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Электронная книга - «Culminacion De Montoya». Краткое содержание книги:

Premio Nadal 1974
Culminación de Montoya, Premio Eugenio Nadal 1974, posee -dentro de una concepción clásica-un valor universal y permanente por el drama humano en que se inspira y una visión trágica de la existencia, presidida por la más inexorable fatalidad. El héroe mítico -héroe al revés, al decir del autor- es el coronel Montoya, aristócrata de raza y militar profesional, descendiente de una vieja estirpe de conquistadores, quien al no encontrar una empresa heroica en la que volcar su coraje, ha consagrado todas sus energías en su propia destrucción, hasta ser degradado y expulsado del ejército. Su voluntaria condena le lleva a un confinamiento en los remotos bosques del Sur en busca de un infierno donde purgar la muerte de su hijo y el suicidio de su mujer, de los que se cree responsable. Torturado por el venenoso resentimiento de un viejo asistente, simbólica encarnación de sus demonios familiares, arrastrado por el instinto de autodestrucción, Montoya encuentra en el generoso sacrificio de su vida una posible redención. La atención del lector se mantiene en suspenso dentro de un ambiente fascinante y angustioso.
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«¡Sangra, hermanito árbol! -canturreaba-. ¡Sangra por mí y por Ángela!…»

Realmente aquel raulí señoreaba en el bosque con atributos extraordinarios: parecía haberse desprendido del asedio socarrón de la caña colihue y del abrazo taimado del maniu para erguirse, esbelto y airoso como un mástil, dejándose acariciar la altísima copa por el cálido sol que insinuaba el verano inminente. A su alrededor, tejiéndole un invisible tul aéreo, numerosas golondrinas cruzaban el espacio cogiendo el sol con las puntas de sus alas para adornar y pulir aún más las oblongas hojas del árbol. Y, verdaderamente, Gerónimo «vio» en los aserrados bordes del tupido follaje, prenderse millones de granos de sol, iluminando al raulí hasta convertirlo en un gallardo penacho centelleante.

El hachero le calculó una altura excepcional no menor de cuarenta metros y un grosor decreciente de casi un metro a la altura de su pecho. Se extasió sintiéndose ya dueño del árbol.

«Si lo volteo al Oeste no le erro», se dijo, mezclando su alegría con un vago temor.

«¡Que no se raje, Diosito bueno!» Y sin más titubeos maneó los cuatro bueyes para no perderlos de vista. Empuñó luego el hacha y empezó el trabajo. A los primeros intentos saltó una gruesa plancha de corteza protectora y entonces atacó el duramen con su mejor herramienta. Los golpes caían sobre el duro tronco, isócronos, parejos, sin prisa; porque el Chilenazo graduaba su esfuerzo, aplicando una técnica aprendida a costa de muchos sudores inútiles.

Dos horas después, el raulí comenzó a ladearse en la dirección esperada. Su caída podría acarrear un ventarrón de júbilo o de desesperación para el hachero. Por suerte se volteó despacio, frenado primero por árboles pequeños y más abajo por la masa de cañas que crujieron, fragorosas, bajo la opresión del gigante.

Ahora, sumergido en el encanto del moroso crepúsculo, picaneaba los cuatro bueyes que arrastraban el catango transportador de cuatro rollizos parejitos con sus cuatro metros largos cada uno (para evitar rechazos, se dijo al medirlos abriendo sus brazos, con el mentón pegado a la madera olorosa). En el abra, disimulado con cañas amontonadas, dejó el resto del árbol, casi suficiente para obtener cuatro rollizos más. Miraba el corazón rosado del raulí y el suyo latía de contento. Así llegó al aserradero, con la última claridad, cansado de exprimirse el caletre calculando la ganancia de aquella gloriosa jornada.

«¡No baja de veinte pesos!», resumió, después de barajar números ayudándose con los dedos en el laborioso proceso del recuento y suma.

Videla, el capataz, rodeado por sus tres matones, se ajetreaba despachando a otros peones más tempraneros.

– Al fin llegas, vos -fue el saludo.

– Mida, patrón -reclamó Gerónimo, impaciente.

Mientras el capataz empuñaba la regla metálica, papel y lápiz, Gerónimo lo seguía como hipnotizado. No podía evitarlo: la regla chilena le causaba un ridículo temor. Le enredaba las tripas, provocándole una náusea amarga que subía hasta su garganta mareándolo. Ansió un trago. Videla medía y anotaba velozmente. Era eficaz y taciturno y su silencio nunca podría traducirse como una aprobación sino mejor como una amenaza indefinida.

– Tenes menos de diez pesos, pero redondeo y te los doy -dijo al fin.

– ¡No puede ser!

(El grito le brotó junto con la saliva amarga de la náusea.) Los bravos de Videla se fueron arrimando sin apuro.

– ¿Qué es lo que no puede ser?… ¡Decí, estúpido!

– Eso, pues; son más de cien pulgadas con la regla, pues… A quince centavos cada una… Diga… ¡mire!

