El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]
- Автор: Саймак Клиффорд Д.
- Год: 1964
- Язык: испанский
- Год: Edhasa
- Переводчик: Francisco Cazorla Olmo
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]». Краткое содержание книги:
Pero el hombre, con su interminable ingeniosidad, resolvió el problema con el auxilio de los telépatas, y con la ayuda de una gigantesca organización del más alto secreto, llamada “Anzuelo”, mediante la cual, los hombres podían lanzar sus mentes a las profundidades del espacio. Y en una de esas ocasiones, Sheperd Blaine, mientras exploraba su camino asignado por el “Anzuelo” tomó contacto con una criatura fantástica, sin forma, omnisciente, una amsitosa Cosa de Color de Rosa que le dijo: “Intercambio mente con la tuya”.
—Tienen miedo…
—No les importa maldita la cosa. La situación, tal y como está ahora es la que te estoy explicando. El Anzuelo, al principio, fue una cruzada humana. Y se ha convertido ahora en el más monstruoso monopolio que el mundo haya conocido jamás, un monopolio que dirige todas las actividades económicas, que regula y restringe todo a su voluntad, excepto lo que a ellos incumbe, naturalmente.
—Tengo hambre — interrumpió Harriet.
Stone no le prestó atención. Se adelantó en su butaca.
—Hay millones de esos desplazados — siguió Stone — Sin entrenamiento. Son perseguidos sin piedad, en vez de alentarles y perfeccionarles. Tienen capacidades que en el momento presente la humanidad necesita desesperadamente. Poseen talento e inteligencia y cualidades, no entrenadas debidamente y que rendirían su utilidad si pudiesen ejercitarlos, y en mayor grandeza de cuanto el Anzuelo ha alcanzado. Hubo un tiempo en que el Anzuelo fue una necesidad mundial. No importa cuanto haya ocurrido, todas las grandes cosas tienen sus defectos, lo cierto es que el mundo le debe al Anzuelo más de lo que pueda pagarle. Pero la evolución ha hecho al Anzuelo innecesario. El Anzuelo hoy, cosa que ignoran los parakinos que no se hallan dentro de su organización, se ha convertido en un freno para el progreso de la raza humana. La utilización del PK no puede continuar por más tiempo siendo un monopolio del Anzuelo.
—Pero hay unos prejuicios terribles — insinuó Blaine —. La ciega intolerancia…
—Sí, es cierto — le dijo Stone — y parte de ellos están merecidos. La PK ha usado de sus poderes y ha abusado también, al utilizarlos egoístamente y para innobles razones. Se tomó y se ha utilizado con arreglo a las pautas del viejo mundo que hoy está muerto. Y por tal razón los parakinos sufren de un complejo de culpabilidad. Bajo la presente persecución y su arraigada convicción de culpabilidad, no puedan operar eficientemente, bien sea para su propio bien o para provecho de la humanidad. Pero no se trata de la cuestión de si pueden operar abierta y eficazmente, sin la presión de la censura pública. Ellos pueden ir mucho más allá que el Anzuelo, tal y como ahora está constituido. Si se les permitiese manifestarse, si se pudiera demostrar que el PK es una capacidad humana, y no una capacidad particular del Anzuelo, entonces serían aceptados, apoyados públicamente, para emplear sus poderes paranormales y ese día, Shep, el hombre habrá dado un paso de gigante hacia el porvenir. Tenemos que demostrar al mundo que el PK es una capacidad humana y no una habilidad específica del Anzuelo. Y, además, si esto pudiera hacerse, el mundo entero volvería a su sano juicio y se volvería a reconquistar el antiguo concepto de la propia estimación.
—Estás hablando en términos de evolución cultural — advirtió Blaine —. Es un proceso que requiere tiempo, Stone. Al final, irá perfectamente, como es natural; pero piensa que harán falta cien años por lo menos…
—¡No podemos esperar! — gritó Stone.
—Recuerda que existieron las antiguas controversias religiosas — continuó Blaine —. La guerra sin cuartel entre protestantes y católicos, entre el Islam y la Cristiandad. ¿Dónde está todo aquello ahora? Existió, como sabes, la antigua batalla entre los dictadores comunistas y las democracias…
—El Anzuelo ayudó mucho, precisamente. El Anzuelo se convirtió en una tercera fuerza.
