Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
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Encyclopædia Britannica
La señora de Gould, al escuchar la voz suave y algo triste del orador; al contemplar su rostro redondo, moreno, guarnecido de anteojos, el talle bajo y la obesidad que tocaba en enfermiza, pensó que este hombre de espíritu delicado y melancólico, físicamente casi un inválido, que abandonaba su retiro para lanzarse a una lucha peligrosa, respondiendo al llamamiento de sus partidarios, tenía derecho a hablar con la autoridad que da el sacrificio del propio bienestar y aun de la propia vida. Pero a la vez que pensaba esto, no pudo menos de sentirse intranquila. En las palabras dichas por la primera autoridad civil del Estado de Costaguana había más sentida sinceridad que promesas: así lo dejaba traslucir el tono con que pronunció, copa en mano, las consignas de honradez, paz, respeto a la ley, buena fe política en el interior y el exterior -salvaguardias del honor nacional.
Se sentó. Durante el murmullo respetuoso y aprobatorio que siguió al discurso, el general Montero alzó sus pesados párpados y paseó la mirada por las caras de los presentes con una especie de estolidez inquieta. El héroe del partido, el antiguo capitán de la remota región selvática, habitada por indios bravos, aunque secretamente impresionado por las repentinas novedades y esplendores que le rodeaban (nunca había estado anteriormente a bordo de un vapor, y apenas había visto el mar sino a distancia), comprendió, por una especie de instinto, la ventaja que su hosco y descortés comportamiento de rudo militar le daba entre aquellos refinados aristócratas del grupo "blanco". Pero se preguntaba indignado cómo era que nadie fijaba en él la atención. Poseía bastante instrucción para leer los diarios, y no ignoraba que, según ellos, "había realizado la mayor hazaña militar de los tiempos modernos".
– Mi esposo necesitaba el ferrocarril -decía la señora de Gould a sir John entre el murmullo general de las conversaciones reanudadas-. Todo ello aproxima la llegada del próspero porvenir que deseamos para el país, y tan anhelado por él después de las prolongadas penalidades que sólo Dios conoce. Pero debo confesar que el otro día, mientras paseaba en coche por la tarde, al ver salir inesperadamente del boscaje a un muchacho indio con la bandera roja de una cuadrilla de ayudantes, sentí cierta impresión penosa. Lo porvenir significa cambio -un cambio completo; y en el estado actual de Costaguana hay cosas sencillas y pintorescas, que a una le gustaría conservar.
Sir John la escuchaba sonriendo, y ahora le tocó la vez de recomendar silencio a su interlocutora.
– El general Montero va a hablar -musitó; y casi inmediatamente añadió, alarmado de una manera cómica-: ¡Cielos! Me parece que se dispone a brindar a mi salud.
En efecto el personaje citado se había puesto de pie con un retiñir metálico de la vaina del sable y un rebullimiento de reflejos lucientes en su pecho galoneado de oro; el grueso pomo del arma apareció a su lado sobre el borde de la mesa. Con su suntuoso uniforme, cuello de toro, nariz corva aplastada en la punta sobre un bigote teñido de un negro azulado, sugería la imagen de un siniestro vaquero disfrazado. El bronco timbre de su voz tenía un extraño retintín arañante y desalmado. Divagó con algunas generalidades, y luego, levantando de pronto y a la vez la cabezota y la voz, rompió a vociferar con aspereza:
– El honor del país está en manos del ejército. Os aseguro que sabré mantenerme fiel al mismo.
Sus ojos recorrieron los rostros de los comensales hasta encontrar el de sir John, fijando en él una mirada adormecida y tétrica; a su memoria acudió el recuerdo del empréstito últimamente negociado. Alzó la copa, y añadió:
– Bebo a la salud del hombre que nos trae millón y medio de libras.
Apuró su champaña y se dejó caer pesadamente en su asiento echando una mirada medio sorprendida, medio provocadora a los comensales en el silencio profundo y lúgubre que siguió al felicitador brindis. El aludido no se movió.
