El susurro del diablo
- Автор: Миябэ Миюки
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
– ¿Y Makino?
– Se hirió la espalda cuando intentó reducir al agresor, pero le han hecho varias pruebas y no tiene nada grave. Saldrá de aquí por su propio pie en pocos días.
– ¿Quién hubiese pensado que algo así podría suceder en Laurel?
Las secciones de Libros y Hogar se situaban respectivamente a ambos extremos de la cuarta planta. Cuando Kayikama rompió la vitrina con la mano y se apoderó del cuchillo, una empleada activó la alarma y Takano y Makino acudieron de inmediato. De no ser por ellos, algún cliente habría salido herido.
– Deberían darte una medalla. Primero la chica de la azotea y ahora este agresor. ¿Qué haría la empresa sin ti?
– ¿Acaso no lo sabes? A ciertos incompetentes nos mantienen en plantilla por si han de recurrir a nuestra fuerza bruta en caso de emergencia. -Takano se echó a reír, pero Mamoru supo que debía de dolerle mucho-. Además, ¡fuiste tú quien evitó que esa chica se lanzase al vacío!
Conforme hablaban, la intravenosa inyectaba gotas de solución en el brazo de Takano. Al parecer, surtía efecto, puesto que Takano empezaba a mostrar signos de somnolencia. Mamoru se bajó con mucho tiento de la cama cuando Takano retomó la conversación.
– … Pero es una buena oportunidad, ¿sabes?
– ¿El qué?
– ¿Recuerdas a esa chica? ¿La del jersey rojo?
– Por supuesto que sí.
– Es una estudiante modelo en su instituto. Es muy extraño que hiciese algo parecido. De hecho, ni siquiera recuerda por qué… -Takano empezó a mascullar sus palabras y al ver que sus párpados caían, Mamoru se marchó de puntillas de la habitación.
Mientras se alejaba por el pasillo, se cruzó con una joven enfermera que llevaba un sujetapapeles en la mano. Mamoru se volvió sobre sí para contemplarla y vio que se dirigía hacia la habitación de Takano.
Cuando a Sato le extrajeron el apéndice, le dijo a Mamoru que todo hombre soltero fantaseaba con las enfermeras. Mamoru se preguntó si le habría llegado el turno a Takano. Ojalá, al menos así, alguien se quedaría con buen sabor de boca después de tal mal trago.
Pero ¿a qué se habría referido Takano con «una buena oportunidad»? No era algo que solía escucharse de alguien que acababa de escapar de la muerte. En cuanto salió del hospital se topó con una ambulancia que, con unas luces cegadoras, aparcaba frente a la salida de urgencias. Los paramédicos se apresuraron a llevarse a alguien que yacía en una camilla envuelto en mantas amarillas.
¿Cómo era posible que esa chica que casi saltó desde la azotea no recordase qué la había empujado a hacerlo?
A finales de año, la gente se acercaba a las tiendas incluso antes del horario de apertura, cuando las persianas aún seguían bajadas. Las expectativas de venta eran altas, y los empleados soportaban una gran presión.
Cada primer sábado del mes, Sato y Mamoru pasaban la mañana fuera de la Sección de Libros. Se les había asignado la tarea de preparar y llevar a cabo el sorteo de la tómbola que se celebraba en el gran vestíbulo de la primera planta. Cuántas más compras realizaran los clientes, más posibilidades de optar a un premio. Aquel era otro argumento comercial de peso para estimular las ventas durante la campaña de fin de año.
El artilugio consistía en un sistema electrónico, nada del otro mundo. De hecho, parecía más bien una tragaperras. El empleado levantaba una palanca, y los números desfilaban rápidamente en la pantalla. El cliente pulsaba un botón para detener la rotación, y el número sacado indicaba el premio. En suma, una máquina luminosa, que no hacía demasiado ruido y que encantaba a los niños. Sin embargo, para los dos empleados encargados de manejar sendas máquinas, el trabajo no era tan entrañable. Levantar y bajar la palanca para cada cliente de una cola que no se agotaba nunca se convertía en un ejercicio agotador.
