Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
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Encyclopædia Britannica
El papel desempeñado por Carlos Gould -preeminente detrás de bastidores en la tentativa encaminada a restablecer la paz y el crédito de la República- era muy claro. En principio tuvo que acomodarse a la corrupción dominante. El mismo descaro ingenuo e impudencia cínica con que era confesada, en vez de despertar su enojo, le movieron a no retroceder ante aquella fuerza irresponsable, que destruía todo lo que tocaba. No era odio lo que merecía, sino desprecio. Así, pues, no vaciló en valerse de la venalidad de los funcionarios públicos, pero lo hizo con el frío e impávido desdén que se traslucía, antes que se disimulaba, en las formas de rígida cortesía usadas al tratar con ellos. Esas formas encerraban una especie de protesta muda que le eximía ante su conciencia de la ignominia de la complicidad. Con todo, en el fondo padecía, porque su genio no se avenía a cobardes condescendencias. Pero rehusaba discutir con su esposa el lado moral de tal intervención. Confiaba en que, si bien algo desencantada, tendría bastante inteligencia para comprender que el carácter de su esposo, tanto o más que su política, constituía la salvaguardia de la empresa a que habían consagrado sus vidas. El extraordinario desenvolvimiento de la mina había puesto en manos de Carlos Gould un gran poder. Le era cada vez más molesto contemplar aquella prosperidad a merced de codicias insensatas. A la señora de Gould le parecía humillante. Como quiera que se mirara, era peligroso. En las comunicaciones confidenciales, cambiadas entre Carlos Gould -Rey de Sulaco- y el jefe de los grandes negocios de plata y acero, residente en California, fue arraigándose la convicción de que convenía apoyar discretamente toda tentativa regeneradora, dirigida por personas de instrucción e integridad. "Puede usted decir a su amigo Avellanos que pienso como él", había escrito míster Holroyd en el momento oportuno desde su inviolable santuario, recluido en el interior del alto edificio de once pisos, donde se fraguaban los negocios colosales. Poco después, el partido riverista de Costaguana, disponiendo de un crédito abierto por el Tercer Banco del Sur (situado en la segunda puerta desde la del Edificio Holroyd), tomó una forma práctica a los ojos del administrador de la mina de Santo Tomé. Y don José, el amigo hereditario de la familia Gould, pudo decir: "Tal vez, mi querido Carlos, no ha sido vana mi fe en la regeneración del país."
Capítulo II
Después de otra lucha armada, decidida por la victoria de Montero en Río Seco, y que se añadió a la historia ya larga de las guerras civiles, los "hombres honrados", como los llamaba don José, pudieron respirar libremente, por vez primera desde hacía medio siglo. El mandato de cinco años, conferido por la representación del país a don Vicente Rivera, llegó a ser la base de la regeneración, tan ardientemente deseada y esperada por Avellanos, siendo para él una especie de elíxir de juventud eterna.
Mas, cuando la situación fue puesta en peligro por el "bruto de Montero" repentinamente -aunque no de un modo inesperado-, la vehemente indignación de don José es la que pareció reanimarle a nueva vida. Ya en los días de la visita del presidente-dictador a Sulaco, Moraga había dado una nota de alarma, desde la capital de la República, sobre el ministro de Guerra. Montero y su hermano fueron objeto de una grave conferencia entre el jefe de Estado y el Néstor inspirador del partido. Pero don Vicente, doctor en filosofía de la Universidad de Córdoba, parecía sentir un respeto exagerado por los talantes militares, y su imaginación de intelectual veía en ellos algo misterioso que le impresionaba. El vencedor de Río Seco era un héroe popular. Sus servicios estaban tan recientes, que el presidente-dictador temblaba ante la obvia acusación de ingratitud política. Por otra parte se habían iniciado grandes negociaciones regeneradoras -el último empréstito, una nueva línea de ferrocarril, un vasto plan de colonización. Había que evitar a todo trance todo lo que pudiera sobresaltar la opinión pública en la capital. Don José concedía gran importancia a estos argumentos, y se esforzaba por sacudir de su cerebro la pesadilla del prestigioso soldadote, a quien su uniforme galoneado de oro, enorme sable y brillantes botas de montar no libraban de quedar reducido a una figura sin importancia -así lo esperaba el antiguo diplomático- en el nuevo orden de cosas. ¡Deplorable ilusión!
