Lola Lo Revela Todo
- Автор: Гибсон Рэйчел
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
Lola no lo amaba, pero Max tenía muchas cualidades admirables. No, no lo amaba, pero cuando la miraba como si se la fuera a comer, el estómago se le encogía y su mente fantaseaba con la forma que tendría su trasero bajo los tejanos.
Baby soltó un gañido, llamándole la atención.
– Sé un buen chico ahora -le dijo mientras Max le quitaba el resto de la cinta-. Eres un perro muy valiente -lo felicitó una vez que quedó liberado de las alas.
Max murmuró algo en español mientras tiraba la bolsa de plástico poliestireno dentro de la bolsa de lona. Por el tono de voz, Lola dedujo era mejor no pedirle que lo tradujera. Los tres iniciaron la marcha en dirección a la densa arboleda.
– ¿Hacia dónde nos dirigimos? -preguntó Lola mientras se cambiaba a Baby de brazo y se colgaba el bolso del hombro.
– Hacia arriba -fue toda la información que le dio Max.
Lola lo siguió y pasaron entre dos palmeras. En pocos minutos se encontraron rodeados por la vegetación y tuvieron que caminar en fila. Unos recios helechos rozaban las pantorrillas de Lola. Max se detuvo varias veces para tenderle la mano.
Baby saltó de los brazos de Lola y salió corriendo en pos de una iguana. Lo llamaron para que volviera pero, por una vez, no hizo caso al perro dominante y Max tuvo que ir tras él. Cuando finalmente la atrapó y la llevó de regreso, abrió el bolso de Lola y lo metió dentro.
– Creí que sabía que tú eras el perro dominante -le recordó Lola mientras Max cerraba el bolso a medias.
Max frunció el ceño y miró con dureza a Baby.
– Tu perro tiene un grave problema de oído.
Lola ni siquiera intentó disimular la sonrisa.
– O quizá no seas el perro dominante.
– Querida, no hay ninguna duda acerca de quién es el perro dominante aquí.
– Ajá. Quizá yo sea el perro dominante.
Max se apartó un poco y se enjugó el sudor de la frente con el dorso de la mano.
– Sé que te gustaría creer que lo eres, pero no tienes el equipo necesario para ser el perro dominante.
Lola no creía que se refiriese al equipo que llevaban en la bolsa de lona. Era tan pretencioso y tan machista.
– ¿De qué equipo se trata? -preguntó con una risotada.
– Creo que ambos lo sabemos. -Max le paseó la vista por los botones del vestido, por encima de los pechos y hasta por el manojo de fresas estampadas encima de la ingle-. 0 quizá necesitas que te lo enseñe -añadió con un brillo de picardía en los ojos azules.
– Paso.
Max: se encogió de hombros, como diciendo «tú te la pierdes». Ambos empezaron a subir entre arbustos de guayaco de pequeñas flores púrpura y Lola se preguntó qué haría Max si ella le metiese la mano en el bolsillo trasero y le permitiera atraerla hacia sí. Los pájaros tropicales cantaban y se llamaban entre ellos por encima de sus cabezas. Llegaron a un pequeño arroyo que Max cruzó primero.
– Quédate ahí -le indicó. Depositó la bolsa de lona en el suelo y regresó a ayudar a Lola, con un pie a cada lado del riachuelo. Lola habría podido cruzarlo sola, pero cuando él le tendió la mano, ella se la dio tal como había hecho la noche anterior y esa mañana. Cuando las palmas de las manos entraron en contacto, un cosquilleo le subió por la muñeca. Lola saltó el arroyo y Max clavó los ojos en ella. Ahí estaba otra vez: ese oscuro deseo en los ojos luminosos y azules que no podía ocultar. Un anhelo que despertaba pasión en lo más profundo del estómago de Lola.
Max le soltó la mano y miró a otro lado.
– ¿Te pesa el perro?
Baby pesaba unos dos kilos y medio, pero después de cargar con él durante un rato, empezaba a dolerle el hombro.
– Un poco.
