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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– ¿Aplaude usted la victoria del Parlamento?

– No puedo aplaudirla -contestó D’Anton secamente-. Me limito a expresar mi opinión. Personalmente, creo que es conveniente que el Rey convoque a los Estados Generales, pero me temo que algunos nobles que propugnan esa medida pretenden utilizar a los Estados para reducir el poder del Rey y aumentar el suyo propio.

– Creo que tiene razón -dijo Hérault.

– Usted debe de saberlo.

– ¿Por qué lo dice?

– Porque forma usted parte del círculo de la Reina.

– No se haga el demócrata conmigo, D’Anton. Sospecho que tenemos más cosas en común de las que imagina. No niego que Su Majestad me permite ganarle de vez en cuando a las cartas. Pero la Corte está llena de hombres de buena fe, más que en el Parlamento.

A las primeras de cambio te suelta un discurso, pensó D’Anton. Pero es profesionalmente encantador. Profesionalmente brillante.

– ¿Buena fe? -terció Camille-. Sólo les preocupa que sus familias reciban una generosa pensión. He oído decir que los Polignac obtienen 70.000 libras al año. ¿No es usted un Polignac? Me asombra que se contente con ser juez. ¿Por qué no compra todo el sistema judicial?

Hérault de Séchelles era un experto en obras de arte, un coleccionista. Era capaz de recorrer toda Europa para adquirir una valiosa talla, un reloj, una primera edición. Miró a Camille como si se hubiera desplazado desde muy lejos para examinarlo y hubiera descubierto que se trataba de un fraude. Luego se giró hacia D’Anton y dijo:

– Lo que me asombra es esa peregrina idea, muy difundida entre las gentes ignorantes, de que el Parlamento se opone al Rey en interés del pueblo. El Rey desea imponer un sistema tributario justo…

– Eso me tiene sin cuidado -dijo Camille-. Me gusta observar cómo se pelean entre sí. Cuanto más se peleen, antes caerá el sistema y se instaurará una república. Si tomo partido de vez en cuando es para exacerbar los ánimos.

– Tiene usted unas opiniones un tanto excéntricas -observó Hérault-. Por no decir peligrosas. -Durante unos instantes pareció sentirse cansado, confundido-. En cualquier caso, la situación tiene que cambiar. De lo cual me alegro sinceramente.

– ¿Acaso se aburre? -le preguntó D’Anton. Era una pregunta muy directa, que había soltado de forma impulsiva, lo cual no era habitual en él.

– Supongo que sí -respondió Hérault-. Aunque debería decir que espero que se produzcan unos cambios por el bien de Francia, no para aliviar mi aburrimiento.

Era muy curioso. Al cabo de unos minutos el curso de la conversación había cambiado por completo. Hérault había adoptado un aire confidencial, abandonando sus aires de orador. Hablaba con ellos como si los conociera de toda la vida. Hasta Camille lo miraba con cierta simpatía.

– Qué duro debe de ser soportar la carga de tanto título y dinero -dijo Camille-. Hace usted que a maître D’Anton y a mí se nos llenen los ojos de lágrimas.

– Lo que demuestra que son hombres de una gran sensibilidad -contestó Hérault-. Tengo que ir a Versalles, me han invitado a cenar. Hasta pronto, D’Anton. He oído decir que se ha casado. Salude a su esposa de mi parte.

D’Anton lo observó mientras se alejaba con expresión pensativa.

Solían acudir con frecuencia al Café du Foy, en el Palais-Royal. Poseía una atmósfera diferente, menos decorosa que el café del señor Charpentier, y la clientela también era distinta. Por otra parte, ofrecía la ventaja de que era improbable que se toparan con Claude.

Al llegar vieron a un hombre subido en una silla, recitando unos versos. Agitaba vigorosamente el papel que sostenía en la mano y se agarraba el pecho con la sinceridad de un actor. D’Anton lo observó con curiosidad durante unos instantes.

– Te están vigilando -murmuró Camille-. Los de la Corte. Para comprobar si puedes serles útil. Luego te ofrecerán un pequeño cargo. Te convertirán en un funcionario. Si aceptas su dinero, acabarás como Claude.

