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El susurro del diablo

Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:

Tres muertes se suceden en un breve intervalo de tiempo: una chica salta desde la azotea de un edificio de seis plantas; otra, cae del andén al paso de un tren; y una tercera es atropellada de noche por un taxi. Pero ¿qué relación guardan estos tres casos? ¿Accidentes, suicidios… o asesinatos?
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
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– ¡Maki, qué difícil es complacerte! -exclamó Taizo con una irónica sonrisa-. Sé que lo habrás pasado mal. Y tú también, Mamoru. Ya me he enterado de lo sucedido en el instituto.

– No ha sido para tanto -repuso el chico. Maki guardó silencio y Mamoru decidió cambiar de tema-. ¿Y qué va a pasar ahora?

– No han retirado los cargos de negligencia contra tu tío. -repuso Yoriko-. El señor Sayama está haciendo lo posible para que todo se quede en una multa. Dice que incluso puede que lleguen a un acuerdo.

Mamoru entendía que su tío podía perder el carné de conducir, y que aquello supondría un nuevo problema con el que tendrían que lidiar después. Sin embargo, por ahora, tenerlo en casa era más que suficiente. Se sentían aliviados. El chico se alegraba de no haber tenido que sacar a la luz el secreto de Yoko Sugano, así que prefirió ver el lado positivo de todo el asunto. Al fin y al cabo, parecía que el caso quedaba resuelto, que no se añadiría más dolor a la tragedia.

– Uno ha de afrontar las consecuencias de sus actos -masculló Maki como si hubiese leído la mente de su primo y rematara su reflexión.

A las nueve de la noche, Mamoru llamó a Nobuhiko Hashimoto para comunicarle que ya no tendría que testificar en ningún juicio. Saltó el contestador automático, y Mamoru resumió brevemente la situación, le dio las gracias y colgó. También supuso un alivio no tener que hablar directamente con él.

Más tarde, llamó a Anego. Ella le dijo que había estado tomando apuntes por él en clase, le puso al tanto de las novedades sobre el asunto del dinero robado y sobre la respectiva actuación del señor Incompetente, del señor Iwamoto y de Miura. Se alegró mucho al escuchar que el tío Taizo estaba de vuelta en casa.

Mamoru salió a correr a las diez en punto. Decidió cambiar su ruta habitual y se dirigió hacia la intersección donde el accidente había tenido lugar. Las mismas estrellas que le devolvieron la mirada la noche en que irrumpió en el apartamento de Yoko Sugano brillaban en el cielo, al igual que la luna, en apariencia tan cerca que tenía la impresión de poder alcanzarla con las manos. El silencio caía sobre el cruce. No había nadie a su alrededor y el único sonido que alteraba la quietud de la noche era el leve chasquido emitido por el semáforo al cambiar de luz.

«Perdóname por haberme entrometido en tu vida. No le contaré a nadie lo que he averiguado. Descansa en paz.» Cuando se dirigió a casa, se sintió como si se hubiese quitado un peso de encima. A pocos metros de su destino, avistó una figura sentada en la orilla del río. Era su tío Taizo.

– ¿No puedes conciliar el sueño? -Mamoru tomó asiento a su lado. Agradeció el tacto del frío hormigón tras la carrera. Cubriéndole el pijama, Taizo lucía un jersey que Maki le había tejido y regalado para su cumpleaños. Lanzó al río la colilla de su cigarrillo que, tras dibujar una leve estela rojiza, desapareció en el agua.

– Vas a pillar un buen resfriado si no te abrigas -reprendió con suavidad a su sobrino.

– Estoy bien.

Taizo pidió al chico que lo esperarse mientras se acercaba a una máquina expendedora cercana. Al cabo de unos minutos, regresó con dos tazas de café y le pasó una.

– Ten cuidado que quema.

Bebieron el café en silencio.

– Siento todos los problemas que os he causado -murmuró Taizo.

– Y yo siento no haber podido hacer nada para ayudarte -repuso Mamoru.

Enmudecieron de nuevo. Taizo apuró su vasito y lo dejó junto a sus pies.

– He oído que has estado faltando al instituto.

Mamoru se sobresaltó y escupió un trago de café antes de ponerse a toser. Taizo le dio unas cuantas palmadas en la espalda.

– ¿Cómo te has enterado? -preguntó finalmente Mamoru, con un nudo en la garganta.

– Cuando regresé a casa y tu tía salió a comprar, llamaron del instituto. Sobre las tres.

