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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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– ¿Y bien?

– El caso de Leighton Duff, señor -contestó Evan, aún de pie-. Me temo que no estamos progresando mucho. No hemos encontrado a nadie en todo St Giles que haya visto a uno de los dos hombres con anterioridad.

– O que lo admita -interrumpió Runcorn.

– Shotts cree que dicen la verdad -repuso Evan a la defensiva, consciente de que Runcorn pensaba que él era demasiado blando. En parte se debía al vago e inconcreto enojo que le causaba que un muchacho con el origen social de Evan hubiera decidido ingresar en el cuerpo de policía. No conseguía comprenderlo. Evan era un caballero, cosa que Runcorn admiraba al tiempo que le molestaba. Podría haber elegido cualquier clase de ocupación, y eso suponiendo que no tuviera sesos o vocación para ingresar en la universidad y seguir una profesión. Si tenía que ganarse la vida, le habría resultado sencillo colocarse en un banco o en una firma comercial de cualquier ramo.

Evan no le había explicado que a un cura rural con la esposa enferma y varias hijas que casar, no le alcanzaba el dinero como para costear una formación cara para su único hijo. Uno no comentaba ese tipo de cosas. Además, el cuerpo de policía le interesaba. Al principio había sido un idealista. No montaba un caballo blanco ni vestía armadura, sólo tenía una mente ágil y un buen par de botas marrones. Parte del romanticismo se había esfumado, pero la energía y la voluntad no. Por lo menos tenía eso en común con Monk.

– ¿Eso dice? -dijo Runcorn en tono grave-. Pues entonces será mejor que vuelva a centrarse en la familia. La viuda y el hijo que estaba presente y no puede hablar, ¿no es así?

– Sí, señor.

– ¿Cómo es la viuda? -Abrió más los ojos-. ¿Podría tratarse de algún tipo de conspiración? ¿El hijo se entrometió, tal vez? ¿No tenía que estar allí y había que silenciarlo?

– ¿Conspiración? -Evan se quedó pasmado-. ¿Entre quién?

– ¡Eso lo tiene que averiguar usted! -dijo Runcorn con irritación-. ¡Use su imaginación! ¿Es guapa?

– Sí… mucho, de una forma inusual…

– ¿Qué quiere decir inusual? ¿Qué tiene de raro esa mujer? ¿Cuántos años tiene? ¿Qué edad tenía el marido?

Evan se ofendió ante aquellas insinuaciones.

– Es muy morena, con un cierto aire español. No hay nada raro en ella, es sólo… inusual.

– ¿Edad?

– Unos cuarenta, diría yo. -Cayó en la cuenta de que no se le había ocurrido pensarlo hasta el momento en el que Runcorn lo mencionó; y tendría que haberlo hecho. Una vez planteado, resultaba más que evidente. El crimen en sí podía no tener nada que ver con St Giles, por lo que entonces tan sólo se trataría de un lugar apropiado. Lo mismo podría haber ocurrido en cualquier otro barrio bajo, en cualquier callejón o pasaje de una docena de barriadas semejantes, un sitio cualquiera donde abandonar un cuerpo de modo que todo indujera a pensar en el asalto de unos rufianes. Era una idea repulsiva. Por supuesto, Rhys no tenía que estar allí, su presencia fue un infortunio. Leighton Duff fue tras él, siendo alcanzado cuando… ¡Pero aquello tampoco tenía por qué ser cierto! El único fundamento era la palabra de Sylvestra. Ambos hombres pudieron haber salido de su casa a cualquier hora, juntos o separados, por la razón que fuese. Tenía que analizar cada aspecto de manera aislada antes de aceptarlo como cierto. Se enfadó consigo mismo. ¡Monk jamás habría cometido un error tan elemental!

Runcorn soltó un suspiro.

– Tendría que haberlo pensado, Evan -dijo, en tono reprobatorio-. ¡Cree que cualquiera que habla bien pertenece a la parroquia de su pueblo!

Evan abrió la boca… y la volvió a cerrar.

