Электронная книга - «Piedra por piedra». Краткое содержание книги:
Éste es el comienzo de una larga serie de desesperados intentos por parte de Rajel para que se haga justicia. Como en otras novelas de Batya Gur que no pertenecen a la serie policiaca de Michael Ohayon, por la que es conocida en España, se ponen al descubierto las contradicciones y el lado oscuro de la sociedad israelí.
– Ése no es mi estilo. A mí no me sale con naturalidad y tú, además, has perdido todo decoro -se oyó decir a sí mismo de repente.
– ¿Lo ves? No me negarás -dijo ella en un tono frío y se- reno- que no es verdad que lo que te vuelve a preocupar es el decoro, el «qué dirán» y el «te estás metiendo en un lío». ¿Pero es que no ves que cuentan con que nos portemos bien? ¿Que todo el país ha sido construido sobre ese presupuesto? -ahora elevó la voz, que se había llenado de energía-. ¿No te das cuenta de que la moderación de las personas como nosotros, el silencio con el que están acostumbrados a que lo aceptemos todo, no hace más que ayudarlos a salir del paso cada vez que sucede una desgracia?
– No -dijo Yánkele-, puede que yo no sepa expresarme tan bien como tú porque no soy más que un agricultor, pero no se trata de eso. Es que ese comportamiento no va conmigo, no es así como yo quiero ser. Yo sí creo en la moderación. Lo sé, yo también sé que mienten, que intentan encubrirlo todo, pero ya no espero nada de ellos porque ya me han hecho todo el daño que me podían hacer.
– ¿Y los demás qué? ¿Qué va a ser de todos los que vengan detrás? Porque sabes muy bien que les pasará lo mismo a otros, ya lo has oído: ¡Es la tradición! ¡Hay que divertirse! Queda mucho trabajo por hacer con respecto a esto, yo diría incluso que se trata de una misión. Esto tiene que terminar, este libertinaje…
– La verdad -dijo Yánkele dirigiéndose al espejo retrovisor- es que ya soy incapaz de luchar por los demás. Sé muy bien que es una batalla perdida de antemano, porque se trata de la naturaleza humana. No me veo con fuerzas de hacerlo, puede que me hayan derrotado. ¿Qué puedo hacer frente a eso? Yo ya he cumplido con la sociedad y no hay nada más valioso que pueda ofrecer, porque he sacrificado por los demás lo que más quería en este mundo, aunque haya sido un sacrificio vano.
– No digas «vano», porque bien que lo has pagado, di «en vano» -susurró Rajela como adormilada.
– Además -dijo de repente su suegro en una de sus pocas intervenciones-, no va a servir de nada, el mundo es incorregible, desgracias como ésta siempre han ocurrido y siempre seguirán ocurriendo.
– Esto no ha sido un desgraciado accidente, esto podía haberse evitado, porque no ocurrió ni en la guerra, ni durante una incursión, ni tan siquiera durante un entrenamiento, ¡esto ha sido porque sí, porque sí, porque sí! -la última palabra la dijo ya gritando.
– Si por lo menos le hubieran esposado las manos a la red, si le hubieran atado las manos… -intentó intervenir el padre de ella.
– Pero no se las ataron; no le ataron ni las manos ni los pies, y ése es el problema, que no lo ataron, y todo… todo… por ese juego. Tradición. Compañerismo. Deporte. Infantilismo. Ejército del Aire -la voz se le fue debilitando como si se hubiera quedado absorta en sus pensamientos.
– Rajela -suspiró Yánkele-, no somos ningunos tontos. Nosotros también sabemos lo que significa el hecho de que no le ataran ni las manos ni los pies, nosotros también nos damos cuenta del crimen que eso supone, de la falta de responsabilidad, y comprendemos perfectamente esa palabra que constantemente repites, «prepotencia», la prepotencia de ellos, su desprecio por el valor de la vida humana, todo eso también lo entendemos nosotros, incluso el juez, hasta el gordo ése lo comprende. Pero ya no hay nada que hacer, no lo hay. Cuando una persona se acerca a los sesenta, como yo, ya no está para perseguir la justicia ni intentar arreglar el mundo. De cualquier manera nuestra vida ya ha tocado a su fin, así es que no merece la pena armarla. Tienes que entenderlo -Yánkele oyó en su voz el tono de súplica que le había imprimido a la última palabra, de manera que añadió en un susurro-: Yo lo que quiero es llorar, no matarlos.
Se hizo un silencio dentro del vehículo. De pronto Yánkele liberó el freno de mano, puso un pie sobre el pedal del embrague, el otro sobre el del acelerador y, sin más, salió del aparcamiento. Una nube de polvo acompañó al vehículo.
– Yo aquí no vuelvo más -dijo Yánkele mientras encaminaba la furgoneta hacia la carretera-. Yo aquí no vuelvo, porque no estoy dispuesto a oír ni la palabrería de ellos ni tus gritos. Ni puedo ni quiero.
Entonces oyó toser a su hijo. Miró por el espejo retrovisor, detuvo el vehículo a un lado de la calzada, que rugía de tráfico, y se volvió hacia atrás, hacia Nadav, que sollozaba con voz ahogada mientras decía separando las manos:
– Yo tampoco puedo más, yo tampoco.
– Tú no estás obligado -dijo Yánkele.
– No vuelvas a arrancar, porque ya no puedo seguir oyendo estas conversaciones que os traéis, no quiero estar en medio nunca más. Como siempre tengo que estar presente en vuestras discusiones de mierda, y no lo aguanto más -Nadav salió dando un portazo.
Pasaron algunos segundos y Yánkele, dejando el motor encendido y habiendo puesto el freno de mano, salió apresuradamente tras él, mientras hacía caso omiso del «Déjalo, que necesita estar solo» que a Mishka le había dado tiempo a pronunciar.
Corrió tras Nadav -de ella también había heredado este hijo, lo mismo que el hermano muerto, aquellas piernas tan largas- y lo sujetó por el hombro.
– Déjame, por favor -le suplicó Nadav.
– No aquí, yo aquí no te dejo, te prometo que hoy no volverás a oír ni una palabra más sobre esto. Ven con nosotros, que es lo que tenías pensado hacer, y después vuelve con… vuelve a tus asuntos.
Yánkele identificó el destello de la duda en los ojos grises de Nadav, un diminuto grano de piedad mezclada con azul en medio de un día lleno de ira y humillaciones.
– Estáis tan metidos en todo eso… tan… Si es que lo entiendo… para vosotros es mucho más duro que para mí… pero no puede ser que…