– ¡Me alegro de que fueras tú quien atendiese la llamada! ¿Quién era?

– Un tal señor Iwamoto. Me pidió que me asegurase de que mañana asistas a clase. Quiere verte en cuanto llegues.

Mamoru no daba crédito. ¿Significaba eso que habían encontrado al culpable o que, por el contrario, le iban a cargar el muerto?

– Tío Taizo, quiero que sepas que no estoy faltando a clases por lo del accidente. -Taizo no apartó la mirada del río-. Hablo en serio. No tiene nada que ver con eso. -Entonces, le explicó lo sucedido.

Taizo escuchó sin hacer el menor comentario.

– ¿Y qué va a pasar ahora? -preguntó una vez hubo acabado el chico.

– No lo sé. Creo que podemos confiar en que el señor Iwamoto haga lo que es debido. Ya nos enteraremos de lo que decide.

De nuevo, el silencio recayó sobre ellos. Ambos observaban el imponente logotipo de la compañía de autobuses establecida al otro lado del río. Un autobús enorme entró en el garaje, y Mamoru se preguntó si todavía podían estar en servicio a aquellas altas horas de la noche.

– La vida ha sido dura contigo, Mamoru -dijo Taizo al cabo de un rato-. Los niños también sufren experiencias dolorosas, ¿verdad?

Mamoru miró a su tío y, por fin, averiguó lo que le atormentaba.

– Maki está creciendo -aventuró.

– Eso es -rió Taizo.

Mamoru rememoró lo nerviosa que había visto a su prima cuando esta preguntó si alguien la había llamado. Y también las palabras que pronunció la misma noche: «Hay ciertas cosas que superan a uno».

– No podré conducir nunca más -masculló Taizo casi para sí mismo.

– Si llegan a retirarte el carné, no será por mucho tiempo.

– No es eso a lo que me refiero. -Taizo, con la mirada perdida, encendió otro cigarrillo-. He conducido todos estos años sin provocar ni un solo accidente. Estaba muy orgulloso de mi expediente.

– No es algo de lo que pueda alardear mucha gente.

– Ahora, sin embargo, cargo con la responsabilidad de la muerte de una persona. Y no de una persona cualquiera sino de una joven que tenía toda la vida por delante.

«Yo no estaría tan seguro», pensó su sobrino.

– He tenido mucha suerte, pero no me he dado cuenta hasta este momento. Me confié demasiado y ahora estoy sufriendo las consecuencias. Es así como yo lo veo. Y, sin embargo, esa noche me sentía bien. -Taizo le explicó que puesto que presentaba síntomas de resfriado, había decidido volver a casa antes de tiempo. En el momento en que activó la señal de «Fuera de Servicio», alguien le dio el alto. Se trataba de una mujer de unos cuarenta años que se dirigía al aeropuerto de Narita, una carrera larga y cara desde el centro de Tokio. Por lo visto, el marido, que acababa de ser trasladado al extranjero, había caído enfermo y ella se disponía a tomar un avión para reunirse con él. Llamó un taxi, pero le dijeron que debería esperar un buen rato. Por eso decidió salir a la calle a buscar uno.

– Menuda suerte.

– Fue en esa urbanización que acaban de levantar en Mitomo. ¡Es imposible encontrar un taxi en esa zona! La mujer dijo que dar conmigo había sido un milagro.

Taizo aceptó la carrera y llevó a la mujer hasta el aeropuerto de Narita. En la parada de taxis del aeropuerto, recogió a otro joven. Su mujer acababa de dar a luz a su primer bebé, y había realizado un largo viaje desde el extranjero para conocerlo. Taizo dejó al joven a unos cuantos bloques de la intersección donde tuvo lugar el accidente.

– Me sentía bien, satisfecho con el trabajo que había realizado, con lo que mi intervención suponía para esas personas. Y, entonces, atropellé a la chica. Por el modo en el que se me echó encima, diría que alguien la perseguía. -Taizo hablaba con entonación sosegada-. Intenté esquivarla, pero fue imposible. Con el impacto contra el parachoques, salió despedida por los aires, paso por encima del capó y aterrizó en el parabrisas. -Taizo se frotó la cara con las manos y suspiró antes de proseguir-: Emitió un sonido… Un sonido que jamás había oído. Y que no quiero volver a oír nunca. Sin embargo, se repite en mis sueños. A veces, lo oigo incluso dentro de mi cabeza. Me pasó durante los interrogatorios y cuando me aislaron en ese calabozo.

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