Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
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Encyclopædia Britannica
– Por Dios que se parece muchísimo a un trozo de estaño, ¿no es así? -comentó en tono de broma-. Pero si los muchachos de la banda de Hernández supieran el valor que tiene, les gustaría echarle la zarpa.
Este Hernández era un capitán de bandoleros. Vivió primero pacíficamente cultivando un pequeño rancho, pero secuestrado de su casa con circunstancias de especial barbarie, durante una de las guerras civiles, y forzado a servir al ejército, observó como soldado un comportamiento ejemplar, espiando la ocasión de matar a su coronel, como en efecto lo hizo, logrando después escurrir el bulto. Al frente de una cuadrilla de desertores que le eligieron por jefe, se refugió más allá del árido y bravío Bolsón de Tonoro. Las haciendas le pagaban rescate en vacas y caballos; contábanse extraordinarias historias de su valor y admirable astucia para eludir la captura. Solía entrar sólo a caballo, con dos revólveres al cinto, y llevando delante una acémila, en las aldeas y pequeñas poblaciones del Campo; íbase derecho a la tienda o almacén, escogía lo que necesitaba, y se retiraba sin que nadie le saliera al paso: tal era el terror que inspiraba con sus hazañas y temerario atrevimiento.
No molestaba a los campesinos pobres; pero las personas de la clase rica se veían a menudo detenidas y robadas en los caminos. ¡Desgraciado del funcionario civil o clase del ejército que cayera en sus manos! No se libraba de una terrible paliza. En el elemento armado los jefes torcían el gesto cuando alguien le nombraba en su presencia. Sus secuaces, jinetes en caballos robados, se burlaban de la persecución de la caballería regular, enviada a darles caza, y se complacían en prepararle emboscadas ingeniosas en las quebradas del terreno sometido a su dominio. Preparáronse expediciones; púsose a precio su cabeza, y hasta se hicieron tentativas, traidoras por supuesto, para entrar en negociaciones con él, sin que en lo más mínimo alterasen el rumbo de su carrera.
Al fin, según el genuino uso de Costaguana, el fiscal de Tonoro, que ambicionaba la gloria de haber reducido al famoso Hernández, le ofreció una suma de dinero y un salvoconducto para salir del país si entregaba a su cuadrilla. Pero evidentemente Hernández no era de la pasta de que estaban hechos los ilustres políticos y conspiradores de Costaguana. El mencionado expediente, ingenioso, pero burdo (que a menudo posee la mágica virtud de dar al traste con las revoluciones), fracasó al aplicarlo en un jefe de salteadores vulgares. En un principio el asunto se presentó bien para el fiscal, pero acabó de una manera desastrosa para el escuadrón de lanceros, apostados, según las instrucciones de aquél, en un repliegue del terreno, al que Hernández había prometido conducir a sus descuidados e ignorantes hombres. Llegaron, en efecto, a la hora señalada, pero arrastrándose a gatas por entre los arbustos, y, cuando estuvieron a la distancia conveniente, hicieron notar su presencia por una descarga general de armas de fuego, que derribó a numerosos jinetes. Los que resultaron ilesos o levemente heridos volvieron grupas ya todo galope se internaron en Tonoro.
Según cuenta, el comandante de la fuerza (que por tener mejor caballo sacó gran ventaja en la huida a los demás) se puso después en un estado de furiosa embriaguez y dio una bárbara paliza con el sable de plano al entremetido fiscal delante de su mujer e hijas por haber acarreado tamaña desgracia al ejército nacional. El jefe militar, herido profundamente en su pundonor, cuando la primera autoridad civil de Tonoro cayó al suelo desmayado, le pateó todo el cuerpo y le pasó las agudas espuelas por la cara y el cuello.
Esta historia, que se contaba entre los campesinos del interior con sus pormenores de tiranía, ineptitud, procedimientos necios, traición y brutalidad salvaje, era perfectamente conocida por la señora de Gould. Y el que personas cultas, de exquisita educación y excelente carácter, la aceptaran sin un comentario indignado, como algo inherente a la naturaleza de las cosas, era uno de los síntomas de degradación que la exasperaban, poniéndola casi al extremo de perder toda esperanza en la regeneración del país.
