En el tiempo de las Hogueras
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En el tiempo de las Hogueras». Краткое содержание книги:
El monje escriba Michel es el encargado de obtener su confesión antes de que sea condenada a la hoguera. Sin embargo, a medida que la abadesa avanza en su relato, Michel se va sumergiendo en un mundo mágico donde se enfrenta al bien y al mal, y en su corazón irá creciendo la imagen de una mujer santa, valiente y noble.
Su aspecto era despiadado y desapasionado como el de una piedra, o el de la muerte, pero no me dieron miedo, porque estaba claro que se trataba de centinelas enviados para custodiarnos, y que nos obedecerían si les dábamos órdenes.
Más allá del consuelo del círculo se cernía una plétora de seres oscuros e informes, ansiosos por adoptar cualquier forma impresa en ellos, y otros ansiosos por pegarse como líquenes a los que carecían de voluntad para rechazarles.
Pronto perdí mi interés por ellos, porque Noni se volvió hacia nosotros, una representante viva de la Diosa, cuya estatua se alzaba a nuestras espaldas. Su rostro era radiante, tenía las manos y los brazos extendidos en el mismo gesto acogedor que he visto en muchas estatuas de María. El brillo que emanaba de ella, de su interior, hirió mis ojos, pero la visión era demasiado hermosa para apartar la vista.
Hasta Justin y Mattheline estaban extasiados, aunque no cabía duda de que habían visto a la Diosa en mi abuela muchas veces.
– ¿Qué me piden mis hijos? -preguntó Ana Magdalena.
Mattheline hizo una reverencia.
– Mi hija -dijo con sincera reverencia-, mi Clotilde, está enferma. Deseo que sane.
En respuesta, mi abuela extendió las manos, invitando a Mattheline, a mi derecha, y a Justin, a mi izquierda, a que cogieran mis manos.
Al punto sentí una chispa, como se siente a veces en invierno cuando reina un ambiente seco, y ambos me transmitieron una corriente, como el hormigueo del rayo antes de tocar la tierra. La sensación se intensificó cuando empezamos a caminar poco a poco de lado, de forma que nuestro pequeño círculo dentro de otro círculo empezó a moverse en la dirección de las manecillas del reloj. Ana Magdalena nos guiaba, aumentaba paulatinamente el ritmo y cantaba en voz baja palabras que yo no comprendía, salvo una frase:
Diana, Diana, la bona Dea…
Los demás la corearon y yo les imité como pude, hasta que Mattheline acercó su cara a la mía y repitió el cántico poco a poco, y luego me lo explicó:
– Estamos imaginando un gran cono blanco con la punta en el centro de nuestro círculo. Se hará cada vez más fuerte, hasta que lo enviemos a mi Clotilde.
Y en verdad, eso es lo que vi: un vórtice de luz blanca, que giraba cada vez más rápido, a medida que nosotros bailábamos cada vez más rápido. La noche era fría, pero no tardamos en empezar a sudar, no por culpa del baile sino debido al increíble calor generado por el cono, y nuestra voz continuaba ascendiendo hasta que pensé que no podría lograrlo más, pero lo hizo.
El calor, la corriente de energía y el cántico que vibraba en todo mi cuerpo habían llegado a ser casi insoportables, como en un éxtasis. Para entonces, el cono había aumentado tanto de tamaño y anchura que perforó la parte superior de nuestro globo azul y nos envolvió, y tan opaco que no podía ver a Noni frente a mí.
En aquel momento oí el grito de mi abuela.
– ¡Ahora!
Nuestro baile cesó con una exclamación colectiva y nos derrumbamos unos contra otros. Noni, Justin y Mattheline levantaron los brazos al aire (alzando al mismo tiempo los míos). Al instante, la energía que almacenábamos salió despedida hacia arriba. El cono partió hacia el cielo nocturno en busca del bebé de Mattheline.
Y lo localizó: lo Vi girar a través de nuestra aldea, entrar por la parte superior de la puerta de una casa, donde una niña de pocos meses dormía un sueño intranquilo sobre una amplia cama de paja. Estaba pálida y enferma, calva como un recién nacido, con piel amarillenta y mejillas hundidas, y sombras bajo los ojos demasiado grandes para una cara tan diminuta. El cono de luz la envolvió, como la ballena había tragado a Jonás. Poco a poco, su persona absorbió la luz, hasta que pareció brillar por dentro, y un tono rosado, como el de una manzana, sustituyó al color amarillo de su piel. Mientras yo miraba, emitió un leve suspiro y se sumió en un sueño profundo y reparador.
