Lola Lo Revela Todo
- Автор: Гибсон Рэйчел
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
Cuando los primeros rayos de sol penetraron al fin por las ventanas, Max la tendió en el suelo, le colocó un cojín debajo de la cabeza y salió a comprobar los daños que había sufrido el barco.
Por segunda vez desde que había puesto un pie en el Dora Mae, Lola se despertó después de pasar una noche infernal convencida de que iba a morir. Oyó que la puerta de la cocina se abría y se incorporó apoyándose en los codos. Lo primero que notó fue la absoluta falta de movimiento. El yate estaba inclinado hacia la izquierda, pero totalmente quieto. La luz del sol entraba por las ventanas y daba en los hombros de Max, que estaba de pie en la puerta. Ya no llevaba puesto su chaleco salvavidas.
Lola se puso de pie y echó un vistazo a Baby, que estaba dormido en el sofá. Se quitó el chaleco salvavidas, la tiró al suelo y siguió a Max al exterior. Se protegió la vista con una mano y miró a la luz matutina. A unos cien metros se abría un paisaje de arena dorada, palmeras imponentes, acantilados recortados y vegetación espesa. Algunas palmeras y pinos caribeños, derribados por la tormenta, se encontraban medio sumergidos. El Dora Mae había embarrancado en una bahía poco profunda de aguas turquesas.
– ¿Dónde estamos?
– No lo sé.
– ¿Crees que hemos llegado a una isla? -se preguntó en voz alta-. ¿O quizás a la punta de Florida? -añadió, con esperanza.
Max señaló los acantilados y los peñascos que había a su izquierda.
– Eso no parece Florida. -Max también se puso la mano sobre los ojos, a modo de visera-. Se supone que hay setecientas islas en las Bahamas. Creo que hemos llegado a una de ellas.
– ¿Crees que puede haber un Club Med al otro lado? O, a la mejor, es una de esas islas remotas que pertenecen a algún rico y farnoso.
Max bajó la mano con que se protegía la vista.
– Quizá de alguno de tus amigos.
Ella no tenía amigos que fueran propietarios de islas.
– Sólo hay una manera de averiguarlo.
Max se dirigió a la plataforma de baño y, una vez allí, ató con una cuerda el bote salvavidas a la parte trasera del yate. Max tiró de una cuerda de nailon unida al bote y éste se hinchó en cuestión de segundos. Con la misma rapidez, el aire silbó por varios puntos y unas burbujas subieron a la superficie desde debajo del bote.
– ¡Mierda!
Max cruzó los brazos y frunció el ceño. El bote se hundía a ojos vistas.
– Bueno, supongo que fue una suerte que no tuviéramos que abandonar el barco ayer por la noche. No queda más remedio que nadar. -Max se volvió hacia Lola y añadió-: ¿Crees que serás capaz?
– Sí.
Lola no tenía intención de dejarse llevar por el pánico ni de hiperventilar, así que estaba segura de que podría nadar hasta la playa.
Juntos, reunieron comida y el equipo necesario para explorar la isla. Lola se cambió de ropa y se puso el vestido con estampado de frutas. Encontró un par de zapatillas sin cordones que se le caían de los pies. Max, con la cinta adhesiva en las manos, se arrodilló delante de ella.
– ¿Qué pasa si me convierto en una princesa? -preguntó Lola mientras él le pegaba la cinta alrededor de la zapatilla para sujetársela al pie. Max levantó la mirada por su tobillo y su rodilla, hasta el dobladillo del vestido.
– ¿Qué?
– Como Cenicienta.
Max la miró y luego tomó el otro pie.
– Entonces yo soy el Príncipe Encantador.
¿El Príncipe Encantador? No, pero estaba cogiéndole cariño. Cuando los zapatos estuvieron bien sujetos, Lola se cepilló los dientes y el pelo. Luego, le ofreció el vaso con el cepillo de dientes a Max. Sin pronunciar palabra, él lo utilizó. Cuando hubo terminado, metió el bolso de Lola y el saco de lona con los alimentos en una bolsa de basura y la hinchó soplando. La ató tan fuerte como pudo y los tres, Max, Lola y Baby, saltaron por la popa al agua. La espuma de poliestireno atada a los costados del perro le permitía flotar con facilidad.