– Para ser sinceros, a Claude no le han ido tan mal las cosas -respondió D’Anton-. Hasta que apareciste en su vida.

– ¿Y te conformas con eso?

– No lo sé. -Georges-Jacques se giró hacia el actor para rehuir la mirada de Camille-. Qué curioso, juraría…

Al terminar, el hombre los miró fijamente y exclamó:

– ¡D’Anton!

Acto seguido saltó de la silla, se dirigió hacia ellos y entregó a D’Anton unas entradas para el teatro.

– Te las regalo -dijo-. ¿Cómo estás? Apuesto a que no sabes quién soy. ¡Cómo has crecido!

– ¿El ganador de premios?

– El mismo. Fabre d’Églantine, tu humilde servidor. ¡Vaya, vaya! -dijo, golpeando a D’Anton en el hombro-. Ya veo que has seguido mi consejo. Eres abogado. O has prosperado, o vives por encima de tus posibilidades, o le estás haciendo chantaje a tu sastre. Tienes aspecto de haberte casado.

– ¿Algo más? -preguntó D’Anton sonriendo.

Fabre le palpó la barriga y contestó:

– Te estás engordando.

– ¿Dónde te has metido? ¿Qué has hecho?

– Trabajo en una nueva compañía teatral. La temporada pasada tuvimos mucho éxito.

– No sabía que estuvieras en París. Voy con mucha frecuencia al teatro.

– No, no he trabajado en París. Hemos estado en Nîmes, donde tuvimos un éxito moderado. He abandonado mis actividades como diseñador paisajista. He escrito varias obras y he viajado por el país. También he escrito unas canciones. -Fabre se detuvo y empezó a silbar una tonada mientras los clientes del local lo observaban asombrados-. Todo el mundo conoce esta canción. La he escrito yo. He compuesto muchas canciones, pero no me ha servido de nada. De todos modos, he conseguido venir a París. Me gusta venir a este café y recitar las poesías que escribo. Los clientes me escuchan amablemente y luego me dan su opinión, aunque no se la pida. Las entradas son para Augusta. Actuamos en Les Italiens. Es una tragedia. Los críticos me han desollado vivo.

– He visto Hombres de letras -dijo Camille-. Es una obra suya, ¿no es cierto?

Fabre se giró, sacó un impertinente del bolsillo y examinó a Camille.

– Más vale no hablar sobre Hombres de letras. El público la acogió con abucheos.

– Supongo que es normal cuando uno escribe una obra contra los críticos. Los estrenos de las obras de Voltaire solían acabar como el rosario de la aurora.

– Cierto -respondió Fabre-. Pero a Voltaire no le preocupaba el dinero.

– Conozco su obra -insistió Camille-. Se dedica a escribir sátiras. Si quiere tener éxito, le aconsejo que sea más benevolente con los personajes de la Corte.

Fabre se sentía inmensamente halagado de que Camille le dijera que conocía su obra. Se pasó la mano por el pelo y contestó:

– ¿Usted cree? Reconozco que me gusta ganar dinero y vivir bien. Pero no estoy dispuesto a hacer concesiones.

D’Anton los condujo a una mesa que había quedado libre.

– ¿Cuánto hace? -le preguntó Fabre cuando se sentaron-. ¿Diez años? ¿Más? Ha pasado mucho tiempo.

– Todos acabamos encontrándonos de nuevo -dijo Camille-. La semana pasada vi a Brissot-. D’Anton no le preguntó quién era Brissot. Camille tenía muchos amigos poco recomendables-. Y hoy me he topado con Hérault. Siempre he odiado a Hérault, pero ahora siento una cierta simpatía por él. Aunque no me lo explico.

– Hérault es un juez parlamentario -explicó D’Anton a Fabre-. Proviene de una familia muy antigua e inmensamente rica. Sólo tiene treinta años, un aspecto impecable, es culto, y despierta la admiración de las damas de la Corte…

– Qué asco -dijo Fabre.

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