El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
– Desde el caso de la princesa Gisela -acabó Hester la frase.
Ambos rieron. Mencionar el caso de la princesa les trajo muchos recuerdos, en su mayoría relativos al tremendo riesgo que Rathbone había corrido, al miedo que ella había sentido por él, a sus esfuerzos y finalmente al éxito que supuso salvar al menos la verdad, ya que no el honor intacto de su amigo. Lo habían defendido, eso era lo mejor que cabía decir, y la verdad, o al menos buena parte de ella, había quedado al desnudo. No obstante, una enorme cantidad de personas habría preferido no conocerla, no verse obligados a admitirla.
– ¿Y ganarás? -preguntó Hester.
– Sí -contestó con firmeza-. Esta vez ganaré… -se interrumpió.
De pronto, Hester supo que no quería escucharle decir lo que tenía en la punta de la lengua, fuera lo que fuese.
– ¿Cómo está tu padre?
– Muy bien -bajó un poco la voz-. Acaba de regresar de un viaje a Leipzig, donde ha conocido a muchas personas interesantes con quienes, según voy concluyendo, ha pasado largas noches en vela conversando sobre matemáticas y filosofía. Todo muy alemán. Lo ha pasado en grande.
Hester se sorprendió sonriendo. Cuanto más lo conocía más le gustaba Henry Rathbone. Siempre había disfrutado mucho de las veladas en su casa de Primrose Hill, con los balcones que se abrían al césped, los manzanos en la otra punta, el seto de madreselva y el huerto detrás. Recordó una ocasión en la que paseó junto a Oliver por la hierba al anochecer. Habían hablado de mil cosas, nada relacionado con ningún caso, cuestiones personales, esperanzas y creencias. Ese momento no parecía muy distante. Era la misma sensación de confianza, de cordial relajación. Sin embargo, ahora había algo diferente, una calidad añadida entre ellos que se agudizaba como si estuvieran a punto de tomar una decisión. Hester no estaba muy segura de si lo deseaba o de si estaba preparada para ello.
– Me alegra que esté bien. Hace mucho que no salgo de viaje.
– ¿Dónde te gustaría ir?
Pensó al instante en Venecia y luego recordó que Monk había estado allí hacía muy poco, con Evelyn von Seidlitz. Era el último lugar al que iría ahora. Levantó la vista hacia él y descubrió la comprensión que encerraba su mirada, e incluso lo que podía ser una pincelada de tristeza, como si fuese consciente de alguna clase de pérdida o pesar.
Aquello la sublevó. Quería erradicarlo.
– ¡A Egipto! -exclamó con entusiasmo-. Acabo de enterarme de los hallazgos del signor Belzoni…, una pizca tarde, ya lo sé. ¡Pero me encantaría remontar el Nilo! ¿A ti no?
¡Dios santo! Lo había vuelto a hacer… ¡No podía ser tan franca, tan desesperantemente torpe! ¡No había forma de desdecirse! Volvió a notar qué se ponía colorada.
Rathbone rió sin reservas.
– ¡Hester, querida mía, no cambies nunca! A veces me resultas tan desconocida que me es imposible adivinar lo que vas a decir o hacer. Otras, en cambio, eres más transparente que el sol de primavera. Dime, ¿quién es el señor Belzoni y qué es lo que ha descubierto?
Titubeando al principio, le fue contando, esforzándose por recordar lo que había dicho Arthur Kynaston, y después, a medida que Rathbone fue haciéndole preguntas, la conversación volvió a florecer borrando todo rastro de incomodidad.
Era casi medianoche cuando el carruaje se detuvo en Ebury Street para devolverla a casa. La niebla se había disipado y hacía una noche clara, seca y gélida. Rathbone se apeó para ayudarla a descender, ofreciéndole una mano y sujetándola con la otra para que no resbalara sobre los adoquines helados.