Antes de que el otro pudiera evitarlo, el hachero le quitó la lámina rayada, donde resaltaba el espacio en blanco equivalente a diez pulgadas cabales. Aun haciéndolo torpemente y enceguecido por la rabia, los cuatro diámetros sumaban más de ciento cuarenta pulgadas. Eso contando del lado derecho de la regla. Del costado izquierdo, donde la numeración convencional señalaba las pulgadas efectivas que se pagaban al hachero, pasaban de ciento ochenta.

– ¿Y…? -protestó Gerónimo, desafiante.

– ¿Y qué…? -lo remedó el capataz-. Tenemos orden de los patronos de restar un cuarenta por ciento por la corteza… Sólo se paga la madera, ¿me entendés?… Además, el más grueso está picado… ¿De qué te quejas? Un peón cualquiera gana tres pesos, a vos te doy diez,…

Gerónimo Solórzano Vicuña y Montemuro estaba vencido… Se mordió los labios, babeando, despavorido de despecho.

– ¡ Es un ladrón, Videla! ¡Págueme!

Con la plata en la mano, Gerónimo se marchó al rancho donde vivía con su mujer. Cuatro pares de ojos lo escoltaron. Como un perro perezoso el odio se despertaba en ellos. Después las cuatro bocas cuchichearon. A una observación del capataz los matones asintieron divertidos.

Por la noche, al irse hacia el bosque, con la bota de cuero llena de caña, Gerónimo dejó sola a su mujer en compañía del miedo y un gozque barullero. Iba a emborracharse y no quería testigos. Pero los había. El los había conjurado y los perros del odio, una vez despiertos, son implacables y certeros.

Los árboles parecían apretarse para infundir un calor que no estaba en el aire. Un montón de estrellas se escurrían entre el follaje y parejas de concón buscaban su alimento.

Cuando llegó al abra donde escondiera los restos del raulí, lanzó un resoplido y se sentó sobre el taco del árbol. Se echó un largo chorro de alcohol en la garganta y una euforia caliente le borró la náusea. Allí, entre los despojos de su inútil victoria, podría refugiarse en el recuerdo y olvidar la artería de sus paisanos por unos momentos.

«¡Grandísimo piojoso…, algún día le voy a romper los huesos uno a uno!… Ya verá ese "gallo" con quién se trenza…», rezongó, apurando otro trago. Al rato la embriaguez le había devuelto la sonrisa a su carota contraída. Una lluvia triste comenzó a caer sobre su cabeza, se acumuló sobre el gorro ladeado y se escurrió por el cuello sucio, pero él no la sentía.

Entonces aparecieron los matones de Videla.

– ¡Eh, ustedes! ¿Vienen a chuparse? -les preguntó petulante.

– ¿Con un chilote? -replicó aviesamente Ramón, el andrajoso malandrín venido desde Buenos Aires para convertirse en la sombra fiel del capataz.

A la calificación despectiva siguieron insultos procaces. Gerónimo entendió claramente el último: turro.

Borracho y todo, no podía permitirles tamaña afrenta. Se paró engallado apretando los puños.

Tres contra uno era demasiado. Además traían unos garrotes de lenga que molían los huesos más duros. Protegiéndose contra los golpes sintió nítidamente cómo su brazo derecho se quebraba. Después Dios o el espíritu del bosque le concedió un piadoso desmayo.

– ¡Ahora aprenderás quién manda! -rezongó Camperutti, el italiano renegado, capaz de cualquier felonía con tal de no trabajar una hora.

– ¡Aquí concluyen las hazañas de Su Majestad el Chilenazo -sentenció el tercer matón, apurando el resto de caña de la bota; ninguno de los tres era chileno.

Todavía al irse, Camperutti (que odiaba la virilidad) le tiró un puntapié a los testículos, y Gerónimo se contrajo, con un movimiento puramente reflejo de los nervios.

…Y la lluvia continuó cayendo silenciosa, resbalando por los troncos lisos de los raulíes y los rugosos de la lenga y formó diminutos canales que nacían entre los cañaverales mientras a Gerónimo Solórzano Vicuña y Montemuro, el hachero, le brotaba también de los labios golpeados un pequeño canal de sangre y alcohol revueltos que se unía a las gotas de la lluvia hasta confundirse en la tierra pisoteada y la lluvia terminó tan silenciosa como había comenzado, y desde el mallín subía una niebla helada que paseaba sus dedos helados por las heridas calientes del hachero, y Gerónimo gimió, despertó y supo pronto que su brazo derecho, su crédito, el que empuñaba el machete con vigor y empujaba el hacha como una palanca perfecta o sujetaba un árbol en su caída estaba ahora doblado bajo sus costillas en una postura increíble, ¡pero sí estaba quebrado!, y cuando por fin pudo entreabrir los ojos creyó ver unas figuras borrosas que se inclinaban sobre él y entonces se encogió horrorizado, creyendo que empezaba de nuevo la pesadilla de los golpes…

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