Culminacion De Montoya
- Автор: Gasulla Luis
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Culminacion De Montoya». Краткое содержание книги:
Culminación de Montoya, Premio Eugenio Nadal 1974, posee -dentro de una concepción clásica-un valor universal y permanente por el drama humano en que se inspira y una visión trágica de la existencia, presidida por la más inexorable fatalidad. El héroe mítico -héroe al revés, al decir del autor- es el coronel Montoya, aristócrata de raza y militar profesional, descendiente de una vieja estirpe de conquistadores, quien al no encontrar una empresa heroica en la que volcar su coraje, ha consagrado todas sus energías en su propia destrucción, hasta ser degradado y expulsado del ejército. Su voluntaria condena le lleva a un confinamiento en los remotos bosques del Sur en busca de un infierno donde purgar la muerte de su hijo y el suicidio de su mujer, de los que se cree responsable. Torturado por el venenoso resentimiento de un viejo asistente, simbólica encarnación de sus demonios familiares, arrastrado por el instinto de autodestrucción, Montoya encuentra en el generoso sacrificio de su vida una posible redención. La atención del lector se mantiene en suspenso dentro de un ambiente fascinante y angustioso.
A pesar de lo imperfecto de sus conocimientos, los cuidados de Montoya y María parecieron aliviar el sufrimiento de Gerónimo. Poco a poco su respiración se tornó más pausada, las contracciones nerviosas cedieron gradualmente y hasta el eléctrico temblor que le subía desde las ingles, desde su sexo lastimado por el feroz puntapié de Camperutti, se atenuaba permitiéndole respirar sin dolor.
Abrió los ojos, recorrió su contorno y no lo reconoció; vio entre las nieblas de su fiebre unas figuras fantasmales y recordó; lentamente los detalles lo anegaron. Su mente primaria fue herida por los destellos y si sus visitantes hubieran podido penetrar en su cerebro, habrían retrocedido intimidados porque en el cerebro de Gerónimo se había instalado el odio; el tiempo de la ofensa estaba ya transitado; el de la humillación lo recorría todavía inconsciente y su naciente odio preparaba el tiempo de la ira.
Ángela regresó al rancho alta la noche; no se admiró del cambio producido; sólo lloró desplomada a los pies de su marido. Desde la noche anterior pertenecía a Videla; él la había poseído con toda naturalidad, casi con indiferencia, prácticamente a la vista de sus tres matones y como para confirmar su dominio ante ellos. El sentido de autoridad de Videla le evitó la humillación de rodar entre ellos a su capricho.
Ángela aceptó un previsible destino de árbol condenado al filo del hacha. Se prosternó ante el herido, fundiendo con él su cuota de aniquilamiento y el Chilenazo escuchó su confesión.
– ¡Mátame, Gerónimo!… -gimió Ángela. ¡Por favor, no puedo soportar tanta vergüenza!… ¡Quiero morir!
Gerónimo tardó en contestar; era visible que su mente luchaba para formar las ideas y después para manifestarlas.
– Tené paciencia… Igual vas a morirte. Si nos «botan» nos moriremos de hambre. ¿Vos querés morirte de hambre?
La reflexión resultaba incongruente y sin sentido o, al menos, muy pocos podrían afirmar que en el tiempo de la ira, algo tiene sentido.
La vigorizante influencia del clima y la intensa tarea a que estaban entregados, produjeron en María, Montoya y Jorgelina, diferentes efectos: María se revistió de una tranquila seguridad; en cambio la irritabilidad de Jorgelina fue creciendo con el transcurso de los días, sumiéndola en una inquietud confusa e impaciente. Entretanto los insidiosos duendes del bosque, los duendes malignos del pasado, los demonios nunca dormidos de su conflicto, cercaron de nuevo a Montoya y otra vez indagó en el fondo de las botellas una respuesta imposible. Trabajaba con su acostumbrada eficiencia, vigilado por Videla y por Otto Fichel; muy interesado éste en sus progresos alcohólicos, a los que estimulaba con renovadas remesas de caña y aguardiente.
Pero indudablemente las profundas transformaciones anímicas que los últimos acontecimientos habían provocado en Montoya, se acompañaban también de una notable variación en su estado físico. Antes de su enfermedad el alcohol encontraba en su organismo una resistencia, devolviéndole un equilibrio inestable pero eficaz. Así había ocurrido hasta entonces, hasta su primer trago en el bosque. A partir de ese momento los tejidos parecieron absorber el líquido y comenzar una lenta tarea disgregadora, abandonándolo a una pasividad permanente. En aquel peligroso cono de sombra la embriaguez se mantenía indecisa pero constante. Y el coronel lograba de esa manera vivir una existencia desconectada de la realidad circundante, donde el sufrimiento era remplazado por la indiferencia.
