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Электронная книга - «Culminacion De Montoya». Краткое содержание книги:

Premio Nadal 1974
Culminación de Montoya, Premio Eugenio Nadal 1974, posee -dentro de una concepción clásica-un valor universal y permanente por el drama humano en que se inspira y una visión trágica de la existencia, presidida por la más inexorable fatalidad. El héroe mítico -héroe al revés, al decir del autor- es el coronel Montoya, aristócrata de raza y militar profesional, descendiente de una vieja estirpe de conquistadores, quien al no encontrar una empresa heroica en la que volcar su coraje, ha consagrado todas sus energías en su propia destrucción, hasta ser degradado y expulsado del ejército. Su voluntaria condena le lleva a un confinamiento en los remotos bosques del Sur en busca de un infierno donde purgar la muerte de su hijo y el suicidio de su mujer, de los que se cree responsable. Torturado por el venenoso resentimiento de un viejo asistente, simbólica encarnación de sus demonios familiares, arrastrado por el instinto de autodestrucción, Montoya encuentra en el generoso sacrificio de su vida una posible redención. La atención del lector se mantiene en suspenso dentro de un ambiente fascinante y angustioso.
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– Me parece que los dos tenemos mucho para contarnos; ojalá nos den tiempo para hacerlo. Vos, Jorgelina; no andes por ahí…, los peones están nerviosos.

Jorgelina levantó los hombros despreocupándose.

– No me van a robar… No valgo tanto.

Montoya ya se alejaba. La tarde iba entrando en la sosegada espera del crepúsculo. A lo lejos se escuchaban los últimos golpes de hacha contra un tronco. El sol, casi paralelo a la tierra, alargaba las sombras y su luz se descomponía al enredarse con los hilos verde claro que colgaban de los troncos y ramas bajas de la lenga. El gozque de los Solórzano, desde algún lugar del bosque, aullaba a intervalos por su ama. María se dispuso a esperar, deseando que Jorgelina se calmara. Poco a poco las sombras oscurecieron el brillo de las hojas, borraron las huellas y el silencio doblegó la garrulería de los pájaros. Jorgelina entró en la cabaña. Ningún sonido era ya audible. La soledad se abatió sobre los pastos del sotobosque y animó al ratón de los palos a abandonar su madriguera. María no sintió el frío que invadía sus miembros inferiores. Aguardaba, aguzando el oído, con la ardiente esperanza de escuchar en el cortante silencio los pasos indecisos de Luciano, que volvería seguramente ebrio. Pasó otra hora. Al fin se levantó y entró ella también. Veló todavía, hasta que él llegó y encendió la lámpara. La luz recortó la figura de María, interrogándolo con los ojos muy abiertos.

– ¿Por qué no dormías? -preguntó Montoya.

– No tengo sueño. Te esperaba… ¡Chist! Habla bajo; no sé si Jorgelina duerme…

Sintió en la cara el aliento alcohólico del hombre. Sintió también una pena lacerante, porque la embriaguez del coronel, despojándolo de toda su varonil prepotencia, lo entregaba indefenso, próximo a la lesera de Gerónimo Solórzano. Como ella estaba vestida, cubierta por el poncho chileno que componía todo el abrigo de su lecho, él se limitó a quitarse las botas y escurrirse a su lado. Arrastró la lámpara por el piso hasta el borde de la cama y redujo la llama al mínimo. En el otro rincón de la cabaña, precariamente dividida por una lona cruzada, se esfumaba el bulto del cuerpo de Jorgelina. Iluminado de abajo arriba, el rostro del coronel semejaba una máscara proyectada en vértice.

– La muerte de Ángela ha preocupado a la plana mayor del obraje -empezó Montoya, con una voz carente de matices-. Estaban los Fichel, incluido el escurridizo Max, el que nunca concluía de llegar de Valdivia…, estaban Videla y sus matones…, sólo faltaba yo para completar el cuadro. ¡Lindo grupo, María, te lo aseguro!… Si supieras…, si supieras…

Tosió. Su mano se asió a la de María.

En el silencio sus palabras levantaban un murmullo de chorrillo deslizándose entre las piedras.

María se esforzó en escucharlo a pesar de su fatiga porque presentía que él ya no podía callar por más tiempo su demorada y fundamental confidencia. El encuentro con los Fichel, la muerte de Ángela, eran el pretexto elegido: ¿sería ella capaz de entender el secreto dolor de Luciano?

– Este asunto de Ángela es malo para los Fichel. Puede complicarse, no tanto por Gerónimo que andará escondido hasta que tenga sed, sino por la peonada… Por ahora decidieron llevarse el cuerpo hasta el otro lado. Querían estudiar mis intenciones y de paso meterme un poco de miedo. Videla en particular desconfía de mí, insinuando que yo conozco el paradero del Chilenazo. ¿Y sabes una cosa, María?: ocurre que yo sé dónde anda Gerónimo, dónde se mete todo este tiempo. Algo muy raro está sucediendo con ese tipo, su chifladura es singularísima. Pienso que se prepara para algo; lo he visto de noche metiendo la cabeza en el arroyo o en el mallín, para quitarse la borrachera, cierta o fingida, y luego masajearse el brazo seco intentando devolverle el vigor desaparecido, sin descuidar sin embargo fortalecer la potencia del otro. Esa figura estúpida que soportamos todos los días no se compara en nada con la que yo he espiado manejando el hacha con la zurda…

– Debe estar lleno de rencor -musitó María.

