Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
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Encyclopædia Britannica
Segunda Parte Las Isabeles
Capítulo Primero
Objeto de elogios y maledicencias en las variadas vicisitudes de aquella lucha, cuya gravedad y peligros expresó de una manera gráfica don José con la frase "la suerte del honor nacional oscila temblorosa en la balanza", la Concesión Gould, "Imperiun in Imperio", había seguido sus trabajos; la montaña de forma prismática fue vertiendo su precioso mineral por los canalones de madera en las infatigables baterías de bocartes; las luces de Santo Tomé parpadearon, noche tras noche, sobre la sombría e inmensa extensión del Campo; cada tres meses continuaron bajando al mar los convoyes de plata, como si ni la guerra ni sus consecuencias pudieran afectar al antiguo Estado Occidental, aislado del resto de la República por el alto murallón de la Cordillera.
Todos los combates se trababan del otro lado de aquella colosal barrera de aserrados picos, dominada por el blanco domo del Higuerota, y no surcada hasta entonces por el ferrocarril, del que sólo se había construido la primera parte, eso es, el fácil trayecto del Campo desde Sulaco hasta el Valle de Ivie al pie del desfiladero.
Tampoco la línea telegráfica cruzaba a la sazón las montañas; sus postes, que aparecían clavados como jalones en el llano, penetraban en la faja de bosque de las alturas menores, cortada por la profunda avenida de la vía, y sus alambres terminaban bruscamente en el campo de construcción sobre una blanca mesa de madera que sostenía un aparato Morse, dentro de una larga barraca de tabla con techo de chapa acanalada, a la sombra de gigantes cedros -residencia del ingeniero encargado de la sección avanzada.
El puerto hervía de actividad con el tráfico del material del ferrocarril y con los movimientos de tropas a lo largo de la costa. La Compañía O.S.N. halló abundante ocupación para su flota. Costaguana no tenía marina; y, fuera de algunos cúters guardacostas, los barcos nacionales se reducían a un par de vapores mercantes usados como transportes.
El capitán Mitchell, sintiéndose cada vez más rodeado de "acontecimientos históricos", dedicaba una hora de la tarde a la tertulia de la casa Gould, donde, con una extraña ignorancia de las verdaderas fuerzas que trabajaban a su alrededor, se mostraba complacido de poder rehuir el contacto con las complicaciones de los negocios. Según decía, se habría visto en trances apurados a no ser por el habilísimo Nostromo. Los políticos endiablados de Costaguana le daban más que hacer de lo que él había podido figurarse. Así se lo manifestó en confianza a la señora de Gould.
Don José Avellanos había desplegado en servicio del gobierno de Rivera, amenazado de muerte, una actividad organizadora y una elocuencia, cuyos ecos llegaron a la misma Europa. Porque esta parte del mundo, después del nuevo empréstito hecho al gobierno Rivera, empezó a fijar la atención en Costaguana. La sala de la Diputación provincial (en los edificios municipales de Sulaco), con sus retratos de los libertadores en las paredes y una antigua bandera de Cortés, conservada en urna de cristal sobre la silla del presidente, había oído todos sus discursos -el primero de los cuales contenía la fogosa declaración: "El militarismo: he ahí el enemigo ", y el famoso, en que pronunció la frase: "La suerte del honor nacional tiembla en la balanza ", al apoyar el voto para que se reclutara un segundo regimiento en Sulaco en defensa del gobierno reformista. Y, cuando las provincias enarbolaron de nuevo sus antiguas banderas (proscritas en tiempo de Guzmán Bento), don José, en otra de sus grandes arengas, saludó aquellos viejos emblemas de la independencia, que salían otra vez a la luz del sol en nombre de nuevos ideales. La antigua idea del federalismo había desaparecido. Por su parte no deseaba resucitar doctrinas políticas de tiempos pasados. Eran perecederas. Mueren. Pero la doctrina de la rectitud política era inmortal. El segundo regimiento de Sulaco, a quien se hacía entrega de la bandera, iba a demostrar su valor en una lucha por el orden, la paz, el progreso; por la consolidación de la dignidad nacional, sin la que -declaró con energía- "somos la vergüenza y el oprobio de las naciones civilizadas".
Don José Avellanos amaba a su país. Le había servido con pródigo desprendimiento y pérdida de intereses durante su carrera diplomática; y sus oyentes conocían la historia posterior del cautiverio y bárbaras vejaciones, sufridas bajo el poder de Guzmán Bento. Por milagro se había librado de contarse entre las víctimas de las feroces y sumarias ejecuciones que señalaron el curso de aquella tiranía; porque el terrible dictador había gobernado el país con la sombría imbecilidad del fanatismo político. El poder del Supremo Gobierno llegó a ser, en el concepto de su menguada inteligencia, un objeto de adoración sanguinaria y feroz, como si se tratara de una deidad cruel. Esa deidad había encarnado en la persona de Bento; y sus adversarios, los federalistas, eran los peores criminales del mundo, merecedores del odio, aborrecimiento y temeroso recelo, como el que inspirarían los herejes a un inquisidor convencido. Por espacio de años el tirano llevó por todo el país, a la zaga del ejército de pacificación, una banda de esos atroces criminales, como cautivos, sometidos a tan inhumanos tratamientos, que con razón consideraban una suprema desdicha el no haber sido ejecutados sumariamente. Era un grupo, que la muerte diezmaba sin cesar, de esqueletos animados en desnudez casi completa, cargados de cadenas, cubiertos de suciedad, parásitos y heridas en carne viva; hombres todos de posición, de carrera, de fortuna, que, acosados del hambre, llegaron a luchar unos con otros por las piltrafas de carne asada que los soldados arrojaban a su alcance, o a pedir con acento lastimero al negro encargado de cocinar la comida de la tropa un sorbo de agua sucia. Don José Avellanos, arrastrando su cadena entre los demás, sólo parecía continuar viviendo para probar hasta qué punto el cuerpo humano puede resistir el dolor, el hambre, la degradación y los más crueles ultrajes, sin exhalar el último aliento. De cuando en cuando los prisioneros eran sometidos a interrogatorios, en los que se aplicaba algún procedimiento primitivo de tortura, por una comisión de oficiales, reunidos a toda prisa en una cabaña de palos y ramaje, resueltos a emplear todo el rigor posible para no comprometer sus propias vidas. En tales casos, uno o dos afortunados de la compañía de escuálidos, que se arrastraban con pasos vacilantes, solían ser conducidos detrás de un arbusto y fusilados por unos cuantos soldados en fila. Un capellán de ejército, cuyo uniforme de teniente, marcado con una cruz blanca en el lado del corazón, y cuyo aspecto general reflejaba el desaliño de la vida de campaña, solía seguir a los reos con una banqueta en la mano para confesarlos y darles la absolución; porque el Ciudadano Salvador del País (así se denominaba a Guzmán Bento oficialmente en los memoriales y solicitudes) no era contrario al ejercicio de una clemencia racional. Oíase una descarga irregular del pelotón ejecutor, seguida a veces de un tiro final aislado; una nubécula azulada de humo flotaba sobre el ramaje verde, y el Ejército de Pacificación seguía su marcha por las sabanas, al través de los bosques y de los ríos, invadiendo pueblos rurales, devastando las haciendas de odiosos aristócratas, ocupando las ciudades del interior en cumplimiento de su misión patriótica, y dejando tras sí un territorio sometido al régimen unitario, donde no volvería a descubrirse la maligna semilla del federalismo entre el humo de las casas incendiadas y el olor de la sangre vertida.
Don José Avellanos había sobrevivido a esos tiempos terribles.
Quizá, cuando el Ciudadano Salvador del País comunicó al extraviado aristócrata, en términos despectivos, que se le concedía la libertad, le creyó reducido a la impotencia por verle quebrantado de salud, de ánimos y de hacienda. O tal vez la concesión de tal gracia fuera un mero capricho. Guzmán Bento, aunque dominado casi siempre por temores imaginarios y sospechas cavilosas, padecía repentinos accesos de irracional confianza en su propia seguridad, al verse elevado sobre un pináculo de poder, alejado de todo riesgo, fuera del alcance de los simples mortales que conspiraban. En esas ocasiones ordenaba a raja tabla la celebración de una misa solemne de acción de gracias, que era cantada con gran pompa en la catedral de Santa Marta por el sumiso y tímido arzobispo nombrado por él. Bento asistía a la función religiosa ocupando un sillón dorado, dispuesto en el centro del presbiterio, entre otros asientos a derecha e izquierda donde se colocaban los jefes civiles y militares de su gobierno. El mundo no oficial de Santa Marta acudía en masa a la catedral, porque para toda persona de viso era peligroso permanecer alejada de aquellas manifestaciones de la piedad presidencial. Después de haber reconocido así el único Poder que admitía como superior al suyo, dispensaba gracias de perdón político con sardónica ufanía de clemencia. Por entonces no le quedaba otro modo de saborear las delicias del mando que ver a sus abatidos adversarios arrastrarse inermes a la luz del día, recién salidos de las oscuras y hediondas celdas del Colegio. La impotencia de los presos libertados daba pábulo a su vanidad insaciable, que se complacía en poder encarcelarlos de nuevo. Era cosa corriente que las mujeres de los agraciados se presentaran después a dar gracias en una audiencia especial. La encarnación de aquella extraña deidad, el Gobierno Supremo, las recibía de pie con el tricornio de airón en la cabeza, y las exhortaba, murmurando amenazas, a mostrar su gratitud, educando a sus hijos en la fidelidad a la forma democrática de gobierno "establecido por mí para la prosperidad de nuestro país". Pronunciaba las palabras con un sonido sibilante y confuso por haber perdido los dientes de en medio en un accidente de su primera vida de vaquero. "Había venido trabajando por Costaguana, solo, rodeado de traidores y enemigos. Preciso era que acabara de una vez tal estado de cosas, o, cuando no, ¡se cansaría muy luego de perdonar!"