La Alcoba De La Reina
- Автор: Бенцони Жюльетта
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
—Eso me complace. Necesitaba a alguien como vos: no estaremos de sobra ninguna de las dos para servir a la reina y ayudarla en los momentos difíciles que atraviesa.
—¿Nosotras dos? Pero las demás doncellas de honor...
—No valen gran cosa a excepción de La Fayette, que es lo bastante valerosa para oponerse abiertamente al cardenal. Las demás, sobre todo la Chémerault, están a sueldo de él o son demasiado bobas para tener siquiera una opinión. También está Suzanne de Pons, pero tiene su pensamiento puesto en la Lorena y sólo sueña con casarse con el duque de Guisa, del que es amante...
Al dejar a Sylvie, Marie de Hautefort no estaba lejos de dar gracias al cielo por haberle enviado una ayuda, por pequeña que fuera, fiable sin asomo de duda. Que fuera la pupila de Madame de Vendôme era en sí mismo una garantía, y que además estuviera enamorada de Beaufort era una buena noticia inesperada. Había siempre tanto correo secreto por distribuir, que La Porte y ella misma no daban abasto. Sí, la pequeña de L'Isle sería bien recibida. ¡Sin contar con que era encantadora y, sobre todo, transparente!
Por su parte, Sylvie se puso a ayudar a Jeannette a ordenar su ropa y a examinar con más calma el pequeño aposento, compuesto por un dormitorio no demasiado grande y otro reducido en el que se instalaría la sirvienta. Su conversación con la Aurora la había reconfortado, porque se había sentido un poco perdida cuando Madame de Vendôme se despidió. El antiguo Louvre, solemne, a la vez lujoso y gélido, le había hecho añorar primero el amplio hôtel del faubourg Saint-Honoré, construido en la época de Carlos IX pero restaurado según los gustos del momento y que formaba parte de la dote de Madame de Vendôme cuando se casó con César. La vida allí no era muy alegre porque, desde hacía diez años, el duque César no obtenía el permiso para volver a pisar París, y se escuchaban más oraciones y cánticos religiosos que arietas de concierto. La atmósfera de piedad extremada se acentuaba también por la vecindad inmediata del austero convento de las Capuchinas, construido hacia 1620 por la duquesa de Mercoeur con los fondos legados por su cuñada la reina Louise de Vaudémont-Lorraine, viuda de Enrique III. Un convento que tenía buena parte de culpa de la repugnancia que Sylvie sentía hacia esa clase de instituciones, porque era sin duda el más severo de Francia y Navarra: las monjas iban descalzas tanto en verano como en invierno, no probaban carne ni pescado, hacían penitencia a lo largo de todo el año, y se decía que las primeras que ingresaron para su inauguración llegaron en procesión, coronadas de espinas.
Las estrechas relaciones entre el convento y el hôtel de Vendôme no contribuían a aclarar la atmósfera, pero para Sylvie aquélla era de todos modos «la casa», el lugar donde vivían las tres mujeres que más amaba en el mundo: la querida Elisabeth, un poco seria pero tan buena, la duquesa y la excelente Madame de Bure. Sin contar a Jeannette, que ahora tendría que representar en solitario a todo aquel mundo.
Mademoiselle de l'Isle debía a su juventud y al hecho de casi pertenecer a una familia principesca el favor de tener a su lado a su propia camarera.
—¡Ahora me he convertido en «carabina»! —decía ésta riendo, y en absoluto asustada por la idea de vivir en adelante en el castillo real.
A sus veinticuatro años, Jeannette era una muchacha alta y robusta, de rostro amable y con frecuencia risueño. No había perdido su prodigiosa memoria, con la que hasta cierto punto contaban los Vendôme para recoger los rumores de pasillo, los chismes de palacio cuyo conocimiento podía resultar de gran utilidad. Una circunstancia que Jeannette ignoraba. Su deber, hoy como ayer, era velar por la salud física y moral de Mademoiselle de l'Isle y, en medio de las tentaciones de las residencias reales, guardar pura y sin tacha la fidelidad que había jurado a Corentin Bellec. Por el momento, vestida con un hermoso vestido de Usseau gris oscuro, con manguitos, cuello y cofia de fino hilo blanco ribeteado por una estrecha orla de encaje, Jeannette se disponía a desempeñar un digno papel entre la muchedumbre de sirvientes del Louvre.
