Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
Durante un mes, todo el mundo propagó relatos sobre la noticia, y, en sus conversaciones, saboreaban la futura humillación de Fata, como un delicioso néctar. Y, durante un mes, se hicieron preparativos en Nezuka y en Veli Lug.
Durante un mes. Fátima trabajó con sus amigas, con sus familiares y sus criados, para preparar su equipo. Las muchachas cantaban. Ella también cantaba. Encontraba incluso fuerzas para ello. Y se escuchaba a sí misma, mientras seguía el curso de sus pensamientos. Porque, a cada puntada que daba, aumentaba su seguridad de que ni ella ni sus bordados llegarían a ver Nezuka. No lo olvidaba un instante. Pero, trabajando y cantando, tenía la impresión de que había una gran distancia entre Veli Lug y Nezuka y que un mes era mucho tiempo. Por la noche le sucedía lo mismo; cuando, pretextando haber terminado un trabajo, se quedaba sola, el mundo se abría ante ella, rico, pleno de luz y de felices mutaciones.
En Veli Lug, las noches son cálidas y, al mismo tiempo, frescas. Las estrellas están bajas y se agitan, ceñidas por una luz blanca y vacilante. De pie ante la ventana, Fátima contempla la noche. Lleva en todo su cuerpo una fuerza tranquila, desbordante y dulce, y siente cada parte de su ser como un manantial de vigor y de alegría: sus piernas, sus caderas, sus brazos, su cuello y, sobre todo, su pecho. Sus senos, generosos y pesados, pero en esa parte de su cuerpo el peso de todo el alcor, con cuanto lleva consigo: casa, edificaciones, campos; respira con un aliento cálido, profundo, igual, que se eleva y desciende con el cielo luminoso y el espacio nocturno. Bajo su respiración, la contraventana sube y baja, toca el vértice de sus senos, los deja, en un intento de alejarse, vuelve y los roza de nuevo, para bajar y alejarse otra vez.
Sí, el mundo es grande, el mundo es enorme, tanto de noche como de día, cuando el valle de Vichegrado llamea y cuando casi se oye el madurar de los trigos que lo cubren, cuando la ciudad se ofrece blanca, extendida en torno al río verde y cerrada por la línea regular del puente y por las colinas negras. Pero es por la noche, sólo por la noche, al revivir e inflamarse los cielos, cuando se revelan la infinidad y la fuerza poderosa de este mundo en el que el hombre se pierde, sin tener conocimiento ni de sí mismo, ni del lugar al que ha ido, ni de lo que quiere o debe hacer. Sólo por la noche se vive verdaderamente con serenidad, por largo tiempo; sólo por la noche no existen las palabras que comprometen para toda la vida, ni las promesas mortales, ni las situaciones sin salida, con el breve plazo que corre y se escapa inexorablemente, y con la muerte o la vergüenza como único término y posibilidad de escape. Sí, por la noche no sucede como en la vida diurna, en la que lo que se dice una vez permanece irrevocable y convertido en ineludible promesa. Por la noche, todo es libre, infinito, anónimo y mudo.
Entonces, se oye en algún lugar de la planta baja, como si viniese de lejos, una voz penosa, profunda y ahogada: "¡Aaa-ach, kkkkh! ¡Aaaach, kkkkh!"
Es Avdaga que lucha con sus accesos de tos nocturnos.
Fata no sólo reconoce aquella voz, sino que ve perfectamente a su padre, fumando sentado, torturado por la tos y el insomnio. Cree distinguir sus grandes ojos pardos que tan bien conoce; aquellos ojos tan parecidos a los suyos, ensombrecidos por la vejez y bañados por un resplandor lacrimoso y riente, aquellos ojos en los que leyó por vez primera que su destino era inevitable, cuando le dijo que estaba prometida a un Hamzitch y que debía hacer sus preparativos para dentro de un mes.
"¡Khha, kkha, kkha! ¡akh!"
El éxtasis que sintió la muchacha hace unos minutos, ante la belleza de la noche y la grandeza del mundo, se viene abajo de pronto. El aliento perfumado de la noche se detiene. Los senos de Fata se crispan en un dulce espasmo. Las estrellas y los espacios se desvanecen. Sólo queda el destino, su destino ineludible y cruel en vísperas de realizarse, que va cumpliéndose, que se consume a medida que el tiempo pasa, dentro de esa calma hecha de inmovilidad y de vacío, que permanece cuando todas las cosas han pasado.
El sonido sordo de la tos sube desde la planta baja.