– No creo que deba levantarme -murmuró hablando con la señora de Gould-. El asunto del empréstito habla por sí mismo.
Pero don José Avellanos acudió a salvar la situación con un breve discurso, en el que aludió con insistencia a los sentimientos amistosos de Inglaterra respecto de Costaguana, "sentimientos (prosiguió con énfasis) de que puedo hablar con perfecto conocimiento de haber sido en mis buenos tiempos ministro acreditado cerca de la corte de San James".
Sólo entonces sir John creyó conveniente contestar, y lo hizo con elegante distinción en mal francés, interrumpido por explosiones de aplausos y las palabras " ¡Atención!, ¡atención!" del capitán Mitchell, que de cuando en cuando entendía alguna palabra. En acabando, el financiero de ferrocarriles se volvió a la señora de Gould y le recordó galantemente:
– Usted ha tenido a bien manifestarme que deseaba pedirme un favor, ¿Qué es ello? Tenga usted la seguridad de que cualquier petición suya hallará en mí la mejor acogida.
Ella le dio las gracias con una graciosa sonrisa. A la sazón todo el mundo se levantaba de la mesa.
– Subamos a cubierta -propuso la señora- y allí podré indicarle a usted la gracia que solicito.
Una enorme bandera de Costaguana, dividida diagonalmente en dos campos, rojo y amarillo, con dos palmeras verdes en el medio, flotaba perezosamente en el palo mayor del Juno. Los fuegos artificiales, dispuestos con profusión en la playa, al borde mismo del agua, en honor del Presidente, levantaron, al ser quemados, un misterioso ruido crepitante todo alrededor del puerto. A intervalos una serie de cohetes, remontándose con un prolongado chirrido, detonaban en lo alto sin otro rastro que una manchita de humo en el despejado y brillante cielo. Entre las puertas de la ciudad y el puerto veíanse apiñadas multitudes, bajo de los manojos de banderas multicolores que flotaban sobre altos postes. De improviso se percibían ráfagas de música militar y el lejano rumor de aclamaciones. Un grupo de negros astrosos, en el extremo del desembarcadero, se ocupaba en cargar y disparar un cañoncito de hierro de tiempo en tiempo. Velando los fulgores del sol, empañaba la transparencia del aire una bruma grisácea, fina e inmóvil, causada por el polvo.
Don Vicente Rivera dio algunos pasos bajo de la toldilla del puente, apoyado en el brazo del señor Avellanos; alrededor de ambos formóse un ancho círculo, en el que podían observarse la sonrisa melancólica y el apagado brillo de los anteojos del Presidente volviéndose con expresión afable de un lado a otro. La fiesta de carácter íntimo, dispuesta de intento a bordo del Juno para procurar al Presidente-Dictador la ocasión de tratar en confianza a sus principales partidarios de Sulaco, se acercaba a su término. A un lado, el general Montero, que ocultando ahora su calvicie bajo un tricornio con pluma, permanecía inmóvil en un asiento al aire libre, con las manazas enguantadas, descansando una sobre otra en la empuñadura del sable, que sostenía vertical entre las piernas. La blanca pluma del sombrero, el tinte cobrizo de su ancho rostro, la aglomeración de bordados de oro en mangas y pecho, las charoladas botas de montar con enormes espuelas, la agitación de las fosas nasales, la mirada imbécil y dominadora del glorioso vencedor de Río Seco formaban un conjunto extraño en el que había algo fatídico e increíble; parecía la exageración de una caricatura cruel, la rudeza atroz de algún ídolo militar, de concepción azteca y atavío europeo, que aguardaba el homenaje de sus adoradores. Don José se acercó diplomáticamente al portento suprahumano e inescrutable; y la señora Gould apartó al fin sus ojos fascinados para mirar a otra parte.
Al llegarse Carlos a sir John para despedirse de él, le oyó decir, mientras se inclinaba sobre la mano de su esposa:
– Seguramente. Por supuesto, mi querida Emilia, en favor de un protegé de usted. No hay la menor dificultad. Délo usted por hecho.