– Gracias -dijo Hester, dando a entender algo más que el mero cumplido de rigor. Había supuesto para ella una isla de calidez, tanto física como interior, unas pocas horas en las que había olvidado el dolor y la lucha. Habían conversado de cosas maravillosas, compartido emociones, risas e ilusiones-. Gracias, Oliver.
Rathbone se inclinó hacia delante, estrechando su mano en la suya y tirando un poco de ella. La besó suavemente en los labios, con delicadeza pero sin el menor titubeo. Hester no habría podido rechazarlo, si por un instante hubiese deseado hacerlo. Era una sensación asombrosamente dulce y confortable, y mientras subía los escalones, sabiendo que él la observaba desde la calle, sintió que la felicidad se apoderaba de ella, llenando todo su ser.
Capítulo 5
Evan pensaba que el caso Duff era cada vez más desconcertante. Había encargado a un dibujante sendos retratos de Leighton Duff y de Rhys, y él y Shotts los habían enseñado por todo el barrio de St Giles para ver si alguien los reconocía. Sin duda, dos hombres de edades tan dispares debían llamar la atención de por sí. Visitaron a prestamistas, acudieron a burdeles y casas de citas, posadas y pensiones, antros de apuestas, destilerías de ginebra, hasta a las buhardillas donde los falsificadores trabajaban a la luz de las claraboyas y a los enormes sótanos donde los peristas almacenaban sus mercancías. Nadie dio muestras de conocerlos. Ni siquiera la promesa de una recompensa sirvió para obtener algo de provecho.
– ¿Tal vez era la primera vez que venían? -dijo Shotts con desaliento, levantándose el cuello para protegerse de la nieve. Casi había oscurecido. Iban caminando, con las cabezas gachas contra el viento, dejando St Giles a sus espaldas y dirigiéndose hacia el norte, hacia Regent Street, el tráfico y las luces-. Ya no sé a quién preguntar.
– ¿Cree que nos están mintiendo? -preguntó Evan meditabundo-. Me parecería bastante normal, dado que Duff fue asesinado. Nadie quiere verse envuelto en un asesinato.
– No. -Shotts sorteó ágilmente un charco. Una carreta de verduras pasó traqueteando junto a ellos con el conductor acurrucado bajo una manta y la nieve comenzando a cuajar en el ala de su sombrero de copa-. Sé cuándo estas ratas mienten. Igual llegaron aquí por accidente, ¡perdidos!
Evan no se molestó en contestar. La sugerencia de Shotts no lo merecía.
Cruzaron George Street. La nieve caía con más intensidad y comenzaba a pintar de blanco algunos tejados, aunque la acera seguía húmeda y negra, mostrando reflejos fragmentados de las farolas de gas y de las linternas de los carruajes, cuyos caballos pasaban briosos, ansiosos por llegar a casa.
– Quizá no los reconocen porque no hacemos las preguntas correctas -caviló Evan, casi para sí.
– ¿Ah sí? -Shotts avanzaba a su paso sin problemas-. ¿Y cuáles son esas preguntas?
– No lo sé. Puede que Rhys saliera con otros chicos de su edad. Al fin y al cabo, ¡uno no suele ir de putas con su padre! Quizá sea eso lo que desconcierta a la gente, el hombre mayor.
– Puede ser -concedió Shotts, dubitativo-. ¿Quiere que lo intente?
– Sí… A no ser que se le ocurra algo mejor. Yo voy a comisaría. Ya es hora de que informe a Runcorn.
Shotts sonrió enseñando los dientes.
– Cuanto antes mejor, señor. No estará contento. Comeré algo y lo volveré a intentar.
Runcorn era un hombre alto y fornido de rostro enjuto y con unos ojos azules muy penetrantes. Tenía la nariz larga y las mejillas un poco hundidas, pero en su juventud había sido guapo y ahora seguía teniendo muy buena planta. Podría haber sido incluso imponente, si hubiese dispuesto de la confianza como para conducirse con más soltura. Sentado en su despacho tras un gran escritorio con sobre de piel, miró a Evan con recelo.