Los demás no Vieron, pero tenían los ojos brillantes, el rostro sonrosado y alegre. Todos estábamos agotados y sudorosos debido a la experiencia. Yo también me sentía jubilosa, porque había experimentado el poder de la Diosa de una nueva forma.
No fue el único hechizo que hicimos esa noche. Noni había llevado sus hierbas al círculo, que comimos cargadas de poder mágico, con la intención de que la Diosa ayudara a nuestro pueblo durante el otoño y el invierno.
También elevamos plegarias y súplicas, por mediación de los cánticos de Noni. Por fin, Ana Magdalena se encaminó a las cuatro esquinas de nuestro círculo y empezó a despedir a nuestros guardianes, uno por uno. Me sentía decepcionada, porque nunca había experimentado tal libertad en la Visión, ni la presencia de la Diosa de una forma tan constante. Quería que el círculo no acabara nunca.
En el preciso momento en que el gigante amarillo se volvía para marcharse, vislumbré un globo de luz blanca un poco más allá, fijo como un faro, que me llenó de una alegría inexplicable, porque sabía que me estaba esperando a mí.
Pero cuando el guardián zafiro del oeste se alejó, vislumbré una columna del negro más oscuro…
No, utilizar las palabras «oscuro» o «negro» para describir lo que vi es denigrarlas a ambas. Pues sin el dulce alivio de la oscuridad y el negro enjoyado de la noche, llegaríamos a odiar la luz del día. Pero aquello era un vacío, ni luz ni oscuridad, sino la desolada ausencia de todo, de vida, de esperanza.
Y también me esperaba a mí.
Mis rodillas empezaron a temblar. Conseguí tenerme en pie, mientras Noni deshacía el círculo. Cuando despidió a cada guardián, y borró con el pie el último resto del arco grabado en la tierra (provocando que el globo azul y el anillo dorado se desvanecieran, junto con los demás seres sobrenaturales), pregunté:
– ¿El Círculo es siempre tan corto?
Mattheline se adelantó a Noni.
– No. A veces dura casi hasta el alba, pero tú no has iniciado el Camino y todavía desconoces sus secretos. Con el tiempo, tal vez dentro de un año…
– Su ceremonia de iniciación será dentro de una luna -dijo Noni, que ya no era la Diosa sino mi abuela, con una brusquedad que retaba a todo disentimiento.
Mattheline enarcó sus finas y pálidas cejas.
– ¿Un mes? ¿Por qué la nieta de la sacerdotisa espera un mes, cuando yo he esperado ocho y Justin nueve?
– Matthe -la reprendió Justin, al tiempo que apoyaba una mano en su hombro-. Ella es la sacerdotisa. Tiene derecho a…
Mattheline se calmó y no dijo nada más, pero una arruga de desaprobación perduró en su frente.
– Siempre has sabido que mi Sybille está doblemente dotada con la Visión -explicó Noni-. Toda su vida ha sido un adiestramiento en el Camino. La he traído hoy porque ya está preparada. Empezará con la siguiente luna.
No se dijo nada más aquella noche, hasta que Noni y yo nos despedimos de los demás y volvimos a través del prado. Al cabo de un rato de silencio, mi abuela dijo:
– Justin es un muchacho estupendo. No posee una Visión tan fuerte como madre, pero su gente es de la Raza.
– Los de Mattheline no -manifesté para ponerla a prueba.
Noni suspiró.
– Sí que lo son, las generaciones pasadas. La han perdido por culpa de matrimonios defectuosos. Aun así, se siente atraída hacia el Camino.
Hubo otro silencio. Noté que ciertas palabras colgaban en el aire entre nosotras, pero esperé el momento adecuado.
– Es tu destino, hija -dijo por fin Noni-, trascender nuestro pequeño Círculo. La peste ha aflojado su presa, pero se avecinan peligros mayores. Tu Visión es mucho más potente que la mía. Dentro de un mes tu magia también lo será. Cuando llegue ese momento…
– Pero ¿qué magia existe en el pueblo superior a la que he visto esta noche?
– La magia que anida en tu interior, Sybille. Tu destino aguarda en otra parte.
Hablaba con tanta dulzura y deferencia que me quedé anonadada. No obstante, sabía que lo decía con la mayor seriedad, porque pocas veces me llamaba por mi nombre francés cuando estábamos solas.