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El susurro del diablo

Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:

Tres muertes se suceden en un breve intervalo de tiempo: una chica salta desde la azotea de un edificio de seis plantas; otra, cae del andén al paso de un tren; y una tercera es atropellada de noche por un taxi. Pero ¿qué relación guardan estos tres casos? ¿Accidentes, suicidios… o asesinatos?
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
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– Un amigo de tsurusan.

La puerta se abrió y Yoichi apareció tras ella.

– Soy un negado. Ni siquiera valgo para hacer un nudo de soga decente. -Yoichi no era capaz de mirar a Mamoru a los ojos.

Mamoru contempló el techo y reparó en la rejilla desde la cual había intentado suicidarse Yoichi: era lo suficientemente resistente como para aguantar su peso. Se alegraba de que su compañero no fuera muy hábil con los nudos. Bajo las vendas que todavía llevaba desde su accidente de bicicleta, a Yoichi se lo veía más frágil que nunca.

– ¿Por qué lo hiciste?

Yoichi guardó silencio.

– El señor Iwamoto me lo ha contado todo. ¿Acaso te viste en un callejón sin salida? ¿Te asustaba que te expulsasen del instituto? ¿Intentabas ayudarme cuando dijiste que habías sido tú el autor del robo? -Se produjo un desagradable silencio. Mamoru tuvo la sensación de que los padres del chico procuraban no hacer el menor ruido hasta que Yoichi se recuperase del todo-. Pues he de decirte que has cometido un craso error. ¿Y si hubieses muerto? ¿Consideraste cómo nos sentiríamos los demás si algo así sucediese? ¡Piensa toda la responsabilidad que me hubieses dejado!

Finalmente, en un tono apenas más audible que el vuelo de una mosca, Yoichi respondió.

– Fui yo.

– ¿Cómo vas a ser tú?

– Fui yo. -Yoichi no cejaba en su empeño-. Fui yo quien lo hizo. Si supieses lo que he hecho, no volverías a hablarme en la vida.

– ¿Qué quieres decir con eso? -Mamoru empezaba a inquietarse-. ¿Qué es lo que hiciste?

Las lágrimas colmaban los ojos de Yoichi.

– Todo. Fui yo -repitió-. Puse ese artículo sobre tu tío en el tablón, escribí esas acusaciones en la pizarra y también la palabra «asesino» en la fachada de tu casa. Fui yo quien hizo todas esas cosas.

Mamoru se quedó mudo de asombro. Observó a Yoichi que ladeaba la cabeza, intentando ocultar sus lágrimas. Entonces, reparó en la venda de su mano.

– ¿Te cortaste la mano cuando rompiste nuestra ventana?

Yoichi asintió.

De repente, Mamoru lo comprendió todo.

– Miura y los demás te amenazaron para que lo hicieses -aseveró en voz baja.

Yoichi asintió de nuevo.

– Te utilizaron para que nadie pudiese culparlos de nada. -Mamoru recordó el día en que Yoichi se dejó caer por Laurel. Quiso decirle algo en aquel momento, pero prefirió guardar silencio. Esa era la única explicación-. ¿No tuviste ningún accidente con la bicicleta, verdad? Uno de ellos se enteró de que habías ido a los grandes almacenes para ponerme al tanto de todo y te dieron una paliza.

Yoichi se enjugó la cara con la mano izquierda.

– Seguro que prometieron romperte todos los dedos de la mano para asegurarse de que no volvías a sostener un pincel. -Mamoru sintió la sangre bombeándole en los oídos.

– No sé hacer nada -dijo Yoichi-. No se me dan bien los deportes. No soy un buen estudiante, y las chicas no me hacen ni caso. Pero sé dibujar y pintar. Es lo único en lo que destaco sobre los demás. Si pierdo eso, no me quedará nada. Esos cabrones me asustaron. Creo que incluso una amenaza de muerte no me habría parecido tan escalofriante en comparación con su palabra de cortarme las manos y arrancarme los ojos. Y si eso ocurre, prefiero estar muerto. Sería como sacarme las entrañas y dejarme vacío. No podía hacer nada contra ellos.

Por fin, Yoichi pudo mirar a Mamoru a la cara.

– Me siento fatal, Kusaka. Tú sí intentaste entenderme. Fuiste el único que me tomó en serio. Y quise compensarte de algún modo.

– ¿Compensarme?

– Si daba la cara y aceptaba la responsabilidad del robo, te sacaría del apuro. Lo que pasa es que ni siquiera se me da bien mentir. Pasé toda la noche en vela, tramando un plan y, aun así, no logré convencer al señor Iwamoto. Me dijo que me dedicara a mi pintura y no me preocupase por ti. Cuando llegué a casa, me sentí peor de lo que me había sentido nunca. No le encontraba ningún sentido a la vida. ¡Pero soy un negado hasta para hacer un nudo!

