Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]
El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]

Электронная книга - «El tiempo es lo más simple [Time is the Simplest Thing - es]». Краткое содержание книги:

Llegó un momento en que el hombre tuvo que admitir que no le sería posible alcanzar las estrellas. Lo había sospechado por los cinturones radioactivos de Van Allen, cuando fueron descubiertos por el sabio astrónomo que le dio su nombre, hasta que gradualmente, se llegó a su total certidumbre.
Pero el hombre, con su interminable ingeniosidad, resolvió el problema con el auxilio de los telépatas, y con la ayuda de una gigantesca organización del más alto secreto, llamada “Anzuelo”, mediante la cual, los hombres podían lanzar sus mentes a las profundidades del espacio. Y en una de esas ocasiones, Sheperd Blaine, mientras exploraba su camino asignado por el “Anzuelo” tomó contacto con una criatura fantástica, sin forma, omnisciente, una amsitosa Cosa de Color de Rosa que le dijo: “Intercambio mente con la tuya”.
1 ... 32 33 34 35 36 37 38 39 40 ... 62
Перейти на страницу:

Mirando por encima del hombro de Harriet, vio a Godfrey Stone de cara al suelo, caído sobre el pavimento.

XXI

Aunque no se hubiera inclinado sobre él, Blaine comprendió que Stone estaba muerto. Había en su cuerpo esparcido por el suelo una cierta pequeñez, una suerte de especial dimensión de la forma humana que hubiese rellenado su personalidad mientras vivía y que entonces había desaparecido para siempre. Entonces parecía que debería haber menos de los seis pies de cuerpo que Stone había tenido en vida de estatura y la quietud con que yacía por el suelo resultaba impresionante. Tras él Harriet había cerrado la puerta y echado los cerrojos de la estancia, mientras se le escapaba un sollozo incontenible.

Se inclinó para mirarlo por última vez y en la oscuridad pudo comprobar en el brillo del cabello, la parte en que la sangre había estado goteándole en el cráneo. Harriet cerró las contraventanas.

—Quizás ahora — dijo Blaine — podamos encender la luz.

—Un momento, Shep.

La chica encendió la luz de la estancia y con ella pudieron apreciar el terrible golpe que había destrozado el cráneo al infortunado Stone. No había necesidad de tomarle el pulso ni escucharle el ritmo cardíaco. Nadie podría haber sobrevivido con la cabeza destrozada de aquella horrible forma.

Blaine se echó hacia atrás, apretando los dientes, maravillándose de la ferocidad y quizá la desesperación que había dirigido el brazo que tan deliberadamente había producido semejante golpe.

Miró a Harriet y sacudió la cabeza lentamente, maravillándose de su calma y recordando que en sus días de periodista la muerte violenta no resultaba nada extraño para ella.

—Ha sido Finn — dijo ella, con voz apagada —. No el propio Finn en persona, sino alguien alquilado por él. O alguien que lo ha hecho voluntariamente bajo su inspiración. Uno de sus seguidores fanáticos. Hay mucha gente que haría cualquier cosa por él.

Harriet paseó a través de la estancia y se arrodilló cerca del cadáver con la boca cerrada en una fina línea y las facciones tensas, mientras una lágrima le corría por las mejillas.

—¿Qué haremos ahora? — dijo Blaine —. La policía, imagino.

Ella hizo un rápido signo de contradicción con el brazo.

—Nada de policía — advirtió Harriet —. No podemos permitir vernos envueltos en este asunto. Esto sería exactamente lo que Finn y su canalla desearían. ¿Qué te apuestas a que alguien ha telefoneado ya a la policía?

—¿Quieres decir el mismo asesino?

—Con toda certeza. ¿Por qué no? Basta simplemente que una voz llame y diga que un hombre ha sido asesinado en el número 10 del Motel Plainsman, y que cuelgue rápidamente.

—¿Para ponernos en el atolladero?

—Para poner a quienquiera que estuviese con Godfrey. Ellos deben saber exactamente quienes somos. Aquel médico…

—No sé — repuso Blaine — Bien pudiera ser.

—Escucha, Shep. Estoy segura, por todo lo ocurrido, que Finn está en Belmont.

—¿Belmont?

—El pueblo donde te encontramos.

—Así es, pues, como se llama…

—Hay algo que ha debido ocurrir aquí — dijo ella —. Algo importante. Estaba Riley, y el camión y…

—¿Pero qué vamos a hacer?

—No podemos dejarles que encuentren aquí a Godfrey.

—Podríamos acercar el coche hasta aquí y sacarle por la puerta trasera.