No habían pasado seis meses desde la visita del presidente a Sulaco, cuando se supo con estupefacción en ésta que había ocurrido una sublevación del ejército en nombre del honor nacional. El ministro de la Guerra, en una arenga de cuartel dirigida a los oficiales del regimiento de artillería con ocasión de una revista, había declarado que el honor nacional estaba vendido a los extranjeros. El dictador, por su debilidad en acceder a las demandas de las potencias europeas relativas a la liquidación de sus antiguos créditos, se había mostrado inepto para gobernar. Una carta de Moraga explicó después que la iniciativa y aun el texto mismo de la alocución incendiaria era en realidad obra del otro Montero, el exguerrillero, el comandante de la plaza. El enérgico tratamiento del doctor Monygham, llamado a toda prisa "de la montaña", y que vino galopando de noche en un trayecto de tres leguas, salvó a don José de un peligroso ataque de ictericia.
Después de salir del accidente, don José no quiso permanecer en cama. Realmente, las primeras noticias fueron seguidas de otras mejores. La revolución se hallaba vencida en la capital después de una noche de pelea en las calles. Por desgracia ambos Montero habían logrado escapar al sur, encaminándose a la provincia de Entre-Montes, de donde eran naturales. El héroe de la marcha a través de los bosques, el vencedor del Río Seco, fue recibido con frenéticas aclamaciones en Nicoya, capital de la provincia. Las tropas de la guarnición se le habían unido en masa. Los dos hermanos trabajaban en organizar un ejército, recogiendo a los descontentos, enviando emisarios bien provistos de patrióticas mentiras para el pueblo y de promesas de saqueo para los llaneros salvajes. Hasta se fundó una prensa monterista, que en tono de oráculo hablaba de las secretas promesas de apoyo dadas por "nuestra gran hermana, la República del Norte", contra los siniestros designios de adueñarse del país, alimentados por las potencias de Europa, execrando en todos los números al "miserable Rivera", que había trabajado en secreto para entregar a su patria, atada de pies y manos, a la codicia de especuladores extranjeros.
Sulaco, provincia pastoril y adormecida, con su opulento Campo y la rica mina de plata, oía sólo a intervalos el estrépito de armas en su afortunado aislamiento. Sin embargo de eso, acudió a la línea de combate enviando hombres y dinero en defensa del gobierno; pero aun los rumores de la lucha llegaban a ella dando grandes rodeos -del extranjero a veces: tan separada estaba del resto de la República, no sólo por obstáculos naturales, sino por las vicisitudes de la guerra. Los monteristas tenían puesto sitio a Cayta, importante punto de escala postal. Los correos del interior dejaron de llegar salvando las montañas; y al fin no hubo mulatero que se arriesgara a hacer el viaje; el mismo Bonifacio no regresó de Santa Marta, adonde había sido enviado, o porque no se atrevió a salir de la ciudad o tal vez por haber caído prisionero de las partidas enemigas que recorrían la Cordillera y la capital. Sin embargo de eso, las publicaciones monteristas penetraban en la provincia de un modo bastante misterioso, así como emisarios de la rebelión que predicaban muerte a los aristócratas en las aldeas y ciudades del Campo. Muy luego, al principio de los disturbios, Hernández el bandido había ofrecido (por mediación de un anciano cura de aldea en la región no civilizada aún) entregar a dos de aquellos agentes a las autoridades riveristas de Tonoro. Se le habían presentado prometiéndole perdón absoluto y el grado de coronel de parte del general Montero, si se unía al ejército sublevado con su cuadrilla montada. Cuando se recibió el ofrecimiento de Hernández no se le dio importancia. El documento llegó acompañando, en prueba de buena fe, a una solicitud en la que su autor pedía a la Diputación de Sulaco permiso para incorporarse con toda su partida a las fuerzas que a la sazón se organizaban en Sulaco para defender el mandato de cinco años otorgado al presidente. Esa petición, como todas las demás, fue a parar a manos de don José. Habíale mostrado a la señora de Gould aquellas hojas de papel basto (robado probablemente en alguna tienda de aldea), llenas de la escritura garabateada y tortuosa del viejo Padre, a quien habían secuestrado de su choza inmediata a la iglesia de barro para servir de secretario al temido salteador. El señor Avellanos y su amiga se habían inclinado a la luz de la lámpara de la sala para leer el documento que contenía el feroz y a la vez suplicante ruego del peticionario, clamando contra la ciega y estúpida barbarie que había convertido a un ranchero honrado en bandido. Una postdata del sacerdote afirmaba que, fuera de haberle privado de libertad por diez días, le habían tratado con humanidad y con el respeto debido a su sagrado carácter. Según parece, confesó y absolvió al jefe y a casi todos los de la cuadrilla, en vista de la sinceridad y buena disposición que habían mostrado, aunque imponiendo graves penitencias. Pero advertía con razón que difícilmente los confesados harían paces duraderas con Dios, mientras no las hicieran con los hombres.