íntimos, partidarios leales -o poderosos que inspiraban temor. Era la provincia afortunada, donde se ofrecían las ocasiones más ventajosas de medro y se percibían las pagas más crecidas; porque la mina de Santo Tomé tenía su lista extraoficial, cuyas partidas y asignaciones, fijadas en consulta por Carlos Gould y el señor Avellanos, se sometían a la aprobación de un eminente financiero norteamericano, que todos los meses dedicaba unos veinte minutos a los negocios de Sulaco.
Al mismo tiempo, los intereses materiales de todo género, apoyados por la influencia de la mina de Santo Tomé, adquirían tranquilo desenvolvimiento en aquella parte de la República. Y mientras, por una parte, la colecturía de tributos de Sulaco, según se sabía generalmente en el mundo político de la capital, allanaba el camino para llegar al ministro de Hacienda, y así sucesivamente respecto de otros puestos oficiales; por otra, los decaídos círculos de negocios del país llegaron a considerar la Provincia Occidental como la tierra prometida de salvación, en especial si se lograba estar en buenas relaciones con la administración de la mina. "Carlos Gould; excelente persona. Absolutamente indispensable obtener su apoyo antes de dar un solo paso. Procúrese usted una recomendación de Moragas, si le es posible, el agente del Rey de Sulaco, ¿sabe usted?"
Se comprende, pues, que sir John, al llegar de Europa con ánimo de obviar dificultades para su ferrocarril, se encontrara en Costaguana con el nombre (y aun el sobriquete) de Carlos Gould al revolver de cada esquina. Y en vista de la ayuda decisiva, prestada por el agente de la administración de Santo Tomé en la capital (sujeto cortés y bien informado, a juicio de sir John), para la realización de la gira presidencial, el último empezó a creer que había un gran fondo de verdad en los rumores corrientes sobre la inmensa influencia oculta de la Concesión Gould.
Asegurábase en misteriosas confidencias, circuladas en voz baja, que la administración de Santo Tomé había costeado, en parte al menos, la última revolución, que dio por resultado la dictadura quinquenal de don Vicente Rivera, nombre de cultura e intachable carácter, investido con un mandato de reforma por los mejores elementos del Estado. Personas serias y al corriente de la situación parecían creer en el advenimiento de mejores tiempos y esperar con fundados motivos la implantación de la legalidad, de la honradez y el orden en la vida pública. Tanto mejor entonces, pensó sir John; y como le gustaba siempre trabajar en gran escala, contrató un empréstito con el Estado y un proyecto de colonización sistemática de la Provincia Occidental, incluido todo en un vasto plan con la construcción del Ferrocarril Central Nacional. Buena fe, orden, honradez, paz se requerían a todo trance para este gran desarrollo de intereses materiales. Todo el que fuera partidario de tales ideas, en especial si podía cooperar con su ayuda, tenía importancia a los ojos de sir John. Sus esperanzas en el "Rey de Sulaco" no habían quedado defraudadas. Todas las dificultades de carácter local desaparecieron, según había predicho el ingeniero jefe, ante la mediación de Carlos Gould.
El presidente del ferrocarril fue objeto de extraordinarios obsequios, después del Presidente-Dictador; y este hecho explicaba sin duda el evidente malhumor demostrado por el general Montero en el lunch que se celebró a bordo del Juno, poco antes de zarpar llevándose de Sulaco al Jefe del Estado y a los distinguidos huéspedes extranjeros de su séquito.
El Excelentísimo (la "esperanza de los hombres honrados" como le había llamado don José en un discurso público pronunciado en nombre de la Diputación provincial de Sulaco) ocupaba la presidencia de la luenga mesa; el capitán Mitchell, asombrado y todo encendido ante la solemnidad del presente "acontecimiento histórico", se sentaba en la otra cabecera, como representante de la Compañía O.S.N. en Sulaco, teniendo a los lados al capitán del barco y algunos empleados de segunda categoría, que trabajaban en tierra a sus órdenes. Estos caballeretes de tez tostada y genio alegre echaban de soslayo miradas joviales a las botellas de champaña, que empezaron a asomar detrás de las espaldas de los huéspedes en manos del despensero del barco. El licor ambarino cayó sobre las copas haciendo subir la espuma hasta los bordes.
Carlos Gould tenía su sitio junto al de un enviado extranjero, que en tono indiferente le habló a intervalos de caza mayor y menor. El semblante de este caballero, bien nutrido y pálido, con monóculo y lacio bigote amarillo, hacía que el señor administrador apareciera por contraposición dos veces más tostado del sol, más rojo carmesí e incomparablemente más intensa y silenciosamente vivaz. Don José Avellanos se sentaba al lado de otro diplomático extranjero, tipo moreno, de continente reposado, atento y estirado con cierto dejo de reserva.
A pesar de haberse prescindido de toda etiqueta en esta ocasión, el general Montero se presentó de gran uniforme, tan repleto de bordados por delante, que su ancho pecho parecía protegido por una coraza de oro.
Sir John, desde el principio, había dejado los sitios de preferencia por el gusto de conversar con la señora de Gould.
El gran financiero se ocupaba en expresarle lo agradecido que estaba a su hospitalidad y a los buenos oficios de su esposo, cuya "influencia era tan enorme en esta parte del país", cuando se vio interrumpido por un blando siseo. El Presidente iba a decir cuatro palabras.
En efecto se había puesto de pie. Sus breves declaraciones eran a todas luces sinceras y las hacía pensando principalmente en Avellanos -su antiguo amigo-, recomendando la necesidad de no aflojar en el empeño de asegurar un bienestar duradero al país, que salía de su última lucha, según sus esperanzas, para inaugurar un período de paz y prosperidad material.