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Электронная книга - «Culminacion De Montoya». Краткое содержание книги:

Premio Nadal 1974
Culminación de Montoya, Premio Eugenio Nadal 1974, posee -dentro de una concepción clásica-un valor universal y permanente por el drama humano en que se inspira y una visión trágica de la existencia, presidida por la más inexorable fatalidad. El héroe mítico -héroe al revés, al decir del autor- es el coronel Montoya, aristócrata de raza y militar profesional, descendiente de una vieja estirpe de conquistadores, quien al no encontrar una empresa heroica en la que volcar su coraje, ha consagrado todas sus energías en su propia destrucción, hasta ser degradado y expulsado del ejército. Su voluntaria condena le lleva a un confinamiento en los remotos bosques del Sur en busca de un infierno donde purgar la muerte de su hijo y el suicidio de su mujer, de los que se cree responsable. Torturado por el venenoso resentimiento de un viejo asistente, simbólica encarnación de sus demonios familiares, arrastrado por el instinto de autodestrucción, Montoya encuentra en el generoso sacrificio de su vida una posible redención. La atención del lector se mantiene en suspenso dentro de un ambiente fascinante y angustioso.
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Constituía para ellos una experiencia incómoda. Vivían con el permanente temor de bordear un volcán antiguo, capaz de estallar de pronto como un polvorín infernal. Otto Fichel no olvidaba tampoco la terrible fiesta de alcohol y de sensualidad donde Montoya, igual que un tigre enloquecido, había escapado dejando detrás de sí la muerte… ¡El alcohol!… ¡Claro! ¿Cómo no se le ocurrió antes?

Se echó a reír, estremeciendo su blando corpachón.

– Tiene razón, amigo… Habrá tiempo para todo. Usted se ubica donde guste en el campamento. Sobra madera para un rancho,… Ordenaré a Videla que le entregue víveres y cuando pueda me organiza el acarreo; hay que mantener la senda para los… catangos, como dicen ustedes…, racionar a los bueyes, ¿comprende? Deje a Videla que maneje a la gente… Usted, ¿conoce de árboles?

– Creo que algo -admitió el coronel.

– Bueno, bueno; ahí puede ayudarnos otro poco. Habrá que parcelar el bosque en lotes para que los hacheros no holgazaneen y señalar los mejores raulíes. Metódicamente, claro; este trabajo tiene que hacerse rápido y en orden… nada de quemazones…, nada de tiros. El aserradero está bien escondido, pero si aparecen curiosos, la peonada debe disolverse como el aire, las huellas borrarse. A los bueyes los internan en el mallín grande, lo más cerca posible de la frontera. Si por casualidad llegaran gendarmes, usted puede decirles que anda explorando por cuenta de su Gobierno, ¿comprende, amigo? Pero, ¡cuidado!: sería una lástima arruinar el negocio y la gente de Videla es ligera con el cuchillo.

«¡Gordo crápula!…», pensó Montoya. Pero asintió con la cabeza.

Allí se despidieron. Montoya regresó al campamento. Otto Fichel instruyó minuciosamente al capataz y lo mandó de vuelta. Videla escuchó en silencio, tomó el dinero para pagar a los hacheros y a sus bravos, y cruzando el bosque por las laderas de los cerros estuvo en el obraje antes que Montoya y las muchachas. Empezaba a intrigarlo la inquietud que torpemente pretendía disimular Otto Fichel y, sobre todo, su inusitada generosidad. No haría preguntas, pero vigilaría atentamente al curioso visitante. Le molestaban los competidores, en particular si llegaban del Este.

El verano se insinuaba cada día más derritiendo los últimos manchones de nieve, disipando las nieblas mañaneras y prolongando los crepúsculos. Montoya eligió un buen terreno e inició la construcción que habría de cobijarlos.

Recibió del torvo Camperutti los víveres prometidos por Fichel, no tan abundantes como había insinuado, pero coronados por media docena de botellas de caña.

– Hubiera preferido que no trajeran esto -comentó María, examinando alarmada las botellas.

Repentinamente áspero, Montoya replicó:

– Pues déjalas donde están. Peor sería si nos trataran como al hachero.

– ¿Por qué? -preguntó Jorgelina, sin inmutarse.

– Pensé que se habrían dado cuenta -dijo Montoya-. La verdad es que ese fofo teutón nos ha jaqueado… Ni nos recibe ni nos echa, se limita a ponernos bajo la vigilancia del capataz y esperar…, desconfía y hasta creo que nos teme.

Por el senderito que comunicaba con el campamento se acercaba una mujer. A pesar de las pobres ropas de varón, arregladas con rústica habilidad, se la veía redondeada de caderas y de busto bien femenino. Su cara morena resultaba casi bonita. Era Ángela, la mujer del Chilenazo. Los saludó con timidez. Luego comenzó a desgranar un discurso penosamente ensayado.

– Quiero agradecerles lo que han hecho por mi marido… Ustedes me lo salvaron…, gracias a ustedes que fueron buenos con él, pero yo creo que se morirá. No habla, se queja y el brazo, ¡Dios mío!, parece dolerle mucho…

– Se hizo lo que se pudo, señora -la interrumpió Montoya-. Ahora cuídelo y en cuanto pueda iré yo, o ellas, a darle una mano.