—Hay algo que siempre ayuda — dijo Blaine —. No debe haber fin para la esperanza. Las condiciones y los sucesos que ocurren a lo largo de la historia, se vuelven después una cosa ordenada y las disputas actuales se convertirán después en un problema académico para que los historiadores del futuro se dediquen a masticarlo y rumiarlo.
—Cien años… — murmuró Stone caviloso —. ¿Podrías tú esperar cien años?
—No dispones de ellos tampoco — intervino Harriet — Tienes que empezar ahora mismo. Y Shep nos ayudará.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—Shep — dijo Stone —. Escucha, por favor.
—Estoy escuchando — repuso Blaine, sintiendo que en su interior se removía el anterior estremecimiento y la presencia de la extraña criatura oculta en su mente, ya que allí existía el peligro.
—Ya he empezado realmente — continuó Stone —. Tengo un grupo de parakinos que podemos llamar un cuadro, un comité, una facción clandestina, si quieres, un grupo de parakinos, como te digo, que están trabajando en los planes preliminares y en las tácticas necesarias para ciertos experimentos e investigaciones que demostrarán la acción efectiva de los parakinos libres, no pertenecientes al Anzuelo.
—¡Pierre! — exclamó Blaine, mirando a Harriet.
Ella aprobó con la cabeza.
—Entonces, eso es lo que tenías en la mente desde el principio. En la fiesta de Charline me hablaste de un viejo amigo…
—¿Es eso algo tan malo?
—No, supongo que no.
—¿Habrías continuado adelante y habrías venido si lo hubieras sabido desde el principio?
—No lo sé, Harriet — repuso Blaine —. Honradamente, no lo sé.
Stone se levantó de su silla y avanzó unos pasos hacia Blaine. Alargó las manos que depositó en los hombros de Blaine, golpeando… con ellas. Sus dedos le apretaron fuertemente.
—Shep — dijo solemnemente —. Shep, esto es muy importante. Es un trabajo necesario, indispensable. El Anzuelo no puede ser el único contacto entre el hombre y las estrellas. Una parte insignificante no puede hallarse libre de la Tierra y el resto permanecer amarrado a ella.
En la sombría luz de la estancia sus ojos habían perdido la dureza anterior. Se volvieron casi místicos, con el brillo de unas lágrimas casi a punto de derramarse. Su voz se hizo más suave cuando habló de nuevo.
—Hay ciertas estrellas — dijo, casi en un murmullo, como si estuviera hablando consigo mismo —, que los hombres deben visitar. Conocer qué alturas puede alcanzar el género humano. Y llegar a salvar sus propias almas.
Harriet estaba dándose prisa recociendo su bolso y los guantes.
—Ahora no me preocupa eso — dijo —. Quiero comer. Estoy sencillamente muerta de hambre. Vosotros dos, ¿venís conmigo?
—Sí — repuso Blaine —. Yo voy, desde luego.
Entonces, repentinamente recordó. Ella captó el recuerdo y se puso a reír divertida.
—No te preocupes, será por cuenta nuestra. Déjanos pagarte en parte, por las veces que hemos comido en casa tuya.
—No tiene necesidad — dijo Stone —. Blaine ya se encuentra enrolado. Ya ha conseguido un empleo. ¿Qué te parece, Shep?
Blaine no dijo nada.
—Shep, ¿estás conmigo? Te necesito. No podré prescindir de ti. Tú eres la diferencia que yo necesito.
—Cuenta conmigo — repuso Blaine, sencillamente.
—Bien, ahora — intervino de nuevo Harriet — una vez que todo está arreglado, vamos a comer de una vez.
—Id vosotros dos — dijo Stone —. Necesito reflexionar.
—Pero, Godfrey…
—Tengo que pensar algo que he de hacer. Un par de problemas…
—Vamos — dijo Harriet a Blaine —. Necesita sentarse y pensar.
Embrollado y confuso, Blaine siguió a la chica.
XX
Harriet tomó posiciones cómodamente en la silla del restaurante, esperando ordenar la comida que tanto necesitaban.
—Y ahora, dime — demandó la chica —. ¿Qué ocurrió en aquel pueblo? ¿Y qué ha ocurrido desde entonces? ¿Cómo viniste a parar a esa sala de este hospital?