Culminacion De Montoya
- Автор: Gasulla Luis
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Culminacion De Montoya». Краткое содержание книги:
Culminación de Montoya, Premio Eugenio Nadal 1974, posee -dentro de una concepción clásica-un valor universal y permanente por el drama humano en que se inspira y una visión trágica de la existencia, presidida por la más inexorable fatalidad. El héroe mítico -héroe al revés, al decir del autor- es el coronel Montoya, aristócrata de raza y militar profesional, descendiente de una vieja estirpe de conquistadores, quien al no encontrar una empresa heroica en la que volcar su coraje, ha consagrado todas sus energías en su propia destrucción, hasta ser degradado y expulsado del ejército. Su voluntaria condena le lleva a un confinamiento en los remotos bosques del Sur en busca de un infierno donde purgar la muerte de su hijo y el suicidio de su mujer, de los que se cree responsable. Torturado por el venenoso resentimiento de un viejo asistente, simbólica encarnación de sus demonios familiares, arrastrado por el instinto de autodestrucción, Montoya encuentra en el generoso sacrificio de su vida una posible redención. La atención del lector se mantiene en suspenso dentro de un ambiente fascinante y angustioso.
»Me convertí sin proponérmelo en un típico exponente de cierta clase argentina suficiente y descreída, chapada de corrosiva intelectualidad y escasa de convicciones profundas. Yo también era uno de aquellos señores que, si caía por casa un dependiente confundido y sediento a pedirme un vaso de agua, le daba, exactamente, un calculado y aséptico vaso de agua, reservando para mis pares la espumosa y refrescante cerveza. Cortesía medida, pero huérfana de generosidad.
«Incapaz de reconocer el nuevo rostro de mi país, de mi gente; incapaz de comprender el sentido de las nuevas empresas que nos aguardaban, me saturé de historia antigua, transité la Grecia con sus guerreros y sabios y la Roma del esplendor y la Roma de la decadencia, donde Lucrecio buscaba los bienes del alma, la paz, la paz con palabras griegas, mágicas y terribles. Yo también encontré, como ellos, la mía, una mezcla de apatía y ataraxia: fórmula oscura y pedante de suicidarme de pie. Templos de mármol helénico, tumbas romanas y águilas caducas, como símbolos entremezclados, cerraban mi horizonte…
»No supe comprender la imposibilidad de huir impunemente de la verdad ni evadirme del tiempo que nos toca vivir. Vanamente invoqué al taciturno Lucrecio, porque mi ataraxia era el tormento de mi orgullo, un remedio mal aplicado y peor entendido; ni yo tenía la virtud del poeta ni su calma. En mi sangre y en mis entrañas bullía un vasto país de llanuras, montañas y torrentes, de mugidos de toros y disparaderos de potros y chisporroteos de hornos. Nada me pertenecía, m siquiera la fuga en la ataraxia. La única propiedad estrictamente personal que me quedaba era la de los sueños; a ellos no los compartía, no podía compartirlos. Horribles o maravillosos, estaban ahí, dentro de mí. En mí nacían y en mí morían, tremendamente solitarios, ellos y yo frente a la eternidad.
»Con mi heredada estirpe, una salud envidiable a despecho de mis excesos y con dinero abundante, resultaba un curioso soñador. Mis sueños flotaban como detrás de un espejo transparente, y me recordaba a menudo a mi profesor de griego, el extravagante viejo que definía para mí los bienes del alma: ataraxia, eutymia, apenia, cataplexia, la atypia; todas las aleatorias delicias requeridas para disipar las mordeduras de la angustia. El también veía a su maestro de sueños tras un cristal. Recuerdo que leía sus raros libros utilizando, a modo de lente o monóculo, un truculento prisma de cristal rojo; a través de él su ojo miope se facetaba como el de una mosca monstruosamente ampliada… Al fin, el trato con los soldados y la sujeción a la rutina monolítica me apartaron de tales sueños, y entré con ímpetu en las fiestas de la carne. Encerré a mi espíritu y abrí las puertas a los sentidos galopantes.