—Habrá probablemente alguien acechando. Y entonces acabarían con nosotros igualmente. La chica se golpeó las manos desesperadamente.

—Si Finn tiene ahora las manos libres — dijo — pondrá en marcha cualquier cosa que haya planeado. No podemos dejarle que nos deje fuera de combate. Tenemos que conseguir detenerle, sea como sea.

—¿Nosotros?

—Tú y yo. Tú irás sobre los mismos pasos de Godfrey. Ahora es a ti a quien corresponde.

—Pero yo…

Los ojos de la chica centellearon repentinamente.

—Tú eras su amigo y oíste su relato y su historia. Y le dijiste que estabas con él.

—Claro que lo dije — repuso Blaine —. Pero me he quedado frío. No conozco apenas nada de todo esto…

—Detén a Finn — dijo ella —. Descubre qué es lo que está haciendo y paraliza su actuación sobre la marcha. Lucha con una acción retardada…

—Ya estás tú y tus ideas militares. Tus acciones retardadas y tus líneas de retirada. (Toda una hembra vestida de general con unas enormes botas de montar y un enjambre de medallas y condecoraciones colgando de un pecho ostentoso.)

—¡Suprime eso!

—Eres una chica periodista. Y tú eres objetiva…

—Shep — dijo Harriet —. Cállate. ¿Cómo puedo yo ser objetiva? Yo creía en Godfrey. Creía en todo cuanto estaba haciendo.

—Y supongo que yo también. Pero todo es tan nuevo, tan rápido…

—Quizá sería lo mejor dejarlo todo y correr…

—¡No! Espera un momento. Si lo abandonamos todo y huimos, estaríamos fuera de todo ello, tan seguro como que nos cogerían aquí.

—Pero, Shep, no hay ningún camino.

—Tiene que haberlo — le dijo a Harriet —. ¿No hay una ciudad cerca de aquí que se llama Hamilton?

—Pues claro que sí. A una o dos millas solamente. Abajo, por el río.

Blaine pareció repentinamente haber tomado una decisión. Miró a su alrededor. El teléfono estaba en la mesita de noche, entre las dos camas.

—Qué…

—Un amigo — dijo Blaine —. Alguien a quien encontré en el viaje. Alguien que podría ayudarnos. ¿Dices que sólo está a una o dos millas de distancia?

—Sí, Hamilton está a esta distancia.

Blaine se dirigió rápidamente hacia el teléfono y marcó el número de la centralita.

—Quiero un número de Hamilton, por favor.

—¿Qué número, señor?

—El 2-7-6.

—Le llamaré en seguida.

Volvió la cabeza hacia Harriet.

—¿Está oscuro en el exterior?

—Lo estaba cuando he cerrado las contraventanas.

Blaine sintió la señal de llamada en el teléfono.

—Necesitarán alguna oscuridad — dijo — No podrán venir así.

—No lo sé — dijo Harriet —. Quién sabe lo que pueden hacer…

—¡Alló! — dijo una voz en el otro extremo del teléfono.

—¿Está Anita ahí, por favor?

—Sí, está en casa — dijo la voz —. Un momento. Anita, es para ti. Un hombre.

—¡Alló! — repuso la alegre voz de la chica —. ¿Quién es?

Y la conversación continuó telepáticamente.

—Blaine. Sheperd Blaine. ¿Me recuerdas? Cuando estaba con el hombre que tenía el revólver con las balas de plata.

—Sí que lo recuerdo, perfectamente.

«Y era verdad, pensó Blaine. No era nada que hubiese imaginado. ¡Era posible usar la telepatía por el teléfono!»

—Me dijiste que te avisara si necesitaba ayuda.

—Sí, te lo dije.

—Ahora la necesito. (Un cuerpo en el suelo, el coche de la policía a toda máquina por la carretera, la luz roja intermitente y las sirenas aullando, el anuncio que marcaba el lugar del Motel Plainsman y el número del apartamento en la puerta.) Mi palabra de honor, Anita. Es una situación urgentísima y apurada. No puedo explicártelo ahora. No pueda dejarles que lo encuentren ahora aquí.

—Nos lo llevaremos de tus propias manos.

—¿Prometido?

—Seguro. Esta noche estaréis con nosotros.

—¡De prisa!

—Ahora mismo. Voy a buscar a otros camaradas.

—Gracias, Anita. — Pero la chica, ya se había marchado.

Blaine dejó el receptor, mirándolo fijamente una vez puesto en la horquilla.

—He captado parte de todo eso — dijo Harriet —. Parece imposible.

1 ... 32 33 34 35 36 37 38 39 40 ... 62
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)