Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » El ocaso de la magia
El ocaso de la magia - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 56
Перейти на страницу:

Lyraan señaló hacia un punto el lo alto del muro.

—¡Allí! ¿No las veis?

—¿Ver qué?

El caballero agitó el dedo.

—¡Allí! ¡Esas marcas! Las que parecen hechas por una escalera de asalto.

Graybow dudaba que aquellas criaturas usasen algo tan mundano como una escalera de asalto para escalar un muro. Con un suspiro mostró su decepción y se cruzó de brazos. Cuando se disponía a expresar su opinión, lo volvió a invadir aquella molesta sensación de no poder recordar. Miró hacia arriba.

Las piedras, de un extraño color negro, mostraban dos muescas como provocadas por una escalera. Graybow pestañeó para quitarse de los ojos las lágrimas producidas por el intenso frío y aquel hedor insoportable. Examinando de nuevo el punto, negó con la cabeza.

—No puedo entender de qué se trata –dijo, entornando los ojos.

—Tal vez yo esté en lo cierto –manifestó Lyraan.

Graybow se encogió de hombros y avanzó hacia el muro. Golpeó las piedras del muro con los nudillos evitando las extrañas vetas plateadas. La piedra estaba fría y dura, y a pesar de su apariencia, se trataba sólo de piedra. Si el muro hubiese sido de algún otro material o hubiese crujido con sus golpes, tal vez habría podido encontrar otra pista que lo ayudase a defender el castillo en la inminente batalla.

Respiró profundamente a la vez que cerraba los ojos. El olor que se desprendía del suelo era intenso y continuaba trayéndole recuerdos de herrerías y mataderos de ganado. No había rastro de plantas ni tierra, ni cualquier otro olor que fuese normal en un castillo. Movió la cabeza, confundido, y sacó de nuevo su cuaderno de notas. Una de las primeras reglas de la investigación era la de anotar puntualmente todos los datos para luego extraer conclusiones. Comenzó a escribir.

—¿Qué opináis, señor? –quiso saber Lyraan.

—No sé qué pensar –replicó Graybow al acabar su anotación y guardar el cuaderno–. ¿Habéis encontrado otra marca similar?

El caballero negó con la cabeza.

—No, señor. Miraba al cielo casualmente cuando descubrí éstas.

—¿Llamamos a sir Oertrópolis y a sir Nigelle para que nos den su opinión? –sugirió Byron, que sujetaba con fuerza las riendas de los caballos.

Los otros dos caballeros continuaban su obediente vigilancia en lo alto de la montaña.

—Creo que sería mejor que se mantuviesen en sus puestos –repuso sir Graybow tras meditar por un momento–. Necesitamos que nos alerten en caso de que divisen algún ejército que se aproxime.

Además, cambiar de planes es siempre poco recomendable.

Sir Lyraan asintió y volvió junto a su hermano para agarrar las riendas de su montura. Graybow los oyó intercambiar impresiones sin llegar a comprender lo que decían, debido al relinchar de Tos caballos.

Alzando de nuevo la mirada hacia el muro, le costó localizar otra vez las marcas a causa de la escasez de luz. No acertaba a comprender el origen de aquellas marcas, pero el hecho de su presencia y su situación era suficiente para atraer su interés.

—Voy a subir a lo alto del muro –dijo sin volverse–. Tal vez pueda encontrar más pistas allá arriba.

Sir Byron le entregó las riendas a su hermano gemelo y soltó su maza de guerra de la silla.

—Permitidme que os acompañe, señor –pidió–. Tal vez los dos juntos podamos…

Sir Graybow alzó una mano para acallar al caballero y sonrió para sus adentros.

—No necesitáis convencerme de la ventaja de contar con dos pares de ojos –replicó, pensando que había ocasiones en que los de noble linaje actuaban como chiquillos nerviosos.

Al entrar de nuevo en el patio, sir Graybow examinó el mecanismo del rastrillo levadizo. No había luz suficiente para apreciar los detalles, pero suponía que las cuerdas que se ataban a los tornos de elevación estaban tan podridas como las de las catapultas. Se dijo que más tarde habría que investigar si el rastrillo había sido bajado y luego forzado hacia arriba y atascado, como solía suceder durante los asedios.