– Eh, Mamoru, ¿has oído hablar del Shurado? -preguntó Sato, que esbozó una sonrisa algo forzada.
– ¿Shurado? ¿Qué es eso? ¿Algún tipo de arte marcial?
– No, qué va. Es uno de los seis niveles del infierno budista. El lugar al que van los que cayeron de forma deshonrosa en el campo de batalla.
– ¿Y qué tiene eso que ver con la tómbola? -preguntó Mamoru mientras entregaba un paquete de pañuelos como premio de consolación. El cliente que lo recogió rezagó la mirada en el premio estrella, un crucero de siete días por el mar Egeo, antes de marcharse cabizbajo.
– Los condenados al Shurado están cegados por el odio de la guerra y sus corazones rebosan de rencor -prosiguió Sato-. ¡Y lo que allí les aguarda no es sino otra batalla! Y vaya batalla: al levantarse el sol, hordas de enemigos irrumpen alzando sus espadas. Por más que caigan esos adversarios, vuelven a ponerse de pie. La encarnizada lucha no conoce tregua. Al caer la noche, a los malditos combatientes se les caen primero los brazos y después las piernas. Gimen, gritan y lloran de dolor.
– Has estado leyendo demasiado, ¿no?
– Espera, que aún hay más. Agonizan sin llegar a morir nunca. Lo que, desde luego, es lógico, dado que ya están en el infierno. Por mortales que sean sus heridas, en cuanto el sol se levanta, ya han cicatrizado. Y empieza otra vez el suplicio. Luchar y luchar es lo único que harán en el otro mundo. Y así sucede una y otra vez, por toda la eternidad. Suena terrible, ¿verdad?
– La imagen mental que tengo ahora mismo es la selección japonesa de rugby enfrentándose a los All Blacks.
– Y nosotros aquí, todo el día dándole a la palanca… -continuó Sato-. Todo el día engañando a los clientes.
– ¿Por qué dices eso? Ellos se lo pasan en grande.
– Pues a eso me refiero. Creen sinceramente que el premio estrella está ahí. Jamás he visto otra cosa que ese estéreo de música que dan con el tercer premio.
– ¿En serio? -La mujer que encabezaba la cola interrumpió la conversación. Tenía ambas cejas enarcadas en un gesto de obvia consternación.
– ¡Desde luego que no! -exclamó Sato con una hipócrita sonrisa en los labios-. ¡Pues claro que hay un premio estrella! -Le arrebató de las manos el boleto y accionó la palanca. Le tocó el cuarto premio.
– Hablas demasiado -le advirtió Mamoru antes de volverse hacia la dienta-. ¡Enhorabuena, señora! El cuarto premio. ¿Prefiere un rollo de plástico transparente o unas pastillas para la tos?
No hubo manera de que Sato se quedara callado aunque, al menos, continuó en voz baja.
– Los clientes aparecen con sus boletos en la mano y un sueño en mente. Acaban comprando cosas que no necesitan solo para hacerse con una participación extra. Cuando tú y yo nos vayamos al otro barrio, seguro que acabamos en el Shurado, Mamoru. El infierno de la tómbola. Estaremos levantando esta palanca desde que el sol salga hasta que se ponga; se nos caerán los brazos. Cada mañana nos despertaremos ante una cola infinita de clientes, cada uno de ellos con puñados de boletos. Haremos lo mismo una y otra vez, por toda la eternidad.
– Deja de decir tonterías. Vas a volver loco al chaval. -Era Madame Anzai, que sustituía a Takano mientras estaba de baja-. Yo me encargo, podéis ir a almorzar. Después quiero que paséis la tarde haciendo inventario en el almacén.
– ¡Oh! ¡Buda nos ha escuchado! -exclamó Sato.
Durante el descanso, en la cafetería reservada a los empleados, Mamoru se excusó ante Sato y se encaminó hacia el teléfono para llamar a Hashimoto. Madame Anzai le comentó que su tía Yoriko había llamado mientras él andaba atareado con la tómbola.