El susurro del diablo
- Автор: Миябэ Миюки
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
Mamoru pensó en su tío, todavía en detención preventiva. Ahora comprendía cómo debía de sentirse. «¿Acaso nadie va a creerme? ¡Estoy diciendo la verdad!». Estaba furioso y sabía que no podría aguantar ni un segundo más. «¡Me tienes miedo!», quiso espetar al hombre que se sentaba frente a él con los labios fruncidos y la mirada esquiva. La idea de que uno de sus alumnos hubiese hecho algo indebido era suficiente como para hacerle perder los estribos.
– Voy a faltar unos días -anunció Mamoru de camino a la puerta-. No me cabe duda de que eso facilitará la investigación.
– ¿Está auto-expulsándose?
– No, solo voy a quedarme en casa. -Mamoru ya no pudo soportarlo más-. No se preocupe. No voy a demandarlo por vulnerar mis derechos, ni presentaré una queja contra usted ante el Ministerio de Educación.
– ¿Qué demonios quiere decir con eso? -La descolorida tez de Nozaki adoptó de súbito un tono verdoso.
– Tan solo dígame una cosa -dijo Mamoru-. ¿Qué tipo de cerradura tenía la sala?
– Un candado. El señor Iwamoto tiene la llave.
«Aún si padeciese una especie de sonambulismo patológico, jamás abriría un candado con una cizalla. Solo un aficionado haría algo semejante», pensó el chico.
Mamoru se alejó de la sala de profesores arrastrando los pies. Tuvo la sensación de que se desplomaría de un momento a otro. No quería regresar a casa, su tía Yoriko era una experta leyendo la mente de los jóvenes. Su talento era tal que Mamoru siempre acababa preguntándose dónde habría aprendido a afinar esa intuición suya. Ahora se sentía abatido y si se acercaba a casa con semejante semblante, solo empeoraría las cosas.
Se acercó al teléfono público que había en el pasillo e introdujo una moneda en la ranura. Quizá el señor Sayama ya hubiese llamado y su tía estuviera intentando contactar con él.
– No hay novedades. -Y esa fue la novedad. Yoriko descolgó el teléfono al primer tono y el nerviosismo patente en su voz se apaciguó en cuanto reconoció la voz de su sobrino. El señor Sayama le había dicho que la investigación policial seguía su curso y se prolongaría un par de días más.
Apenas colgó el teléfono, alguien lo interpeló.
– ¡Kusaka! -Era Yoichi Miyashita que, sin aliento, intentaba alcanzarlo-. ¡Por fin! Anego y yo llevamos todo el día buscándote.
– Pues aquí estoy. -El chico se volvió sobre sí mismo y en cuanto reparó en Yoichi ahogó un grito-. ¿Qué te ha pasado?
Yoichi iba cubierto de vendas; una le envolvía el brazo derecho, otra le tapaba el pie izquierdo. Ni siquiera llevaba zapato, solo asomaban los dedos. Andaba arrastrando su maltrecho pie. Tenía cortes y costras en los labios, y el párpado derecho, morado.
– Me he caído de la bici -se apresuró a explicar-. ¿Puedes creerlo?
– ¿Todo eso por una caída? ¿Te has roto el brazo?
– No, solo tengo alguna que otra magulladura.
– ¿Cómo ocurrió?
– No fue para tanto. El médico lo ha solucionado con unas cuantas vendas. -Yoichi se esforzaba por esbozar una sonrisa, pero la expresión que adoptó su rostro logró el efecto contrario.
– ¿Y cómo vas a acabar tu cuadro para esa exposición?
– Me recuperaré en seguida. No te preocupes por mí. ¿Qué vas a hacer ahora?
– ¿Qué se supone que he de hacer? -Mamoru también forzó una sonrisa-. No tengo ni idea.
– ¡Son unos embusteros! ¡Todos y cada uno de ellos! -Yoichi estaba furioso-. No tienen pruebas. Miura te la ha jugado.
– Eso parece.
– ¿Cómo puede el señor Nozaki creerlo a él y no a ti?
– Porque Miura no tiene un criminal como padre -masculló Mamoru, pero en cuanto contempló la expresión de simpatía en el rostro de su compañero, bajó la guardia-. ¿Es que tú no te lo has planteado? Lo decía Mendel en su teoría de la herencia.
