El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 978-84-7002-356-9
- Переводчик: Cesar Terron
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]». Краткое содержание книги:
Al principio fue difícil, el ejercicio más difícil que había practicado Valentine hasta entonces. Pero podía hacerlo, estaba haciéndolo sin equivocarse, y después de los primeros pases logró superar la torpeza inicial y realizó los intercambios con Carabella como si tuviera meses de práctica. Sabía que se trataba de una hazaña extraordinaria, que nadie podía dominar ejercicios tan complejos al primer intento. Pero igual que anteriormente, Valentine avanzó con rapidez hacia el núcleo de la experiencia, se situó en una región donde no existía nada aparte del tacto, la vista y las bolas en movimiento, y los fallos no sólo fueron imposibles sino además inconcebibles.
—¡Atento! —gritó Sleet—. ¡Ahora atento a mí!
También él estaba practicando. Valentine sufrió un momentáneo desconcierto ante la multiplicación de la tarea, pero se obligó a continuar de un modo automático: lanzar cuando parecía apropiado hacerlo, recoger lo que llegara hasta él y mantener en movimiento entre sus manos las bolas restantes. Cuando Sleet y Carabella iniciaron el intercambio de bolas, Valentine logró mantener el ritmo, recogiendo pelotas tiradas por Sleet en lugar de Carabella.
—Un… dos… un… dos… —dijo Sleet mientras se situaba entre Valentine y Carabella para convertirse en director del ejercicio.
Sleet fue lanzando pelotas, primero a Valentine, luego a Carabella, siguiendo un ritmo que permaneció extremadamente constante durante largo rato. Después lo aceleró de un modo cómico hasta un punto que superaba las posibilidades de Valentine. De pronto el aire se llenó de bolas, o así lo parecía. Valentine quiso cogerlas todas, las perdió, y se dejó caer, sonriente en el cálido y flexible césped.
—De manera que tu talento tiene límites, ¿eh? —dijo jovialmente Sleet—. ¡Excelente! ¡Excelente! ¡Empezaba a creer que no eres mortal!
Valentine contuvo la risa.
—Muy mortal, me temo.
—¡A comer! —gritó Deliamber.
El mago estaba delante de un puchero de guisado colgado de un trípode sobre un globo incandescente. Los skandars, que habían estado practicando por su cuenta en otra parte de la arboleda, aparecieron de improviso como si alguien los hubiera invocado, y se sirvieron con torpe ansiedad. También Vinorkis se dio prisa para llenar su plato. Valentine y Carabella fueron los últimos, aunque poco les importó. Aquél iba empapado en el agradable sudor de un esfuerzo hecho a gusto, su sangre bullía, sentía hormigueo en la piel, y su larga noche de inquietantes sueños parecía muy distante, algo que había olvidado en Falkynkip.
El vagón avanzó hacia el este durante toda la tarde. El paisaje fue tomando un cariz definitivamente gayrog, habitado casi de un modo exclusivo por esa raza de lustrosa piel, con apariencia de reptil. Al anochecer la compañía se encontraba todavía a medio día de viaje de la capital de la provincia, Dulorn, donde Zalzan Kavol había obtenido cierto contrato teatral. Deliamber anunció que había una posada campestre a poca distancia, y siguieron avanzando hasta encontrarla.
—Comparte mi cama —dijo Carabella a Valentine.
En el pasillo que conducía a su habitación encontraron a Deliamber, que se detuvo un momento y les tocó las manos con las puntas de sus tentáculos.
—Que sueñen bien —murmuró.
—Que sueñe bien —repitió automáticamente Carabella.
Pero Valentine no ofreció la habitual respuesta, porque el contacto con la carne del mago vroon había hecho que el dragón se agitara de nuevo en su alma. Perdió el sosiego y la alegría, volvió a sentirse igual que antes del milagro de la arboleda de globos. Era como si Deliamber se hubiera declarado enemigo de la tranquilidad de Valentine, pues suscitaba en él temores y recelos contra los que carecía de defensa.
—Ven —murmuró bruscamente Valentine dirigiéndose a Carabella.
—Mucha prisa tienes, ¿eh? —Carabella se echó a reír con un tono agudo y tintineante, pero la risa desapareció al instante, en cuanto la joven vio la expresión de Valentine—. Valentine, ¿qué pasa? ¿Qué te preocupa?