Al día siguiente de su llegada, Sylvie vio a François.
Como la víspera, Ana de Austria dirigía la tertulia en la gran sala y el tiempo seguía siendo igual de malo, pero, como el rey había regresado a sus aposentos, las damas eran más numerosas que el día anterior, y varios gentilhombres las acompañaban.
El gran tema de conversación era Le Cid, que muchos habían visto ya y ponían por las nubes.
—Es una maravilla incomparable —proclamó Madame de Guéménée que, a despecho de sus cuarenta y cinco años, vivía una intensa vida amorosa—. Nunca se ha llevado a los escenarios tanta nobleza de sentimientos. Yo creí morir cien veces de ternura y admiración.
—Madame de Rambouillet asistió ayer con su hija y todo su séquito —dijo el anciano duque de Bellegarde, a sus setenta y cinco años todavía enamorado de la reina—, y hoy, en la cámara azul de Arthénice,[16] todo son alabanzas al Cid.
—¡Con la excepción del señor de Scudéry! —interrumpió la princesa de Conti—. Encuentra la obra mal construida, mal escrita e irregular. Ayer, a la salida del teatro del Marais, aseguraba que iba a comunicar a la Academia sus observaciones, para sorpresa e indignación de Madame de Rambouillet. Ella le acusó de no haber entendido nada, y dijo que jamás le habría creído privado de gusto hasta ese punto. El pobre hombre casi se echó a llorar, tanto más por cuanto su hermana, Mademoiselle de Scudéry, se puso de parte de la marquesa; pero se mantuvo firme. Para él, la pieza no vale nada.
Madame de Guéménée se echó a reír.
—¡Qué gracioso! El pobre Scudéry, aparte de que sus obras nunca alcanzarán un éxito parecido, teme sobre todo los nubarrones que ve amontonarse del lado del Palais-Cardinal. A Su Eminencia, que también escribe, no debe gustarle lo más mínimo el triunfo de un autor al que ha hecho el honor de invitarle a colaborar, en sus propias obras.
—¡Oh, madame! —protestó Madame de Combalet, una bonita viuda que era sobrina de Richelieu y, de creer las habladurías, también algo más—. Su Eminencia posee demasiado buen juicio y respeto por las bellas letras para no inclinarse ante un talento tan grande, confirmado además por la voz pública. Al teatro del Marais acuden tanto la nobleza como la burguesía y el pueblo, y todos salen entusiasmados.
—Bien se ve, señora, que lo estimáis mucho. El afecto es ciego ante determinadas debilidades... y todos los grandes hombres las tienen.
La reina intervino:
—¡Señoras, señoras! No dejéis que la pasión os arrastre hasta ese punto. Yo, por mi parte, tengo las mejores razones para creer a Madame de Combalet. Fue el propio cardenal quien advirtió al rey, cuando éste se encontraba en Saint-Germain, del valor de esa obra, y le aconsejó que hiciera venir aquí a los comediantes para representarla en palacio. Eso prueba sin la menor duda su entusiasmo —dijo con tono cansado.
—O bien su inteligencia —insistió Madame de Guéménée—. Es difícil ir contra la corriente de todo París. Por más que podría alegar que una obra que glorifica a un héroe español es inadecuada cuando estamos en guerra incesante con España...
—Mi tío no mezcla jamás las artes con la política. Además, ¿no está desde hace algún tiempo España de moda? Capas, peinados, sombreros, romances, pavanas y otros bailes. Nos gusta inspirarnos en España, y es normal puesto que se trata del país de nuestra reina bienamada —concluyó Madame de Combalet con una reverencia que Ana de Austria no dio muestras de agradecerle, como tampoco sus elogios.
La soberana hizo un levísimo encogimiento de hombros y llamó a Sylvie a su lado haciéndole seña con la mano.
[16] Anagrama de Catherine, nombre de la marquesa de Rambouillet, reconocida como la reina de las «preciosas».