La declinación de Montoya convenía a los planes de los Fichel. Max había llegado desde Valdivia y estuvo de acuerdo con su primo.
– Has hecho muy bien, Otto -dijo-; el caballero Montoya es para nosotros un misterio, como lo fue para los carabineros de Coyhayque y nada ganaremos tratando de conocer su secreto; mejor es no provocar un conflicto con él… Aún tengo presente la rabiosa reticencia de aquel petulante mayor Pitaut, que el diablo arrastre por los talones… Proveamos a Montoya de toda la caña que pueda ingerir, ya veremos luego en qué termina. Solamente recomiéndale a Videla que vigile sus andanzas sin meterse con él… ¿Conoce su trabajo?
– Te diré: casi tanto como cualquiera de nosotros -respondió Otto.
– ¡Magnífico!… ¡Ah!, a menos que se presente por aquí, no le hagas saber que he llegado. Si sigue bebiendo como dices, dentro de un par de semanas estará tan idiotizado como ese gigantón… ¿Cómo dijiste que se llamaba?
Otto se cuadró y recitó:
– Don Gerónimo Solórzano Vicuña y Montemuro, alias el Chilenazo, marqués del Boliche…, Muchos nombres para ese bastardo ignorante y cornudo por añadidura.
– ¡Ja…, ja…, ja! -estalló Max, haciendo estremecer sus gordas mejillas sonrosadas, la gran papada y la copiosa barriga. A pesar de la risa, sus ojos, tan celestes que parecían aguados y sus finos labios de diablo o de máscara, permanecían ajenos como si pertenecieran a otro rostro que no reía jamás-. ¿Qué es eso de cornudo?… Dímelo.
– Sencillo, querido Max, muy sencillo. Después del escarmiento que le dio la gente de Videla a causa de sus pretensiones, el capataz se llevó la mujer a su rancho y allí está desde entonces… ¿Y qué imaginas que hace el Chilenazo? Pues ronda la casa, acarrea agua, juega al payaso; olfatea Max…, olfatea como un perro la presencia de su mujer y se va con ella cuando se la prestan.
Max se pasó una mano sin vello por la redonda curva de su cara.
– De todos modos no le veo la gracia, Otto; nadie puede adivinar qué hay detrás de esas duras cabezas. No; no es inteligente… No me gusta.
Tampoco le gustaba el humillante juego a Montoya; sólo que se conformaba con pasarle al desgraciado alguna botella y verlo alejarse con su medio trote de baldado, con el brazo herido, seco, colgado de una tira de género contra el pecho. Porque aquel poderoso brazo derecho tenía los músculos atrofiados para siempre.
Tampoco a Gerónimo le gustaba lo que hacía; porque él no jugaba sino que se ejercitaba voluntariamente para un duelo trágico, absurdo, pero muy bien definido. Durante su fiebre y después de ella, una idea fija como un clavo se había ido agrandando en su cerebro y cuando salió de nuevo a la luz, tambaleante y aturdido, un nuevo Solórzano, mañoso y taimado, había sustituido al simple hombrón de la sonrisa confiada. Conscientemente exageró desde entonces su estupidez y sus borracheras. Generó el desprecio y concitó la bellaquería de los guapos. El indio más degradado podía ser un señor al lado suyo. Con su sonrisa estólida fatigaba el calvario que le armaban los guardianes de Videla.
– Che, Chilenazo, ¿engrasas la sierra o te doy de patadas? -ordenaba Ramón.
– ¡Accidente! ¿No sabes acarrear un poco de agua sin mojarme las botas? -se burlaba Camperutti.
– Paso al cuñado… Señor, la cama está ocupada; espere a mañana… -le murmuraba alevosamente Jones, el tercer matón, un envilecido descendiente de los galeses del valle chabutense.
Gerónimo temblaba y callaba: y se iba al bosque a preparar el tiempo de la ira. Nadie lo sabía, pero, especialmente de noche, se escondía en el abra donde derribara el último raulí. Antes de entrar en el bosque, Gerónimo hundía su cabeza en la helada superficie del mallín y luego masajeaba, en vano, el brazo paralizado. Una vez en su secreto refugio empuñaba el machete cañero y se entregaba a un combate contra fantasmas. Allí lo sorprendió una noche Montoya.