El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 978-84-7002-356-9
- Переводчик: Cesar Terron
- Жанр: Фэнтези
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Se esforzó en simular que todo iba bien. Cogió los bastones una vez más, pero en esta ocasión Sleet se acercó y le agarró suavemente ambas muñecas.
—Ahora no —dijo—. Dame los bastones.
—Quiero practicar.
—El malabarismo no es un método curativo. Estás trastornado por algo, y eso destroza tu ritmo. Si continúas así podrías perjudicar tu ritmo de tal modo que te costaría semanas reponerte.
Valentine intentó soltarse, pero Sleet le agarró con sorprendente fuerza. Carabella, impasible, siguió practicando a poca distancia. Valentine cedió al cabo de unos instantes. Se encogió de hombros, entregó los bastones a Sleet, éste los recogió y los llevó al vagón. Zalzan Kavol salió poco después. El skandar rascó su pelaje con complicados gestos, utilizando varias manos, como si buscara pulgas.
—¡Todo el mundo adentro! —vociferó—. ¡Nos vamos!
14
La carretera de Dulorn, la ciudad de los gayrogs, condujo a los malabaristas hacia el este, a través de una exuberante y plácida región agrícola, verde y fértil bajo la mirada del sol estival. Igual que gran parte de Majipur, se trataba de un territorio densamente poblado, pero una inteligente planificación había creado amplias zonas agrícolas que lindaban con laboriosos pueblos de alargada forma, y la jornada de viaje fue transcurriendo monótonamente: una hora de granjas, una hora de pueblos, una hora de granjas, una hora de pueblos… Allí, en la Fractura de Dulorn, la vasta tierra baja que se extendía al este de Falkynkip, el clima era particularmente apropiado para el cultivo, ya que la Fractura estaba expuesta en su extremo septentrional a los temporales polares, que bañaban sin cesar el templado polo norte de Majipur, mientras que el calor subtropical quedaba moderado por suaves precipitaciones siempre predecibles. La temporada de cultivo duraba todo el año. Los malabaristas llegaron a Dulorn durante la época de cosecha de la estacha, un tubérculo dulce y de color amarillo que servía para hacer pan, y de siembra de frutos tales como nikas y gleinds.
La belleza del paisaje iluminó el sombrío panorama de Valentine. Tras sucesivas fases, sin más esfuerzo, dejó de pensar en cosas que no admitían raciocinio, y se dejó dominar por el deleite de la interminable procesión de maravillas que era su planeta, Majipur. Los negros y finos troncos de los nikos, árboles plantados en rígidas y complejas figuras geométricas, danzaban en el horizonte. Grupos de granjeros yorts y humanos con atavíos campesinos avanzaban como ejércitos invasores a través de los campos de estacha mientras recogían los gruesos tubérculos. El vagón se deslizó serenamente en una región de lagos y arroyos, y más tarde llegó a otra zona en que curiosos bloques de granito blanco sobresalían igual que dientes de las lisas y herbosas llanuras.
Al mediodía los malabaristas se adentraron en un lugar cuya belleza era particularmente extraña, una de las numerosas reservas forestales. En la entrada, un letrero que irradiaba verde luminosidad anunciaba:
En este lugar se encuentra una notable zona virgen de árboles globo de Dulorn. Estos árboles producen gases más ligeros que el aire que mantienen hinchadas las ramas superiores. Al aproximarse a la madurez, los troncos y las raíces se atrofian, y los árboles alcanzan un estado epifito, dependiendo casi totalmente de la atmósfera para nutrirse. Ciertos ejemplares extremadamente viejos rompen su contacto con el suelo y el aire los arrastra hasta que encuentran una nueva colonia a gran distancia. Hay árboles globo en Zimroel y Alhanroel, aunque en épocas recientes escasean. Esta arboleda fue reservada para el pueblo de Majipur por decreto oficial del 12° Pont. Confalume y de la Cor. lord Prestimion.
