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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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– Compórtate -le dijo mientras se ponía de pie.

Max tomó la cantimplora, una caja de frutos secos, una manzana y una bolsa de galletas Ritz. Lola se quedó con un trozo de Camembert, una manzana, una caja de galletas y un apetito que, de pronto, no tenía nada que ver con la comida.

CAPÍTULO 8

Todavía no era mediodía, pero el sol estaba alto y calentaba los brazos y la espalda de Lola. Terminó de lavarse los pies y los brazos y hurgó en su bolso de Luis Vuitton hasta que encontró su pequeña polvera. Con el diminuto espejo se estudió con detenimiento el rostro, por partes. Tenía un aspecto espantoso, así que rebuscó otra vez en el bolso hasta que encontró sus utensilios básicos: unas pinzas, una pequeña botella de leche hidratante Estée Lauder, rímel, colorete y brillo de labios de color rosa. Mientras se depilaba algunos pelos del perfecto arco que formaban sus cejas, se dijo a sí misma que no se estaba acicalando para Max.

Eso fue lo que se dijo a sí misma, aunque no con mucha convicción, porque el solo recuerdo de los besos de él le provocaba un agradable cosquilleo en la espalda y le encendía las mejillas, como si volviese a tener dieciséis años y le gustara Taylor Joe McGraw, el capitán del equipo de baloncesto. Taylor Joe nunca se enteró de que ella existía, pero Max sí. Se lo hacía saber cada vez que posaba los ojos en ella. Desde los catorce años se había dado cuenta de que los chicos -y de mayor, los hombres- la miraban. Pero Max era diferente. Sus ojos expresaban algo más profundo, más oscuro y fascinante, como todo lo pecaminoso y lo prohibido. Y Lola siempre había tenido debilidad por lo pecaminoso.

Se aplicó rímel en las pestañas hasta que cobraron un aspecto más denso y, luego, se puso el colorete y el brillo de labios. Cuando hubo acabado de maquillarse, dejó los cosméticos a un lado y observó los pinos y los altos matorrales. Un insecto se le acercó al rostro y lo espantó con una mano. Estaba segura de que era martes, pero habían ocurrido tantas cosas desde el sábado por la noche que parecía que hubiese transcurrido un mes.

De repente, Baby ladró a dos libélulas y estuvo a punto de caerse al agua, pero Lola lo agarró a tiempo. Advirtió que el sol ya estaba encima de su cabeza y pensó que debía de haber pasado una hora ya y que Max todavía no había vuelto. Se levantó, recogió sus cosas de la hierba y se trasladó a un agradable lugar situado detrás de unos arbustos, justo debajo de un pino. Extendió el chal en el suelo, y ella y Baby se sentaron a comerse las galletas y el queso.

Por primera vez en varios días, Lola se encontraba sola con su perro. Ahora que no tenía a Max a su lado, prometiéndole que volvería a casa, empezó a imaginar una vida de reclusión en esa isla. Una severa dieta a base de reptiles y pescado. Los tres solos, cada vez más viejos y locos. Max con un aspecto tan desastroso como el de Tom Hanks en Náufrago. Ella con la pinta de Ginger en La isla de Gilligan.

Lola sintió que el corazón se le aceleraba y tuvo que luchar contra el pánico para no perder el conocimiento. Ni siquiera hacía una semana que había desaparecido. Si alguien la estaba buscando (y estaba segura de que su familia la estaba haciendo), seguro que todavía faltaban algunos días para que se abandonase la búsqueda. Lola inspiró profundamente y dejó salir el aire despacio. Se esforzó por desterrar el pánico de su mente.

Cuando consiguió tranquilizarse un poco, se preguntó qué estaría entreteniendo a Max durante tanto tiempo. Su imaginación empezó a deambular de una posibilidad catastrófica a otra. Temió que se hubiera roto una pierna o que se hubiese despeñado por un acantilado. Debería haber ido con él. ¿Y si él la necesitaba?

Entonces recordó que se trataba de Max, un hombre capaz de cuidar de sí mismo y de todos aquellos que estuviesen bajo su protección. Si se rompía una pierna, seguro que se las apañaría para entablillársela y seguir adelante.

Lola tomó a Baby en brazos y le rascó el pecho. Hacía tan poco tiempo que conocía a Max que no se explicaba cómo había llegado a conocerlo tan bien, cómo se había convertido en alguien tan importante para ella. Lola nunca había necesitado a un hombre antes. Sí, había deseado a algunos. Pero nunca los había necesitado.

Si, por cualquier razón, Max no se encontraba en la isla, Lola y Baby encontrarían sin duda la manera de encender un fuego y asar una iguana. Así que, ¿a qué venían esas palpitaciones sólo por pensar en la posibilidad de perder a Max? ¿Por qué se sentía como si él fuera algo imprescindible en su vida?

Miró a los acuosos ojos de Baby y dio con la respuesta: síndrome de Estocolmo. Tanto ella como Baby sufrían un caso agudo.

Lola oyó un ruido en el matorral que había a su espalda y se giró. Baby ladró tres veces y Max apareció entre el follaje.

– No es precisamente un perro guardián -comentó mientras emergía del arbusto y se quedaba de pie delante de Lola.

Lola notó una extraña calidez en el pecho, al lado del corazón, en la boca del estómago. Levantó la vista hacia él y casi se avergonzó de la alegría que sentía de volver a verlo. Max se quitó la camisa por la cabeza, y a Lola la calidez se le extendió por todo el cuerpo y le endureció los pezones. Max se enjugó el sudor de las sienes y se frotó el pecho con la camiseta. El fino vello se le rizó y Lola fijó la vista, fascinada, en una gota de sudor que le bajaba por el vientre y se le introducía por la cintura de los téjanos.

– ¿Encontraste el faro? -preguntó Lola apartando la mirada.

Lola no creía en el amor a primera vista. O a segunda vista. Ni siquiera creía en el amor que surgía al cabo de unos días, sobre todo si, durante dos de esos días, el objeto de su deseo la había mantenido aterrorizada. Esa súbita atracción hacia Max no era lógica. No tenía ningún sentido. El síndrome de Estocolmo no tenía sentido.

– No.

Esa palabra hizo que la mirase de nuevo.

– ¿Qué hacemos ahora?

– Encenderemos una hoguera grande. Seguramente alguien verá el humo -contestó Max-. En la parte oeste hay varios nidos de pájaros. -Bajó los ojos hasta los labios de ella-. Unos cientos, posiblemente.

– ¿Qué? -¿Es que mientras ella había estado preocupándose por él había estado observando pájaros?- ¿Has estado contando pájaros mientas Baby y yo estábamos aquí sentados?

Max enarcó la vista de nuevo.

– Yo no he dicho eso.

– ¿No crees que eso es poco considerado?

Max levantó una ceja.

– ¿Qué?

Lola dejó a Baby en el suelo y se cruzó de brazos.

– ¿No se te ha ocurrido pensar que Baby y yo podíamos estar preocupados por ti?

– No. -Max tiró la camisa encima de la bolsa de lona y se arrodillo delante de Lola apoyándole uno de sus fuertes brazos en el muslo. El árbol que tenían por encima de sus cabezas proyectaba su sombra sobre el rostro de Max y sobre sus hombros desnudos. Ese día no llevaba el vendaje alrededor de las costillas, y los morados se apreciaban claramente en la piel bronceada-. No creo que a tu perro le preocupe gran cosa aparte de la próxima comida.

– Eso no es verdad.

En ese momento, el perro saltó sobre la bolsa de lona, dio tres vuelta encima de ella y se tumbó a echarse una siesta.

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