El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]
- Автор: Саймак Клиффорд Д.
- Год: 1964
- Язык: испанский
- Год: Edhasa
- Переводчик: Francisco Cazorla Olmo
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]». Краткое содержание книги:
Pero el hombre, con su interminable ingeniosidad, resolvió el problema con el auxilio de los telépatas, y con la ayuda de una gigantesca organización del más alto secreto, llamada “Anzuelo”, mediante la cual, los hombres podían lanzar sus mentes a las profundidades del espacio. Y en una de esas ocasiones, Sheperd Blaine, mientras exploraba su camino asignado por el “Anzuelo” tomó contacto con una criatura fantástica, sin forma, omnisciente, una amsitosa Cosa de Color de Rosa que le dijo: “Intercambio mente con la tuya”.
—Bien, vamos — propuso Blaine.
Stone miró interrogativamente al médico y Wetmore afirmó con la cabeza.
—Deténganse en la recepción del hospital — dijo — y recojan el alta. Yo avisaré por teléfono. Les tomarán nota de sus nombres.
—Con mucho gusto — repuso Stone —. Y muchísimas gracias, doctor.
—No hay de qué.
Blaine se detuvo en la puerta y se volvió hacia el médico.
—Lo siento — dijo —. No le dije toda la verdad. Y no me siento orgulloso en absoluto de haberlo hecho así.
—Todos nosotros — contestó el doctor — tenemos momentos en los cuales no podemos sentirnos orgullosos. No es usted solo.
—Adiós, doctor.
—Hasta siempre — repuso Wetmore —. Y cuídese bien.
Recorrieron el largo corredor los tres amigos.
—¿Quién estaba en la otra cama? — preguntó Stone.
—Un individuo llamado Riley.
—¡Riley!
—Un conductor de camión.
—¡Riley! Era el hombre que estábamos buscando. Por eso veníamos por ti…
Stone se detuvo y trató de volverse.
—Es inútil — dijo Blaine —. Está muerto.
—¿Y el camión?
—Destrozado. Se salió de la carretera.
—¡Oh, Godfrey! — gritó Harriet.
Stone le hizo un gesto con la cabeza.
—Es inútil, completamente inútil.
—¿Y qué va a pasar ahora?
—Lo veremos más tarde. Primero, salgamos de aquí cuanto antes.
Stone tomó a Blaine por el brazo.
—Una cosa, Stone. ¿Cómo es que Lambert Finn está mezclado en todo esto?
Y Stone repuso en voz alta.
—Lambert Finn es el hombre más peligroso que tiene hoy el mundo.
XIX
—¿No crees que deberíamos alejarnos más todavía? — preguntó Harriet —. Si ese médico cae en sospechas con nosotros…
Stone condujo el automóvil hacia la entrada de coches.
—¿Por qué tendría que tomar tales sospechas?
—Lo pensará, sin duda. Se ve que está embrollado por lo ocurrido a Shep y continuará haciéndose cábalas. Después de todo, la historia que hemos contado tiene sus fallos…
—Pues yo creo que lo hicimos muy bien…
—Pero es que sólo estamos a diez millas de distancia del pueblo.
—Volveré esta noche. Tengo algo que comprobar en el camión de Riley y lo sucedido con él.
Stone frenó el coche, frente al letrero que advertía: «Oficina».
—Vas a meter la cabeza en el lazo, querrás decir — dijo Harriet.
El dependiente que esperaba la llegada de los viajeros se les aproximó.
—Bienvenidos, señores — saludó cortésmente —. ¿En qué podemos servirles?
—¿Tienen dos habitaciones comunicadas?
—Pues sí, ciertamente, las tenemos. Y además un tiempo delicioso.
—Sí, un tiempo espléndido.
—Aunque pronto volverá ya el frío. Se va echando el invierno encima. Me acuerdo cuando tuvimos nieve aquí…
—Pero no fue este año — comentó Stone.
—No, no este año. ¿Me decían que deseaban dos habitaciones que se comunicaran, verdad?
—Sí, si no le importa.
—Bien, siga con el coche hacia delante. Números diez y once. Voy por las llaves y en seguida estoy con ustedes.