Sí, ella lo oye y lo ve, como si estuviese en su presencia. Es su padre querido, poderoso, único, a quien se siente unida indisolublemente, dulcemente unida desde que tiene conciencia de su propia vida. Y siente esa misma tos clavándose en su pecho. Es su padre el que sufre y ella sufre con él. Es la misma persona que ha pronunciado un "sí", cuando su corazón de mujer decía "no". Pero sigue en todo la voluntad de su padre. Y el "sí" de él lo siente como si fuera suyo (tanto como su propio "no"). A medida que su destino se le manifiesta con toda su dureza, a punto de realizarse, se da cuenta de que no puede escapar de él. Sólo sabe una cosa: a causa del "sí" de su padre, deberá pasar ante el caíd, junto al hijo de Mustaí-Bey; no cabe pensar que Avdaga retire la palabra empeñada. Pero también sabe que no pondrá los pies en Nezuka, porque entonces sería ella la que no cumpliría con la suya. Y es tan imposible lo uno como lo otro: la palabra de un Osmanagitch es sagrada. Éste era el dilema: el "no" de ella y el "sí" de su padre, Veli Lug y Nezuka. Tenía que encontrar una solución. Ya no piensa en los espacios del mundo grande y rico ni en el camino entre Veli Lug y Nezuka. Piensa sólo en el corto y lúgubre tramo que va desde la mechtchema [2], donde el caíd la casará con el hijo de Mustaí-Bey, y que se halla a la salida del puente, en el lugar en que la pendiente pedregosa va a parar al estrecho sendero que conduce a Nezuka, y que ella no pisará. Su pensamiento no ha dejado de recorrer ese tramo de un extremo a otro, como la lanzadera corre a través de la tela. De la mechtchema, cruzando el centro de la ciudad y el mercado, hasta el extremo del puente; pero aquí se detenía, como si hubiese visto un abismo, atravesando de nuevo el mercado hasta la mechtchema. Y así siempre: ida y vuelta, ida y vuelta.
Su imaginación, que no cesaba de trabajar, que no lograba hallar una salida, se detenía a menudo en la kapia, en el hermoso sofá de piedra, donde las gentes se sientan a hablar, donde los muchachos cantan, mientras el río verde, rápido y profundo, ruge bajo el puente. Horrorizada ante una solución semejante, tornaba a volar, como empujada por una maldición, de un extremo a otro del camino, hasta que, no encontrando salvación posible, se paraba de nuevo en la kapia.
Esta idea llegó a obsesionarla hasta el punto de llenar sus noches. El solo pensamiento de que tenía que llegar el día en que, realmente, debería recorrer aquel camino, la llenaba de horror ante la muerte y de espanto ante una vida marcada por la vergüenza. Impotente y abandonada, tenía la impresión de que el mismo espanto de aquel pensamiento debía alejar o, por lo menos, retrasar el día.
Mas pasó el tiempo, ni de prisa ni despacio, sino regular y fatalmente, y con el tiempo llegó la fecha de la boda.
El último jueves del mes de agosto (que era el día que se había fijado) los Hamzitch llegaron a caballo en busca de la muchacha. Cubierta de un pesado velo, como una coraza, fue colocada en un caballo y conducida a la ciudad. Al mismo tiempo, en el patio, fueron cargados a lomos de caballo los baúles que contenían el equipo de Fata. En la mechtchema se celebró el matrimonio ante el caíd. Así se cumplió la palabra de Avdaga por la cual había dado a su hija en matrimonio al hijo de Mustaí-Bey. A continuación, el reducido cortejo emprendió el camino de Nezuka, donde se habían preparado las solemnidades propias del caso.
Atravesaron el centro de la ciudad y el mercado; es decir, una parte de aquel camino sin salida que tantas veces había recorrido Fata con el pensamiento. Ahora resultaba más tangible e, incluso, más fácil que en la imaginación. Ni estrellas, ni espacio, ni la tos sorda de su padre, ni el deseo de que el tiempo vaya más de prisa o más despacio. Cuando llegaron al puente, la muchacha sintió una vez más, igual que durante las noches pasadas, cuando se quedaba junto a la ventana, destacarse cada parte de su ser, sobre todo, su pecho ligeramente crispado. Alcanzaron la kapia. Como tenía planeado, la muchacha se inclinó y pidió en un susurro al más joven de sus hermanos, que cabalgaba a su lado, que subiese un poco los estribos, ya que se acercaban a la cuesta por la que se desciende desde el puente al camino pedregoso que conduce a Nezuka. Primero, se detuvieron los dos, y luego, un poco más lejos, los invitados.
Aquello resultaba completamente natural. No era ni la primera vez ni la última que un cortejo nupcial se detenía en la kapia. Mientras su hermano echaba pie a tierra, daba la vuelta al caballo y recogía las bridas, la muchacha avanzó su brazo hasta el borde mismo del puente, puso su pie derecho en el parapeto de piedra, saltó de la silla con la ligereza de un pájaro, pasó por encima del muro y se lanzó al río que rugía bajo el puente.
Su hermano se precipitó tras ella y tuvo tiempo de tocar con la mano el velo desplegado, pero no pudo retenerla. Los demás invitados descabalgaron, lanzando exclamaciones, y permaneciendo a lo largo del parapeto en extrañas actitudes, como petrificados.
Aquel mismo día, al caer la tarde, empezó a llover intensamente en medio de un frío anormal en aquella época del año. El Drina creció y se enturbió al mismo tiempo. Al día siguiente las aguas amarillentas de la crecida arrojaron el cadáver de Fata sobre un fondo, cerca de Kalata. Allí la encontró un pescador que fue inmediatamente a anunciar su hallazgo al mulazim 1.
[2]. Lugar en el que los caídes celebran los matrimonios y administran justicia. (N. del T.)
1. Jefe de la policía. (N del T.)