—Nada.
—¿Nada?
—¿No puedo tener mal humor de vez en cuando, como cualquier otro ser humano?
—Cuando tu cara cambia de esa forma, es como una sombra que pasa por delante del sol. Y tan de repente…
—Deliamber tiene algo que me molesta, que me alarma —dijo Valentine—. Cuando me ha tocado…
—Deliamber es inofensivo. Malicioso, como todos los magos, en particular los vroones, y en especial los menudos. Todos los seres pequeños tienen una oscura malicia. Pero no tienes nada que temer de Deliamber.
—¿En serio? —Valentine cerró la puerta, y encontró a Carabella en sus brazos.
—En serio —dijo ella—. No tienes nada que temer de nadie, Valentine. Todos los que te conocen te quieren. En este mundo no hay nadie que quiera herirte.
—Es muy bonito creerlo.
Carabella le arrastró a la cama. Se abrazaron, los labios de Valentine besaron con suavidad los de la joven, después con más fuerza, y los dos cuerpos no tardaron en entrelazarse. Valentine no había copulado con ella desde hacía más de una semana, y había esperado ese momento con intensa ansia y deleite. Pero el incidente del pasillo le había despojado de deseo, le había dejado entumecido y aislado, y eso le producía desconcierto y depresión. Carabella debía percibir su frialdad, pero era obvio que prefería desconocerla, porque su menudo y vigoroso cuerpo buscó el de Valentine con fervor y pasión. Valentine se esforzó en responder, y no tuvo que esforzarse mucho tiempo, porque casi igualó el entusiasmo de Carabella. No obstante, siguió estando alejado de sus propias sensaciones, como mero espectador del acto amoroso. Terminaron pronto, y la luz se apagó, aunque el claro de luna que entraba por la ventana iluminaba sus caras con una luz fría e irregular.
—Que sueñes bien —murmuró Carabella.
—Que sueñes bien —replicó él.
Carabella se durmió casi al instante. Valentine siguió abrazado a ella, con el cálido y esbelto cuerpo apretado al suyo, no sintiendo ganas de dormir. Al cabo de un rato se apartó y adoptó su posición favorita para dormir: boca arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho. Pero no consiguió nada, sólo dormitar de un modo caprichoso y sin soñar. Se entretuvo contando blaves, imaginando que hacía excelentes ejercicios de malabarismo en compañía de Sleet y Carabella, intentando relajar todo su cuerpo, músculo por músculo… Nada dio resultado. Totalmente desvelado, se puso de costado, apoyado en un brazo, y contempló a Carabella, encantadora a la luz de la luna.
Ella, estaba soñando. Un músculo fluctuaba en su mejilla. Los ojos se movían bajo los párpados. Los pechos subían y bajaban con irregular ritmo. La joven se llevó los nudillos a los labios, murmuró algo con una voz confusa e incomprensible, apretó las rodillas contra su pecho. El delgado cuerpo desnudo era tan bello que Valentine sintió el deseo de tocarlo, de acariciar los fríos muslos, de besar con suavidad los pequeños y rígidos pezones… Pero no, interrumpir los sueños de una persona era una descortesía, un imperdonable quebrantamiento de las reglas de urbanidad. Se contentó con contemplar a Carabella, amarla de lejos, saborear el reanimado deseo que experimentaba…
Carabella prorrumpió en gritos de terror.
Abrió los ojos, pero sin mirar… Era la señal de un envío. Un temblor recorrió su cuerpo como un escarceo del agua. Carabella se estremeció y se volvió hacia Valentine, todavía dormida, todavía en sueños, y él la abrazó mientras sollozaba y gemía, le ofreció la ayuda y el consuelo que se ofrece a los que sueñan, la protegió de las tinieblas del espíritu con la fuerza de sus brazos. Finalmente la furia del sueño siguió su curso y Carabella se tranquilizó, quedó relajada y empapada de sudor, apoyada en el pecho de Valentine.
La joven permaneció inmóvil unos instantes, hasta que Valentine pensó que dormía pacíficamente. No. Ella estaba despierta, aunque quieta, como si contemplara su sueño, enfrentada a él en un desesperado intento por arrastrarlo hasta los dominios del estado de vigilia. De repente se incorporó, abrió la boca y la cubrió con sus manos. Tenía los ojos muy abiertos, vidriosos.