Stone levantó el coche sobre una suave fuerza reactora y se deslizó un trozo por la carretera. Otros coches se veían aparcados perezosamente junto a las habitaciones ocupadas por sus dueños en el motel. Un grupo de gente estaba ocupada descargando troncos. Había otras personas sentadas cómodamente en butacas en los patios pequeños de sus apartamientos. En el extremo lejano del parque se veían dos parejas jugando una partida de golf. El coche se detuvo en el espacio frente al número 10 y descendió suavemente sobre el terreno.
Blaine salió y abrió la puerta para que Harriet saliera.
«Aquello era por fin algo bueno, pensó Blaine, era como encontrarse un tanto en familia, con aquel par de grandes amigos, considerados perdidos y vueltos a encontrar de nuevo». No importaba lo que hubiera podido suceder, ahora se encontraba a sí mismo una vez más.
El motel se encontraba construido encima de las más altas escarpaduras sobre el río, y desde aquel lugar podía verse fácilmente la amplia faja de terreno del norte y el este, y los pelados y pardos escarpados, con la erosión del terreno en declive, formando barrancos, algunos llenos de boscaje, que corrían afluyendo hacia el río y el gran valle, donde una enmarañada extensión de troncos de madera flotantes vagaban en la corriente oscura de color del chocolate como si no llevasen propósito fijo de llegar a ninguna parte.
Allí se estaba bien, muy bien. Existía una limpieza exquisita, el aire era una delicia y se apreciaba una tranquilidad enorme y un sentido del espacio.
El administrador llegó presuroso con las llaves en la mano. Abrió las puertas y les dejó pasar.
—Espero que lo encuentren todo en perfecto orden — dijo —. Somos personas cuidadosas. Todas las ventanas tienen persianas y los cerrojos son de la mejor calidad. Podrán encontrar también un buen surtido de fetiches y de signos contra los malos» espíritus en esa alacena. Los tenemos siempre, porque a nuestros huéspedes les gusta usualmente y tienen dónde elegir, según sus gustos.
—Eso — dijo Stone — demuestra que es usted una persona inteligente.
—Siempre es bueno — dijo el administrador — considerarse seguro y a cubierto. Bien, allá enfrente tenemos el restaurante…
—Lo usaremos inmediatamente — dijo Harriet —. Estoy muerta de hambre.
—Pueden detenerse en el camino — advirtió el administrador — y firmar el registro, si tienen la bondad.
—Claro que sí.
Tomó las llaves y mientras andaba a lo largo de las instalaciones iba saludando e inclinándose hacia los demás ocupantes del motel.
—Vamos, entremos — dijo Stone.
Sostuvo la puerta para dejar pasar a Harriet y a Blaine y después entró él, cerrando la puerta tras de sí.
—Y bien — dijo Harriet —, ¿qué es lo que te ocurrió? Volví a aquel pueblo de la frontera y se hallaba todo revuelto. Por lo visto había ocurrido algo espantoso. Nunca conseguí descubrir lo que era, ni tuve la oportunidad de que nadie me lo dijera. Tuve que marcharme lo más de prisa posible.
—Me marché — le repuso Blaine.
Stone le cogió una mano, que le apretó cariñosamente.
—Tú lo hiciste mejor de lo que yo lo hice. Te quitaste de en medio limpiamente. Me alegro infinito de volver a verte de nuevo.
—Tú me telefoneaste aquella noche — dijo Blaine —. O bien fui engañado. Recuerdo muy bien lo que dijiste. Y no esperé ni un segundo a que pudieran echarme el guante encima.
Stone le soltó la mano que le había estrechado y ambos hombres quedaron frente a frente. El Stone que tenía ahora Blaine enfrente era diferente del otro que conoció tres años antes. Stone siempre había sido un hombretón y continuaba siéndolo físicamente; pero Blaine advirtió que su amigo tenía ahora una grandeza mayor, no de cuerpo, sino de espíritu, y una grandeza de propósitos que se advertía con solo mirarle. Y una cierta dureza, que no le había sido advertida con anterioridad. —No estoy seguro — dijo Blaine a su antiguo camarada — de haberte hecho ningún favor, mostrándome así. He viajado con lentitud y de una forma horrible. Seguramente que el Anzuelo, por el momento, tendrá, más que verosímilmente, un buen perro de presa tras de mí.
Stone hizo un gesto como para apartar aquello de la conversación, más bien con cierta impaciencia, como si lo relativo al Anzuelo no tuviera entonces la menor importancia.
Se dirigió a una butaca a través de la habitación.
—¿Qué te ocurrió realmente, Shep?
—Volví contaminado.