Durante algunos minutos los malabaristas siguieron el sendero del bosque en silencio, sin ver nada anormal. Después Carabella, que iba delante, cruzó una espesura de densos arbustos negroazulados y lanzó un grito de sorpresa.
Valentine corrió junto a ella. La mujer estaba asombrada en medio de las maravillas.
Había árboles globo por todas partes, en todas la fases de crecimiento. Los jóvenes, no más altos que Deliamber o Carabella, eran curiosos arbustos de aspecto poco airoso provistos de ramas gruesas y abultadas que brotaban de corpulentos troncos formando caprichosos ángulos. Pero en árboles de cuatro o cinco metros de altura, los troncos eran más delgados y las ramas habían empezado a inflarse, de tal modo que los hinchados vástagos parecían sobrecargados y precarios. Los troncos de árboles aún más viejos se habían resecado hasta quedar reducidos a escamosas cuerdas que ataban al suelo las abultadas copas. Los «globos» flotaban en lo alto y se agitaban incluso con la brisa más suave, sin hojas, túrgidos. El color plateado de las ramas jóvenes se convertía, en la madurez, en un destello translúcido, de forma que los árboles parecían maquetas de vidrio de ellos mismos, relucientes bajo los haces de luz solar entre los que danzaban y oscilaban. Incluso Zalzan Kavol quedó sorprendido por la singularidad y la belleza de los árboles. El skandar se acercó a uno de los ejemplares más altos, cuya destellante copa flotaba muy por encima de su cabeza, y con sumo cuidado, casi de un modo reverente, rodeó con los dedos el rígido y fino tallo. Valentine pensó que Zalzan Kavol pretendía partir el tronco y dejar que el árbol globo se alejara en el aire igual que una fulgurante cometa, pero no fue así: el skandar se limitó a comprobar la delgadez del tallo, y al cabo de un momento retrocedió sin dejar de murmurar.
Estuvieron mucho rato errando entre los árboles globo, examinando los jóvenes, observando las etapas de crecimiento, el gradual estrechamiento de los troncos y la creciente hinchazón de las ramas. Los árboles carecían de hojas y no se veía flor alguna. Resultaba difícil creer que eran creaciones vegetales, dada su vítrea apariencia. Era un lugar mágico. A Valentine le pareció misterioso su sombrío estado de ánimo anterior. En un planeta donde abundaba ese tipo de belleza, ¿cómo era posible que una persona sintiera la necesidad de cavilar o de irritarse?
—¡Atento! —gritó Carabella—. ¡Cógelas!
La joven había calibrado el cambio de talante de Valentine y había ido al vagón a recoger las bolas de malabarismo. Lanzó tres pelotas, y Valentine no tuvo dificultad para iniciar la cascada básica, igual que Carabella, en un claro rodeado por deslumbrantes árboles globos.
Carabella se había situado delante de Valentine, a un par de metros de distancia. Ambos practicaron independientemente durante tres o cuatro minutos, hasta que lograron simetría en sus gestos y siguieron idénticos ritmos. Siguieron ejercitándose, como si delante hubiera un espejo y no otra persona, mientras Valentine sentía que una profunda calma se asentaba en su ser y aumentaba con cada ciclo de lanzamientos: estaba equilibrado, centrado, a punto. Los árboles globo, que se agitaban suavemente bajo el viento, le bañaban con fulgores de luz reflejada. El mundo estaba silencioso y sereno.
—Cuando te avise —dijo tranquilamente Carabella—, lanza la bola de tu mano derecha hacia mi mano izquierda, exactamente a la altura que la lanzarías si tuvieras que recogerla tú mismo. Uno… dos… tres… cuatro… cinco… ¡ahora!
Al oír el ahora, Valentine lanzó una pelota en un arco firme y recto, y Carabella le pasó otra. Aunque a duras penas, Valentine consiguió recogerla e introducirla en la secuencia. Continuó el ejercicio, contando para saber cuándo debía pasar otra bola. Un, dos, un, dos, pasar…