Yoichi intentó reprimir las lágrimas. Se armó de valor y miró fijamente a Mamoru.
– Mi padre solía hacerme un dibujo muy gracioso cuando era niño -dijo-. No era ninguna una obra de arte, sino más bien un garabato, algo que solía llamar tsurusan. Yo lo imitaba siempre hasta que me pidió que dibujara otra cosa. Un tren, una flor, cualquier cosa. Después, me apuntó a clases de pintura, a las que asistía con uno de mis vecinos. A mi padre se le daba fatal dibujar, nunca supo hacer otra cosa que un estúpido tsurusan.-Yoichi esbozó por fin una sonrisa-. Cuando me convierta en un verdadero artista, utilizaré ese mismo tsurusan como firma. La pega es que nunca consigo reproducirlo: cada vez que lo intento, ¡me sale la cara de mi padre!
Taizo no regresó a casa al día siguiente, ni tampoco al otro. Los Asano aguardaban tan pacientemente como las circunstancias les permitían, y eso que sus rostros reflejaban la duda y la desesperación.
Mamoru se levantaba cada mañana, se ataviaba con el uniforme del instituto y partía de casa, como de costumbre, solo que en lugar de acudir al centro, se dirigía a Laurel. Fue a ver a Takano para explicarle la situación, y este le dio carta blanca para trabajar los días que quisiera.
– No me digas que estás considerando abandonar los estudios para ponerte a trabajar -le preguntó.
– No -repuso Mamoru-. A no ser que me expulsen, claro está.
– No te preocupes. Atraparán al culpable.
Takano también manifestó su satisfacción ante el hecho de que hubiesen encontrado a un testigo del accidente en el que se había visto implicado el tío Taizo.
– Todo saldrá bien -le aseguró-. Quizá vaya para largo, pero tú no desesperes.
Los otros empleados en la Sección de Libros también se sorprendieron al ver a Mamoru entre semana.
– ¿No deberías estar en el instituto? -Madame Anzai mostró su obvia desaprobación.
– Pues…
– He oído que el centro ha cerrado por un brote de algo malo. ¿Es cierto? -Sato interrumpió la conversación, dándole un ligero golpe en el hombro.
– Aún falta para que llegue el invierno. No puede tratarse de gripe. -Madame no estaba del todo convencida.
– Son paperas, ¿verdad, Mamoru? -Sato seguía en sus trece.
– ¿Paperas?
– Eso es, Madame Anzai. ¿No las tuviste de pequeña?
– Creo que no.
– Pues será mejor que te andes con cuidado porque están en todos lados, contaminando el aire. Y no te olvides de avisar a ese novio tuyo. ¡Ya sabes lo que puede ocurrir cuando un hombre pilla paperas!
– ¿Es eso cierto? -Ahora se la veía algo preocupada.
– Pues claro. Puede quedarse impotente para toda la vida. ¡Y no querrás que suceda algo así! -Sato se llevó a Mamoru hacia un lado, poniendo distancia entre Madame y ellos.
– Te debo una. Gracias -dijo Mamoru.
– No hay de qué. Me alegro de que estés aquí. Sé que te ocurre algo, pero no tienes de qué preocuparte. No pasa nada por perder un día o dos de clase.
Había muchísimo trabajo que hacer. Diciembre se acercaba a pasos agigantados, y acababan de recibir los nuevos calendarios y agendas que debían ser clasificados y expuestos en las estanterías. En cuanto se veía inmerso en su tarea, Mamoru se olvidaba tanto de su tío como del medio millón de yenes desaparecido.
El jueves por la tarde, durante su descanso en el almacén, Makino, el guarda de seguridad, se acercó a hacerle una visita.
– ¡Chaval! ¿Estás haciendo pellas para ganarte la vida como un hombre hecho y derecho?
Sato asomó sobre una pila de cajas de cartón y empezó a tararear algún viejo himno sindicalista mientras movía los brazos al compás.
– Con eso basta -entonó Makino-. Siéntate.
– ¡Gracias, señor! -Sato se estaba divirtiendo.
– ¿Es cierto que tienes veintiséis años? Me compadezco de tus pobres padres.
Mamoru estalló en ruidosas carcajadas.