Sir Byron tosió, tapándose la boca con su guantelete y se cambió de mano la maza. El anciano se detuvo y, sin volverse, le prestó atención al joven caballero, quien se detuvo a su vez. El tintineo metálico de su cota de malla le indicó a sir Graybow que el caballero se balanceaba inquieto sobre los pies.

El alcaide estiró el cuello como si examinara las dependencias del castillo, lo que le dio tiempo para pensar. Comprendió que el caballero estaba nervioso y hacía lo que podía por disimular su miedo. La desolación, la oscuridad y el olor de aquel lugar debían de hacer mella en su temple. Tenían una misión, pero muy poco con que distraer sus mentes.

—Sir Byron, decidle a sir Lyraan que ate los caballos a cualquier cosa y que nos acompañe –indicó sir Graybow sin moverse–. Decidle también que traiga el libro y el estandarte.

El alcaide esperó a que regresaran sus dos acompañantes. No perdieron el tiempo; ataron a los animales a unos postes que había en el exterior del castillo, a pesar de las protestas de los caballos, y se unieron raudos a su comandante. Lyraan llevaba una pequeña lanza.

—Dispuestos, señor –dijo Byron–. He traído también cuerdas y estacas.

—Bien –aprobó sir Graybow. Ahora se daba cuenta de que era importante estimular la confianza de sus hombres, tanto para la misión que estaban llevando a cabo como para la batalla que pronto tendrían que librar. Si estaban demasiado impresionados por el aspecto desolado del castillo no reaccionarían con ímpetu ante la visión de las fuerzas abelaat. Él mismo no estaba seguro de cuál sería su reacción cuando divisara a las extrañas criaturas. El alcaide se aferró con fuerza a la empuñadura de Sabia e intentó disipar sus dudas, imaginándose algunas de las batallas que había vivido. Nadie, ni siquiera la baronesa, sabía nada del tiempo que había pasado en los pantanos de Karameikos luchando contra los muertos vivientes. No había visto un enemigo más espantoso que aquél; pero ahora no estaba seguro de que no existiese.

Graybow avanzó por el patio seguido de los dos caballeros, buscando el camino hacia las almenas. Las escaleras de mano que solían estar situadas cerca de los muros habían desaparecido, y las permanentes estaban destruidas o se habían derrumbado.

—Parece que tenemos problemas –comentó.

Sir Lyraan señaló hacia la torre que había sido reparada.

—¿Por qué no escalamos por el terraplén de tierra de ese lado de la torre? Da la sensación de que podríamos alcanzar el muro de un salto desde allí arriba.

—Excelente idea –respondió el alcaide, dirigiéndose a la torre.

Inspeccionó el terreno en busca de pistas que se le hubiesen escapado en su anterior incursión en el patio, pero no halló nada nuevo. Los caballeros hacían lo propio, aunque los nervios los traicionaban demasiado como para permitirles concentrarse.

La pendiente de tierra llevaba hasta la mitad de la torre, a una altura de unos quince metros, estimó el anciano. No tenía la menor idea de dónde habrían sacado los defensores del castillo tanta tierra para recubrir semejante brecha; no había rastros de excavaciones en ninguna parte del castillo. Los atacantes solían usar terraplenes de tierra para escalar los muros, pero aquella táctica la empleaban las civilizaciones menos avanzadas, que habitaban más al norte de Penhaligon. Graybow dudaba que los abelaat hubieran utilizado aquel medio para entrar en la torre; más bien sospechaba que algún proyectil de asalto de las criaturas debía de haber abierto un boquete, y que los hombres de Melios se habían visto obligados a recubrirlo de tierra. Si éste era el caso, los abelaat habían disparado el proyectil mucho antes de que comenzara el asalto, puesto que los defensores habían contado con el tiempo necesario para construir el terraplén.

—Sugiero que me permitáis investigar primero –dijo sir Byron y, dejando caer al suelo la bolsa de estacas, sopesó el martillo en ambas manos y comenzó a subir la pendiente.

1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 56
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)