– Eso creo yo también -convino Montoya-. No puedo entender por qué le pegaron tanto aquella noche…, pero Videla o sus guapos están complicados en el asunto. ¿Fue para quitarle a la mujer? ¿Fue para robarle sus ganancias? ¿O por qué…? ¿Acaso estaría erigiéndose en el caudillo de sus compañeros? ¡Vaya uno a saber! Una cosa parece cierta a mi juicio: Solórzano es todo lo contrario de un agitador sindicalista, aun entre trabajadores clandestinos.

»Tipos como él abundan en las fronteras: indóciles, individualistas, salvajes, más rebeldes que brutos. Las fronteras, María, se parecen bastante a los límites que nuestra sociedad impone a los individuos. Dentro de esos límites es lícito manifestarse impunemente; algunos, los que están en el núcleo, son los tipos considerados normales; a los demás se los va rechazando hacia los extremos, allí donde inútilmente intentamos entendernos. Sí, querida María, existen muchas fronteras: físicas, morales y sociales. En cada una de ellas, como en el Infierno del Dante, se penetra por grados…, en los bordes de esos abismos se agitan los desesperados, los confusos, los rebeldes, peleando por sobrevivir… La peor suerte les está siempre reservada a estos hombres marginales.

Hizo una pausa. En los rincones de la pieza el silencio se espesó como una niebla gaseosa. María luchaba con su cansancio. Y también con el sentido de aquellas reflexiones que no alcanzaba a comprender enteramente. Ella era demasiado simple para abarcar los laberintos del alma exacerbada por la duda. Como si él adivinara su esfuerzo, entró directamente en la cuestión que lo atormentaba.

– Bueno, María, desde hace tiempo te debo una sincera explicación de mi conducta. Me imagino que he de parecerte un acertijo viviente, o un simulacro…, o qué sé yo.

«Supongo que con los primeros conquistadores españoles vendría un Montoya de mi sangre, así al menos me lo han hecho creer; pero, en cambio, es verdad que con el general Rosas ambuló por tierras de salvajes un capitán Montoya, mi bisabuelo. A las órdenes del comandante Lagos cargó, en marzo de 1833, contra el cacique Paularen. Batieron al cacique al norte del río Negro. Antes, en Chile, otro coronel Montoya, del Ejército español, rindió la guarnición de Valdivia ante un almirante inglés al servicio de los chilenos y de San Martín. Después los Montoya levantaron el mito del heroísmo y circundaron campos a filo de espada. Con el tiempo, federales y unitarios se destruirían prolijamente en nuestra tierra, pero, de una manera insólita, también estructuraban sus instituciones. Ahora nos hemos vuelto más hipócritas y, habiendo vislumbrado la angustia metafísica, paralizamos al progreso. En cada Montoya se reproduce un poco el país… Se construyen y destruyen alternativamente y, a veces, agotados o desorientados, yacen deseando hundirse en el silencio. Ni a mi abuelo ni a mi padre les faltó el favor de la fortuna. Se jugaron siempre en patriadas orgullosas, se hicieron respetar y temer, casi nunca amar, y en eso se parecían también al país, es decir, en la dificultad para despertar simpatía.

»Los antiguos castellanos erigían fortalezas para encerrar a sus mujeres y los pergaminos de su linaje, y allí se estaban, verticales y recios escrutando el horizonte, moldeando en vida sus estatuas o espiando los caminos de Dios. Los Montoya, en cambio, se plantaban en el centro de sus estancias extendidas hasta límites imprecisos, tan dueños de sí que sólo ellos, en su estatura, eran los castillos, y allí señoreaban sobre el hervidero circundante.

» ¡Qué difícil puede resultar, al cabo, venir desde tan lejos! Yo crecí rodeado de troncos de orgullo, de espuelas, de lanzas, de caballos que piafaban en el fondo del desierto, y para completar el panorama, entré en un siglo donde los que peleaban realmente eran otros y en otras tierras, mientras nosotros, los que fuimos legionarios de la libertad, directoriales o morenistas, gauchos de las montoneras, liberales, lomos negros y rojos, mitristas y urquicistas, radicales y autonomistas, provincianos y porteños, siempre tomando partido y matando o muriendo por la patria; a ponchazos, con rabia, con sabiduría o ignorancia, con pasión o con odio; todos confundidos a la zaga de los ejércitos extraños, nos conformábamos con ser los abastecedores y oscilar entre el trigo y la carne. No nos habían dejado un solo pretexto para ser heroicos, al menos para la heroicidad de las lanzas… Entonces comencé a padecer esa melancolía histórica que, según mis maestros, se generó en Epicuro y alcanzó con Lucrecio su más patética expresión.

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