Las tranquilas y cálidas aguas de reflejos azules no tenían nada que ver con la tempestad de la noche anterior. Estaban tan en calma que costaba creer que perteneciesen al mismo océano que por poco les arrebata la vida.
Cuando llegó a unos seis metros de la playa, Lola hizo pie y avanzó andando entre las olas. Éstas le acariciaban con suavidad las pantorrillas cuando ella recogió a Baby y lo llevó en brazos hasta la orilla. La arena estaba cubierta por los residuos de la tormenta y, cuando Lola dejó a Baby en el suelo, éste corrió a investigar los restos de una palmera caída.
Lola no sabía si la isla estaba habitada o si, simplemente, habían salido de una situación mala para meterse en otra peor. Pero resultaba tan agradable estar en tierra firme que, de momento, no le importaba.
Tenía frío, estaba empapada y, de repente, le entraron ganas de tumbarse sobre la arena y besarla. En lugar de eso, se puso de rodillas sobre la húmeda arena y levantó la cara hacia el sol. La noche anterior había rezado para que un barco los rescatase, pero éste no había aparecido. Quizá Dios le estaba ofreciendo una forma distinta de salir del Dora Mae. Otra oportunidad de ser rescatada.
Al sentir el calor del sol en el rostro y el viento fresco en los pulmones, una intensa emoción le nació en el pecho. Estaba viva. La noche anterior se había temido en varias ocasiones que no vería salir el sol. En varias ocasiones había estado apunto de caer en la histeria, pero Max la había impedido con el contacto de su mano y el tono tranquilizador de su voz en la oscuridad del barco.
Después de todo lo ocurrido, ella y Baby estaban vivos todavía, pese a que habrían podido ahogarse con facilidad. Lola inspiró con fuerza y espiró lentamente. Ahora que todo había acabado, dirigió un breve agradecimiento a Dios y sintió una confortable calidez interna, como si estuviese viviendo una experiencia religiosa. En realidad nunca había vivido una, pero de niña había visto a varios feligreses en éxtasis. Si no de una experiencia religiosa, sí se trataba de un momento maravilloso, porque se sentía viva y notaba el vestido mojado pegado a su piel y la arena dentro de los zapatos y entre los dedos de los pies.
Max abrió la bolsa de plástico y dejó caer el bolso al lado de Lola.
– Vamos, Lola -ordenó, estropeando ese momento.
– ¿No podemos sentarnos un poco para disfrutar el regreso a tierra firme?
– No. -Max abrió la bolsa de lona y le dio el chal-. La luz del sol quema.
– ¿Quién eres? ¿John Wayne? -Lola escurrió el agua del vestido la mejor que pudo y luego se envolvió con el chal-. Y tú tienes que cortarle las alas acuáticas a Baby antes de que vayamos a ningún lugar -agregó, poniéndose en pie.
– ¿Las qué?
– El poliestireno.
– Ven aquí, B.D. -le dijo Max al perro, que se encontraba con la pata levantada al lado de una palmera. Al oír la voz de Max, Baby corrió hasta sus pies.
– ¿Cómo la has hecho? -Lola sostuvo al perro mientras Max le quitaba los trozos de poliestireno de los costados-. Nunca viene a la primera cuando yo la llamo.
– Sabe que yo soy el perro dominante -contestó Max.
Su cabeza inclinada rozó la nariz de Lola. El pelo se le había rizado y olía a él, una mezcla de jabón, mar y Max. Él levantó la vista hasta los labios de Lola y sus manos se detuvieron. Por un momento, Lola entrevió el deseo en esos bonitos ojos azules. Pensó que él iba a besarla y levantó la mano para enredar los dedos en su cabello. Pero él apartó la mirada y ella volvió a bajar la mano. Estaba decepcionada y confundida. Después de todo la que habían pasado juntos la noche anterior, sus sentimientos hacia él se habían hecho más profundos. Lola admiraba su fortaleza; no sólo la fortaleza física que la impulsaba a confiarle su seguridad y la de Baby, sino también la fortaleza de carácter. Max tenía sentido del honor. Nunca rehuiría su responsabilidad ni traicionaría la confianza depositada en él. Max nunca la utilizaría para hinchar su ego o para vender fotos donde apareciese desnuda.