Mamoru respiró profundamente.

– ¡Pues menos mal!

* * *

Mamoru se marchó de casa de los Miyashita y regresó al instituto. Para cuando llegó, ya habían dado las seis y media de la tarde y el centro estaba cerrado. Trepó la reja y se coló dentro del recinto por la entrada nocturna. El sol se había puesto hacía mucho, y la zona estaba desierta. Subió a la segunda planta, sacó una linterna y se dispuso a registrar la taquilla de Miura que quedaba al final de la quinta hilera de la derecha y estaba equipada con un lustroso candado de combinación de color rojo.

Unos pocos segundos bastaron para abrirlo. Tal era el desorden que reveló el interior de la taquilla que Mamoru tuvo que contenerse para no adecentarla un poco. Toallas sucias; un caos de libros, papeles, libretas y cubiertas arrugadas; camisetas sudadas y un paquete de cigarrillos medio vacío. Mamoru arrancó una hoja de una de las libretas y escribió: «Ojo con la teoría de la herencia, Kunihiko Miura».

Dejó la nota sobre la pila de escombros, cerró la puerta y colocó el candado.

Una vez fuera del centro, se coló en la primera cabina telefónica con la que se topó. Tenía una llamada que hacer.

– ¿Dígame? -Su voz sonaba peculiarmente agradable. Quizá estaba esperando la llamada de su novia.

– ¿Miura?

– Sí… ¡Un momento! ¿Eres tú, Kusaka?

Mamoru pudo sentir que se le disparaban los latidos del corazón y le palpitaban las sienes. Intentó hablar de un modo tan claro como lleno de determinación.

– Solo voy a decírtelo una vez, Miura. Sé lo que hiciste. Y por qué lo hiciste… Soy nuevo en la ciudad, vengo del quinto infierno y soy un pobre huérfano cuyo padre era además un ladrón. ¿Me equivoco? En otras palabras, soy la presa perfecta para ti. Me das pena, y ¿sabes por qué? Has abierto una puerta que deberías haber dejado cerrada.

Hubo un momento de silencio antes de que Miura se pusiese a gritar como un energúmeno. No obstante, Mamoru ya había anticipado su reacción y fue él quien lo silenció a voces.

– Esta es tu única oportunidad. Escúchame bien porque no lo volveré a repetir. ¿De acuerdo? Soy un desgraciado, un parásito que vive a expensas de los demás. Y sí, mi padre era un estafador. Pero hay algo más, algo que ignoras. Es cierto, era un ladrón, y bien lo sabe todo el mundo… Lo que todos desconocen es que también era un asesino. Mató a mi madre. Nadie pudo probarlo nunca. -De alguna manera, Mamoru no estaba mintiendo puesto que culpaba a su padre de la prematura muerte de su madre-. ¿Recuerdas esa pintada que mandaste hacer en mi casa? ¡Pues resulta que es cierto! ¡Soy el hijo de un asesino!

Miura seguía mudo de asombro.

– ¡Tenías razón, Miura! Soy el hijo de un asesino. Y tú crees que ese tipo de cosas se hereda, ¿no es cierto? De casta le viene al galgo. No hay vuelta de hoja. Así que será mejor que te andes con ojo. Por mis venas corre la sangre de un asesino.

– Espera… Espera un momento -farfulló Miura.

– ¡Cierra el pico! Volvamos la vista atrás. ¿Recuerdas esa chica que tanto te gustaba? ¿Su bicicleta? Te dijo que había encontrado la llave y que por eso no hacía falta que la llevases a casa, ¿verdad? Bueno, pues tenías razón. Yo estaba detrás de toda esa farsa. Fui yo quien abrió el candado de su bicicleta; a mí no me hace falta ninguna llave. Nací con ese talento. Y puedo utilizarlo a mi antojo porque soy el hijo de un asesino. El candado de una bicicleta es pan comido para mí. Y esa no es más que una de mis muchas habilidades. Soy capaz de cualquier cosa, no lo olvides.

Cuanto más se extendía en su diatriba, más enfadado se sentía. Por fin, Mamoru escupió sus últimas palabras.

– Si alguna vez, aunque solo sea una, te atreves a hacerme algo a mí, a alguno de mis amigos o a mi familia, nadie podrá detenerme. Puedes encerrarte tras todas las puertas que quieras o intentar huir, pero no te servirá de nada. No te dejaré en paz. A propósito, ¿qué me dices de esa moto tuya? ¿La guardas en algún lugar seguro y protegido? Será mejor que le eches un buen vistazo antes de montarte en ella. Tal vez estés conduciendo a toda velocidad cuando de repente te fallen los frenos.

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