– ¡Oh, no! -casi gritó Ángela-. Nadie debe verlo… don Videla se enojará mucho… Apenitas si permite que sigamos aquí, pero debo cocinar para él y limpiar su casa; así me lo ha mandado… ¡No, por favor!…

– Está bien…, no tenga miedo -dijo María acercándose a la asustada mujer.

Pero ya Ángela se volvía y en seguida la línea de árboles escondió su pequeña figura. María se detuvo, dejando caer los brazos.

Al atardecer el propio Videla se arrimó al fuego encendido frente a las paredes de tablones semiarmados.

– Buenas, don… ¿Qué tal?… Trabaja lindo ¡eh!

Videla reunía todas las cualidades para el cargo. De talla no muy elevada, aparecía sin embargo duro, fuerte y elástico. Dos ojos renegridos y centelleantes, coronados por cejas agresivas. Boca cruel, enmarcada por el negro bigote cayendo sobre las comisuras de los labios. Las botas bajas, la pantorrilla ceñida, el revólver ostentoso. El gorro de piel ladeado.

– Cortando árboles se combate el frío -afirmó Montoya, dominándolo con su mayor estatura-. Y usted capataz, ¿no descansa?

– ¿Descansar?… Usted me arrea un baldado; el patrón me llena de encargos; el trabajo se amontona… Le aseguro que vendrá bien si empieza cuanto antes; yo ya tengo mis problemas…

– Me parece que no le quita el cuerpo a los problemas, capataz…, como el de llevarse a esa mujer del hachero, justo cuando él no puede con sus huesos…

Los ojos de Videla, iluminados por el resplandor del fuego, se encendieron con mil luces.

– ¡Ah, no, mi amigo!… Eso es cosa mía. ¡Aquí no mantenemos inútiles! Y si mi paisano se deja apalear, allá él… Yo manejo a la peonada en este campamento, no lo olvide.

Montoya sintió de nuevo crecer en él la antigua cólera.

– Nunca olvido nada, capataz…, se lo garantizo.

Videla avivó el fuego con la rama que empuñaba en su mano derecha. De reojo observó a las muchachas.

– Lo veo bien acompañado, don Montoya. ¿Así se llama usted?… Sí, muy bien acompañado; en cambio yo tengo que arreglármelas como puedo… y lo hago…

En el extremo de la senda se perfilaban dos sombras desganadas. Siguiendo la mirada de Montoya, Videla ladeó la cabeza.

– Bueno, tengo que irme; parece que me buscan… Buenas noches.

Se rozó el borde del gorro. Giró y caminó al encuentro de sus hombres. Aplomado. El aire se congeló a sus espaldas.

Esa noche Montoya ignoró las botellas, pero a la segunda los duendes del bosque bailaron sobre el estómago del atormentado coronel.

Concluyeron de levantar la cabaña dos días después. Entonces los tres fueron a visitar a Gerónimo Solórzano Vicuña y Montemuro. El gozque ladró, pero nadie acudió detrás de él. Antes de irse Ángela había arrimado agua y comida para el enfermo. Todavía seguía medio inconsciente, se quejaba sordamente y a intervalos blasfemaba. Un áspero olor de cuerpo sucio ofendía el olfato. Montoya quiso examinar el brazo herido y del montón de trapos que lo envolvía emergió la carne tumefacta. Al tocarlo Gerónimo se retorció como pinchado por un hierro candente.

– Mira, María -dijo Montoya-, yo tuve mejor suerte… Si éste consigue salvar el brazo será un milagro… ¡qué bruta!

– ¡Pobre mujer! -protestó María-. ¡Quién sabe si le permitieron que lo cuidara siquiera!

– Puede ser -convino él-. Bueno, vamos a arreglarlo un poco. Si no hacemos algo ahora este tipo se pudre.

No fue tarea fácil limpiar el brazo, inmovilizarlo de nuevo y vendarlo. Solórzano se retorcía y un resto de su tremenda fuerza, excitada por el dolor, parecía recobrarse para impedir que lo tocaran. Entretanto, Jorgelina ponía un poco de orden en el único cuarto de la cabaña.

Desde que la muchacha tuvo la certeza de la entrega de María a Montoya, había remplazado su habitual ligereza por una reconcentrada terquedad. Continuamente se interrogaba del cómo y el porqué de su situación. Ella no comprendía la abnegación enamorada de su hermana; le fastidiaba particularmente su devoción por el hombre. Su alma carecía de la humilde grandeza de María. Había sido deslumbrada por el coraje del coronel, pero no por su secreto dolor y ahora lo veía todavía disminuido porque, convertida la devoción de su hermana en amancebamiento, el recuerdo de los hombres, desnudos y frenéticos durante la fiesta trágica, la perseguía con turbadora insistencia. Se asomaba a los abismos de la pasión con terror y ansiedad, insegura de su carne, asqueada y fascinada y todas las dudas no desveladas le provocaban desasosiego y resentimiento. Al fin, hasta ese momento, ella era apenas un testigo, condenada a marchar detrás de los amantes, sin otro privilegio que asistir al espectáculo del amor ajeno.

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