El comentario de Runcorn era injusto y no respondía a los hechos, o al menos no en primer lugar, sino más bien a sus complejos sentimientos a propósito de los caballeros en general, y de Evan en particular. Al menos en parte era fruto de su larga relación con Monk y de la rivalidad que la presidió, los años de descontento, de ofensas acumuladas que Monk no recordaba y Runcorn jamás logró olvidar. Evan no conocía el origen de su antagonismo, pero había sido testigo del choque de ideales y temperamentos en cuanto ingresó en la policía, después del accidente de Monk, y presenció el momento de la violenta riña final que rompió el vínculo, tras lo cual Monk se vio expulsado del cuerpo. Igual que todos los demás hombres de la comisaría, era consciente de sus sentimientos. Evan era amigo de Monk, por consiguiente, Runcorn nunca confiaría plenamente en él, y aunque llegara a apreciarlo, siempre lo haría con reserva.

– ¿Qué es lo que tiene? -preguntó Runcorn bruscamente. El silencio de Evan le fastidiaba. No lo comprendía, no sabía qué pensaba.

– Muy poco -respondió Evan, compungido-. Leighton Duff murió en alguna parte hacia las tres de la madrugada, según el doctor Riley. Pudo ser antes o después de esa hora. Lo mataron a golpes, sin usar más armas que los puños y las botas. El joven Rhys Duff recibió una paliza del mismo calibre pero sobrevivió.

– ¡Eso ya lo sé! ¡Quiero pruebas! -exclamó Runcorn con impaciencia, cerrando el puño sobre el escritorio-. ¿Qué pruebas tiene? ¡Hechos, objetos, declaraciones, testigos dignos de crédito!

– Los únicos testigos que tengo son los que encontraron los cuerpos -dijo Evan, con fría formalidad. Había momentos en los que deseaba tener la rapidez mental de Monk para contraatacar, pero no quería que los agentes de las patrullas le temieran, le bastaba con el respeto-. Nadie admite haber visto a ninguna de las dos víctimas, juntas o separadas, en St Giles.

– ¡Los cocheros! -dijo Runcorn, levantando las cejas-. No irían caminando hasta allí.

– Estamos en ello. De momento, nada.

– ¡No tiene mucho, que digamos! -Runcorn torció el gesto con desdén-. Más vale que eche otro vistazo a la familia. Hable con la viuda. No permita que la elegancia le ciegue. ¡Puede que el hijo conozca la naturaleza de su madre y eso le aterrorice de tal modo que le impida hablar!

Evan rememoró la expresión de Rhys al mirar a Sylvestra, la forma en que se apartó cuando su madre iba a tocarlo. Era una idea nauseabunda.

– Así lo haré -dijo a regañadientes-. Estudiaré más de cerca a sus amigos y conocidos. Puede que haya estado visitando a una mujer en esa zona, quizá una mujer casada, y que los parientes masculinos se ofendieran por el modo en que la trataba.

Runcorn suspiró.

– Es posible -concluyó-. ¿Qué me dice del padre? ¿Por qué atacarlo a él?

– Porque fue testigo de los hechos, por supuesto -respondió Evan, no sin cierta satisfacción.

Runcorn le miró con acritud.

– Y otra cosa, señor -continuó Evan-. Han contratado a Monk para que investigue una serie de violaciones en Seven Dials.

Runcorn entrecerró sus ojos azules.

– ¡Entonces es más idiota de lo que pensaba! Si existe un ejercicio poco provechoso es, precisamente, ése.

– ¿Tenemos alguna información que pueda ayudarle?

– ¿Ayudar a Monk? -preguntó Runcorn, con incredulidad.

– Ayudarle a resolver el crimen, señor -contestó Evan, con un leve sarcasmo.

– ¡Se lo puedo resolver ahora mismo! -Runcorn se puso de pie. Era por lo menos un palmo más alto que Evan y considerablemente más robusto-. ¿Cuántos casos ha habido? ¿Media docena? -Fue contando con los dedos-. Uno fue un marido borracho. Otro un chulo vengándose de que le tomaran el pelo. Al menos dos fueron clientes insatisfechos, casi con toda seguridad demasiado bebidos. Otra fue una aficionada que cambió de opinión y quiso más dinero cuando ya era demasiado tarde. Y probablemente la otra estaba borracha, se cayó y no recuerda lo sucedido.

– No estoy de acuerdo, señor -dijo Evan fríamente-. Pienso que Monk sabe distinguir entre una mujer violada y apaleada y otra que se cayó al suelo porque iba borracha.

Runcorn lo miró con los ojos inflamados. Estaba en pie junto a la librería de volúmenes encuadernados en tafilete acerca de todo un surtido de temas serios, filosofía incluida.

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