El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
– Gracias por venir -saludó Rathbone, afectuoso-. Ha sido una forma muy poco caballerosa de cazar al vuelo la ocasión de verte por puro placer, y no debido a algún desdichado asunto profesional, ni tuyo ni mío. Me alegra decir que todos mis casos actuales son meras cuestiones de litigio y no requieren investigación.
No estuvo segura de si aquello era una alusión a Monk o la simple constatación de que por una vez se reunían sin otro motivo que el disfrutar de su mutua compañía. Suponía un cambio extraordinario en él, siempre tan comedido, tan reservado en lo tocante a su vida privada.
– Pues el mío no comprende ningún juicio que pueda interesarte -contestó devolviéndole la sonrisa-. De hecho, ¡mucho me temo que no habrá juicio alguno!
Hester retiró las manos y dio un paso atrás. Rathbone anduvo despacio hacia las butacas que había junto al fuego y la invitó a tomar asiento, antes de hacerlo él. La habitación era deliciosa, cómoda y reservada sin resultar demasiado íntima teniendo en cuenta el decoro. Cualquiera podía entrar o salir en todo momento, y se oía el parloteo, las risas y el tintineo de la porcelana en un comedor vecino. El fuego ardía con viveza en la chimenea haciendo más cálidos aún los tonos rosados y violetas del mobiliario. La luz brillaba en la madera pulida de una mesa auxiliar. La mesa principal estaba preparada con esmero, había cristalería y cubiertos para dos.
– ¿Querrías un juicio? -preguntó Rathbone, con divertida sorpresa. Sus ojos eran extraordinariamente oscuros y estaban fijos en ella.
Hester pensó que tanta atención quizá debería resultarle desconcertante, y aunque tal vez fuese así, percibía que también le era muy grata, pese a notar su semblante un poco encendido y la mente un tanto dispersa. De un modo sutil, era como si la tocasen.
– Me gustaría mucho que atraparan y castigaran a los criminales -dijo con vehemencia-. Es uno de los peores casos que he visto en mi vida. Normalmente pienso que existe alguna clase de motivo, pero esto parece ser fruto de la más pura y brutal violencia.
– ¿Qué ocurrió?
– Un muchacho y su padre fueron asaltados en St Giles y les dieron una paliza terrible. El padre murió y el muchacho, a quien cuido, está muy malherido y no puede hablar. -Bajó la voz sin darse cuenta-. Le he observado mientras tenía pesadillas en las que, parece bastante obvio, revive el ataque. Le angustia el terror, se pone histérico tratando de gritar pero no le sale la voz. Tiene el cuerpo en muy mal estado, pero el suplicio de su mente es aún peor.
– Lo lamento -dijo Rathbone, mirándola con gravedad-. Tiene que resultarte difícil. ¿Puedes hacer algo por él?
– Un poco…, espero.
Rathbone le dedicó una sonrisa y una afectuosa mirada que era en sí misma un elogio. Luego frunció el ceño.
– ¿Qué hacían en St Giles? Si pueden permitirse una enfermera particular para el chico, no creo que sean residentes, ni siquiera visitantes, de semejante lugar.
– ¡Y no lo son! -dijo, con un punto de humor que se desvaneció al instante-. Viven en Ebury Street. El señor Duff era el socio mayoritario de un bufete de abogados especializado en bienes inmuebles. No tengo la menor idea de lo que andaban haciendo en St Giles. Es uno de los enigmas que la policía está tratando de resolver. Por cierto, el caso lo lleva John Evan. Me resulta raro actuar como si no le conociera.
– Aunque sin duda es lo más conveniente -afirmó Rathbone-. Siento que tu caso sea tan penoso. -El camarero había dejado una licorera de vino, Rathbone le ofreció a Hester y, al ver que aceptaba, llenó una copa y se la alcanzó. Alzó la suya hasta los labios en un brindis silencioso-. Supongo que muchos de tus casos son duros, de una forma u otra.
Hester no lo había pensado nunca desde esa perspectiva.
– Sí… ¡Creo que sí! O bien la persona está muy enferma y resulta penoso verla sufrir, o bien no lo está y entonces me siento poco estimulada, poco necesaria. -De pronto sonrió, pero esta vez abiertamente-. ¡Soy muy difícil de contentar!
Rathbone contemplaba la luz que se reflejaba en el vino de su copa.