Con todo, fijando la vista en el lingote de plata, hizo una seña con la cabeza a don Pepe, para advertirle:
– A no ser por la desenfrenada tiranía de los gobiernos de ustedes, don Pepe, muchos facinerosos que ahora siguen a Hernández vivirían pacíficos y felices con el honrado trabajo de sus manos.
– ¡Verdad como un templo, señora! -exclamó don Pepe con entusiasmo-. Dios le ha dado a usted talento para comprender el verdadero sentir de los hijos del pueblo. Usted los ha visto a su alrededor, doña Emilia -mansos como corderos, sufridos como sus burros, bravos como leones. Aquí donde usted me ve, señora, los he mandado en los combates y me han seguido hasta la boca misma de los cañones… en tiempo de Páez, hombre de extraordinaria generosidad y valor, al que sólo se pareció algo el tío de don Carlos, en lo que yo sé. No es extraño que merodeen bandidos en el campo cuando en el gobierno de la capital no hay más que ladrones, petardistas y macacos sanguinarios. Pero, así y todo, un bandido es un bandido, y necesitamos una docena de buenas carabinas Winchester para bajar con la plata a Sulaco.
El viaje a caballo de la señora de Gould con el grupo que escoltó la primera remesa de plata a Sulaco fue el episodio que cerró lo que ella llamaba "mi vida de campo", antes de establecerse en la ciudad de un modo permanente, según cumplía y hasta le era necesario a la esposa del administrador de una institución tan importante como la mina de Santo Tomé. Porque llegó a ser una verdadera institución, un foco de resurgimiento general en la provincia, necesitada de orden y estabilidad para vivir. De la garganta de la montaña parecía fluir la seguridad y derramarse por todo el territorio. Las autoridades de Sulaco llegaron a comprender que la mina de Santo Tomé imponía la necesidad de no molestar al pueblo ni perturbar la marcha de las cosas. Esto era la mayor aproximación al gobierno de sensatez y justicia que Carlos Gould creyó posible obtener en los comienzos.
Realmente la mina, con su organización, su colonia que crecía, sostenida por una situación de seguridad privilegiada, con su equipo de pertrechos y bastimentos, con su don Pepe, con su cuerpo armado de serenos (en el que, según se susurraba, habían hallado empleo muchos criminales y desertores… y aun algunos miembros de la banda de Hernández), la mina era un poder en el país. Así lo proclamó con risa sarcástica e indignada cierto prohombre del gobierno de Santa Marta, al discutirse en cierta ocasión el comportamiento observado por las autoridades de Sulaco durante una crisis política.
– ¿Usted llama a esos hombres funcionarios del gobierno? ¿Del gobierno? ¡Nunca! Funcionarios de la mina…, funcionarios de la concesión… Eso es lo que son.
El eminente personaje (que a la sazón estaba en el poder, tipo de rostro amarillento y pelo corto, ensortijado, por no decir lanoso) llegó en su momentáneo enojo a amenazar con el puño a su contrincante, mientras vociferaba:
– ¡Sí! ¡Todos! Y no se me contradiga. ¡Todos! El jefe político, el jefe de policía, el jefe de aduanas, el general, todos, sí, señor, todos son funcionarios de ese Gould.
Palabras que fueron recibidas con un intrépido, pero ahogado murmullo de protesta, que se prolongó por algún tiempo en el gabinete ministerial; y la furia del eminente personaje acabó en un cínico encogimiento de hombros. Al fin y al cabo, pareció decir, ¿qué importa, mientras no se relegue al olvido al ministro mismo durante el breve período de su autoridad? Mas el agente no oficial de la mina de Santo Tomé, que trabajaba por una buena causa, tenía sus momentos de ansiedad, que se reflejaban en las cartas escritas a don José Avellanos, de quien era sobrino carnal por parte de madre.
Don Pepe, para tranquilizar a la señora de Gould, solía asegurarle: