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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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– Ningún macaco sanguinario de Santa Marta pondrá los pies en la parte de Costaguana que cae del otro lado del puente de Santo Tomé, a no ser, por supuesto, que se trate de algún invitado por nuestro señor administrador, que es un gran político.

Pero a Carlos Gould, en su habitación particular, el veterano sargento mayor solía advertirle con militaresca jovialidad, preñada de siniestros recelos:

– En este negocio nos estamos jugando la cabeza.

Don José Avellanos murmuraba con aire de profunda satisfacción:

– Imperium in imperio, Emilia, hija mía.

Expresión que por extraño modo parecía contener cierta mezcla de malestar físico. Este pormenor, no obstante, tal vez sólo podía ser notado por los que estaban en el secreto.

Y para los iniciados en el mismo era un lugar maravilloso la sala de confianza de la casa Gould. Los verdaderamente íntimos formaban un grupo poco numeroso. En primer lugar, el amo -el señor administrador-, envejecido, imperturbable, encerrado en misterioso silencio, ahondadas las líneas de su rubia tez inglesa, dejándose ver sólo momentáneamente, cruzando con sus larguiruchas piernas de incansable caballista las puertas de la casa, recién llegado "de la montaña", o con sonantes espuelas y la fusta bajo del brazo, a punto de partir "para la montaña". Después del amo, don Pepe, sentado en su silla con modesta marcialidad, el llanero, que parecía haber adquirido, sin saber cómo, su buen humor de soldado aguerrido, su conocimiento del mundo, y sus modales propios del puesto que ocupaba, en medio de las feroces peleas con sus compatriotas. El tercero era Avellanos, cortés y afable, diplomático, cuya locuacidad encerraba delicados consejos de cautelosa prudencia, con su manuscrito de un trabajo histórico sobre Costaguana, intitulado "Cincuenta Años de Desgobierno", que por entonces no creía prudente (aun caso de ser posible) "dar a conocer al mundo". Estos tres y doña Emilia entre ellos, graciosa, menuda, con el aspecto de una hada ante el brillante servicio del té, se hallaban poseídos todos del mismo pensamiento dominante, tenían la misma conciencia de la tirantez de la situación, y alimentaba la misma perenne aspiración de conservar el inviolable carácter de la mina a toda costa. También solía verse allí al capitán Mitchell, un poco aparte, junto a, una de las largas ventanas, envuelto en cierto aire de viejo solterón acicalado a la antigua usanza; un poco aparatoso, con su chaleco blanco; un tanto desatendido, pero sin percatarse de ello; del todo a oscuras en muchos asuntos e imaginándose estar enterado a fondo. El buen hombre, que se había pasado treinta años largos de su vida navegando en alta mar, antes de obtener lo que él llamaba un "billete de playa", se asombraba de que en tierra firme pudiera haber otros negocios y sucesos de importancia que los relativos a embarque. De modo que todos los hechos que se salían del curso normal diario, para él "señalaban una época" o, por lo menos, constituían "historia". Cuando no encajaban en esas dos clasificaciones, el capitán Mitchell, luchando entre su habitual pomposidad y el desmayo, doblaba la rubicunda y hermosa faz, encuadrada por denso cabello blanquísimo y recortadas patillas, para musitar:

– Ah! Eso, señor, fue una equivocación.

La llegada de la primera consignación de la plata de Santo Tomé para ser embarcada con destino a San Francisco en uno de los vagones correos de la Compañía O.S.N., como era natural, "señaló una época" para el capitán Mitchell. Los lingotes empaquetados en cajas de cuero crudo de buey con dobles asideros trenzados, bastante pequeñas para ser transportadas con facilidad por dos hombres, fueron bajadas cuidadosamente por los serenos de la mina en parejas, en un trecho de media milla poco más o menos por senderos escarpados y tortuosos, hasta el pie de la montaña.

Allí eran cargadas en una ristra de carretones de dos ruedas, semejantes a cofres grandes con una portezuela en la parte posterior, y tirados cada uno por dos mulos, que aguardaban bajo de la custodia de serenos a caballo y armados.

Don Pepe cerraba con candado las portezuelas una tras otra, y a la señal dada por su silbato, la hilera de vehículos rompía la marcha, estrechamente rodeada del ruido de espuelas y carabinas, entre el sacudir y restallar de látigos, produciendo un sordo y repentino estrépito al cruzar el puente de madera que formaba el límite entre el territorio ocupado por la población minera y "el país de los ladrones y macacos sanguinarios" (según la expresión de don Pepe). La escolta avanzaba a los lados, apareciendo a la primera luz de la alborada sus figuras envueltas en ropas de abrigo, bajo de sombreros que oscilaban, con las carabinas a la cadera y las manos enjutas y morenas que empuñaban las bridas, asomando por entre los pliegues de los ponchos.

El convoy, después de contornear un bosquecillo, a lo largo de la ruta de la mina entre las chozas de barro y las casas enanas de Rincón, aceleraba el paso en el Camino real; los mozos arreaban los mulos; la escolta galopaba; don Carlos hacía lo propio, permaneciendo solo delante de la nube de polvo levantada por los carros, presentando el conjunto una vaga visión de largas orejas levantadas de flotantes banderitas verdes y blancas, clavadas en los arcones de la plata, de carabinas verticales entre una nube de sombreros, bajo de los que se divisaba blanco brillar de ojos; y detrás de toda aquella polvareda y estrépito, don Pepe, apenas visible, con semblante grave e indiferente, subiendo y bajando a compás sobre un caballo negro, cuelligacho, de belfos blancos y cabeza de martillo.

Los soñolientos moradores de los grupos de chozas en los pequeños ranchos inmediatos al camino, reconocían en el repentino estruendo el cargamento de plata de Santo Tomé, que pasaba escoltado en dirección a los desmoronados muros de la ciudad situada al lado del Campo. A veces salían a las puertas para verle rodar al galope por rutas y pedregales, entre un atronador traqueteo y chasquidos de fustas, con el ímpetu precipitado y dirección precisa de una batería de campaña al entrar en acción, llevando en la vanguardia a gran distancia la solitaria figura inglesa del señor administrador.

En las dehesas cercadas, contiguas al camino, los caballos que pastaban sueltos se lanzaban frenéticos a correr en tropas de docenas; el pesado ganado vacuno alzaba la cabeza sobre el alto hierbal que le llegaba al pecho y unía un sordo mugir al ruido de la veloz carretería; algún indio manso de una aldea echaba una mirada atrás y empujaba su cargado borriquillo contra una pared, sacándolo de la vía seguida por el convoy de Santo Tomé al encaminarse al mar; los mendigos acurrucados al pie del Caballo de Piedra, temblando con el frío de la madrugada, solían exclamar: "¡Caramba!" al verle describir una amplia curva y penetrar a todo correr por la desierta calle de la Constitución, porque los carreros de la mina de Santo Tomé creían que lo correcto y propio era cruzar la medio adormecida ciudad de un extremo a otro sin acortar la velocidad, como si los persiguiera un diablo.

Los primeros fulgores del sol reverberaban sobre las fachadas de delicado tinte amarillo verdoso, rosa y azul pálidos de las casonas, con todas las puertas cerradas aún, y sin rostro alguno tras las rejas de las ventanas.

En toda la hilera de balcones soleados y desiertos a lo largo de la calle, sólo podía verse una figura blanca a gran altura sobre el iluminado piso: era la esposa del señor administrador, con su abundante mata de cabello rubio, recogido al desgaire, y una guarnición de encaje alrededor del cuello de su bata de muselina, que se inclinaba para ver pasar el convoy en dirección al puerto. Contestaba con una sonrisa a la rápida y única mirada de su marido, contemplaba el veloz desfile de los carretones bajo de sus pies con ordenado fragor, y agitaba la mano correspondiendo al saludo de don Pepe, que al llegar frente a ella galopando se inclinaba con ceremoniosa deferencia quitándose el sombrero y abatiéndolo hasta debajo de la rodilla.

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