Max agarró el bolso de Lola y se lo colgó a la espalda. A continuación recogió la bolsa de lona y echó a andar de nuevo. Lola deseó tener una cámara para hacerle una foto a Max transportando el bolso con Baby, que asomaba la cabeza y llevaba el collar de puntas metálicas que le daba un aspecto tan fiero. Max Zamora llevando a cuestas al perro que había querido arrojar al Atlántico. De alguna forma, bajo ese aspecto duro y esos músculos desarrollados, Max era como un gatito.
Baby decidió que ése era el mejor momento para soltar un ladrido y empezar a forcejear para salir del bolso.
Max colocó su pesada mano encima del perro.
– Si me obligas a perseguirte otra vez, B.D., dejaré que esa iguana te coma.
Bueno, quizá no fuese un gatito, pero tampoco era el tipo malo por el que quería hacerse pasar.
Tardaron diez minutos más en llegar a la parte más alta de la isla, una explanada impresionante en la que crecían muchos pinos caribeños y una rica vegetación. Se dirigieron a uno de los extremos y miraron hacia abajo. La parte posterior de la isla parecía menos hospitalaria que la parte delantera, con sus abruptos acantilados y laderas verticales. Pinos y palmeras. No habla ningun Club Med. No había ninguna celebridad descansando en su isla privada. Sólo kilómetros de océano y un cielo infinito.
Se abrieron paso entre los matorrales hasta el centro de la explanada y descubrieron una laguna. La fuente de agua fresca se encontraba rodeada de pinos y hierba alta. El agujero tenía unos quince metros de diámetro y la superficie del agua se rizaba bajo la brisa.
Max depositó el bolso y la bolsa de lona en el suelo, y Baby aprovechó para estirar las patas. Max se arrodilló encima de una roca de la orilla, ahuecó las manos y bebió.
– ¡Joder, está fría! -exclamó mientras Lola se sentaba a su lado.
De la bolsa de lona, Lola sacó una cantimplora que habían llenado agua del grifo.
– ¿Tienes idea de qué hacer ahora? -le preguntó.
Todavía tenía la parte trasera del vestido y el corpiño mojados, así que dejó caer el chal a la altura de la cintura con la esperanza de que la brisa la ayudara a secarse.
– Exploraremos un poco más y luego encenderemos una buena hoguera. Después de la tormenta de anoche, debe de haber aviones de rescate sobrevolando la zona.
– ¿Qué tal un faro? -inquirió Lola-. Lo vi en una película con Anne Heche y Harrison Ford. Se encontraban atrapados en una isla y buscaban un faro para destruirlo. Entonces se suponía que alguien iría a arreglarlo y los rescataría.
– ¿Un faro de navegación?
– Sí, creo que era eso.
Lola se quitó los zapatos y observó sus pies sucios. Sacó una pastilla de jabón del bolso y se deslizó hasta el extremo de la roca.
– Debería encontrarse en la parte más alta de la isla y sin vegetación alrededor -dijo Max.
Se puso de pie y miró en torno así con los brazos en jarras. Los dedos extendidos apuntaban a la entrepierna.
– Quizás hacia allí -dijo, señalando al oeste,
Lola apartó la vista de él e introdujo los pies en el agua fría.
– Ve tú. Baby y yo nos quedaremos aquí esperándote.
– ¿Estás segura?
Lola asintió y se restregó los pies con el jabón.
– Baby necesita un descanso.
Max rió y, de nuevo, se hincó a su lado. Le tomó la barbilla con la mano y le levantó el rostro hacia él.
– Muy bien, si Baby necesita un descanso… -le susurró muy cerca de los labios.
Lola no estaba segura de que se refiriese a Baby. Con tanta naturalidad como si la conociese desde siempre, Lola se acercó y entreabrió los labios junto a los de él. La lengua de Max le hizo el amor delicadamente a la suya. El beso fue tan suave y cálido que Lola notó un calor intenso en su interior. Dejó caer el jabón al suelo y llevó una mano a la hirsuta mejilla de Max, Dejó correr los dedos por el pelo corto y recio, pero él se apartó y el beso terminó antes de la que ella esperaba.