– ¿Estás segura de que quieres seguir ejerciendo de enfermera? En una situación ideal, si no tuvieras que mantenerte, ¿no preferirías dedicarte a la reforma hospitalaria, tal como querías hacer en un principio?
De pronto Hester advirtió su propia inmovilidad, el crujir del fuego y los afilados bordes de la copa de cristal que sostenían sus manos. ¿Acaso aquellas palabras no encerraban algún significado oculto? No… ¡Claro que no! Estaba razonando de un modo ridículo. La calidez de la estancia y la sensación de bienestar del vino la habían confundido.
– Lo cierto es que no lo he pensado -contestó, procurando hacerlo a la ligera y con tono informal-. Me temo que la reforma será un proceso muy lento y no tengo la influencia necesaria para hacer oír mi voz.
Rathbone levantó la vista; sus ojos amables parecían casi negros a la luz de las velas.
Hester deseó haberse mordido la lengua. Sus palabras habían dado a entender que andaba buscando esa mayor influencia a la que él acababa de referirse de soslayo…, o quizá no. Era lo último que pretendía. Había obrado de manera torpe y carente de tacto. Notó que se le encendían las mejillas.
Se puso en pie y le dio la espalda. Debía decir algo enseguida, ¡pero algo acertado! La prisa podía empeorar aún más las cosas. Era muy fácil hablar más de la cuenta.
Rathbone se había levantado al mismo tiempo que ella y ahora lo tenía detrás, más cerca que cuando estaban sentados. Hester notaba claramente su presencia.
– Lo cierto es que no tengo la capacidad necesaria -dijo, muy comedida-. Miss Nightingale sí la tiene. Es una gran administradora y negociadora. Sabe expresar sus puntos de vista de modo que no haya más remedio que aceptar que tiene razón, y nunca se rinde…
– ¿Y tú sí? -dijo Rathbone, con voz burlona. Hester lo percibió, pero no se volvió.
– No, por supuesto que no.
Compartían demasiados recuerdos para que dicha respuesta fuese necesaria. Juntos habían librado batallas contra la mentira y la violencia, el misterio, el miedo y la ignorancia. Se habían enfrentado a todo tipo de tinieblas, abriéndose paso hasta dar con la poca justicia que quedaba cuando no era posible alcanzar la resolución de una tragedia. Si algo no habían hecho jamás, era rendirse.
Hester giró sobre sus talones para darle la cara. Rathbone estaba a menos de un metro, pero estaba convencida de lo que iba a decir. Hasta le dedicó una sonrisa.
– He aprendido algunos trucos de buen soldado. Me gusta elegir el campo de batalla y mis armas.
– Bravo -dijo Rathbone en voz baja, escrutando su rostro.
Hester permaneció quieta un momento antes de dirigirse a la mesa y tomar asiento, creando así un efecto muy dramático con el drapeado de la falda. Se sentía elegante, incluso femenina, aunque nunca se había notado tan fuerte y viva.
Él titubeó, con la mirada fija en ella.
Pese a ser consciente de ello, Hester no estaba nada incómoda.
El camarero entró y anunció el primer plato de la cena.
Rahtbone lo aceptó, de modo que lo trajeron y lo sirvieron.
Hester le sonrió. Se sentía un poco agitada, pero curiosamente a gusto y animada.
– ¿Qué casos son esos que te ocupan y no requieren investigación? -preguntó. Y por un instante Monk acudió a su mente, unido al hecho de que Rathbone hubiese elegido asuntos que no requerían de sus servicios. ¿Lo habría hecho a propósito o era ésa una idea mezquina?
Como si también hubiese visto el rostro de Monk mentalmente, Rathbone bajó la mirada al plato.
– Un litigio por paternidad -dijo con una media sonrisa-. En realidad hay muy poco que demostrar. Es, en gran medida, cuestión de negociar para acallar el escándalo. Un ejercicio de diplomacia. -Buscó los ojos de ella, que volvían a brillar con una risa interior-. Concentro mis esfuerzos en juzgar la discreción hasta el grado justo de saber cuánta presión puedo ejercer antes de que se declare la guerra. Si tengo éxito, nadie se enterará nunca de nada. Simplemente, una gran cantidad de dinero cambiará de manos. -Se encogió de hombros-. Si fracaso, se producirá el mayor escándalo desde… -Suspiró y adoptó una expresión atribulada y burlona.