«Después todo fue desorden y arrebato: algunas veces el exceso me arrastró a una maldad gratuita y estúpida; hería a quien tenía más cerca, me complacía en agrandar el círculo del temor a mi alrededor; otras veces quise morir y envidié, ¡digna rama de un árbol viejo!, envidié el sombrío final de Quiroga; la ingloriosa muerte de Lavalle; la romántica visión de Carlos María de Alvear mandando la batalla de Ituzaingó…, o el ímpetu malogrado de Do-rrego; el frío razonar del general Paz, el despiadado holocausto de un Peñaloza, o las inverosímiles hazañas del candido Lamadrid…
»Con la aparición del Siútico y las muertes de mi hijo y de mi mujer, las pesadillas se encarnaron.
Al primero creo vagamente recordar que lo saqué de los cuarteles del Sur; debía estar entonces fatigando borracheras, porque todo viene rodeado de sombras y nieblas. Pero él estaba allí cuando mi hijo rodó por la escalera y cayó a mis pies, tan sin vida como un pájaro volteado por la tormenta. El declaró que fue un accidente, lo mismo dijo cuando Marta se precipitó al vacío, pero luego deslizó alusiones, frases encubiertas sobre su complicidad conmigo y como yo vivía en un torbellino llegué a creer que a él debía una dudosa impunidad, y así, despreciándolo y temiéndole, se transformó en mi demonio. Infernal castigo para quien había buscado alguna vez el reposo en la eutymia de Epicuro. Ahora las sombras y las tinieblas de las presentidas borracheras del Siútico me envolvían a mí; estábamos los dos confundidos en el vértigo. Ni siquiera estoy seguro de los orígenes de mi relación con él, porque a la verdad jamás lo he visto beber una gota…, sólo estoy seguro de que lo odio, como odio la niebla pegajosa que lo rodea. Lo detesto como la parte más podrida de mí mismo. «Entonces no me bastaba con saber que era; necesitaba que supieran que era; necesitaba ser afirmado como existente; ahora todo es distinto; he visto, me parece, la única verdad conveniente. Ahora necesito desandar el camino recorrido, despojarme de tanto lastre inútil, ignorar que soy, desear que me ignoren, que nadie sepa que todavía soy y que venga mi remedo, que venga pronto, porque sólo él sabe que sigo siendo, y únicamente él puede aniquilar mi orgullo. Si una sola vez me toca su mano helada, si su niebla pegajosa me envuelve, habré llegado al final de mi congoja…
Los párpados de María se cerraban pausadamente. El coronel miró el rostro cansado, los labios apenas entreabiertos y el mentón suave donde descansaba un mechón de cabellos negros. Al tocarla, ella abrió todavía los ojos, pero el sueño la arrastraba ya hacia una isla silenciosa. Montoya detuvo su mano, sintiendo bajo la yema de los dedos el latido de la sangre en la garganta de la muchacha. Era una sensación maravillosa palpar la vida latiendo en el cuerpo inmóvil que se abandonaba confiadamente. La voz del coronel se convirtió en un murmullo.
– Haces bien; descansa… Todo sería insoportable sin tu conformidad…, tu tranquilo sueño tal vez me contagie. Yo también quiero dormir…
Entrecerró los ojos. Veía aún titilar débilmente la luz de la lámpara dibujando sombras temblorosas en las paredes de troncos, de los que flotaban hilillos de corteza y velos de claridad amarillenta. La luz y la sombra resbalaban sobre sus rostros.
– Recuerdo que solía ser propenso a formularme proposiciones o afirmaciones disparatadas: cuando andaba por el Sur me decía: «alguna vez será verano», pero volvía a repetirlo cuando sudaba por el Chaco, o, «en la luna viviré rodeado de fantasmas»…, y cosas por el estilo. Figúrate la gracia que causaba…
María estaba dormida. Buena parte de la morosa confidencia no había tenido destinatario. Apagó la lámpara. La oscuridad lo envolvió y se durmió al lado de María González.
Los hombres de Fichel trasladaron el cuerpo de Ángela más allá de la frontera y regresaron dos días después. Resultaba difícil determinar si alguna auténtica emoción había conmovido al grupo de hacheros. Ningún sentimiento solidario los había reunido y, probablemente, ningún recuerdo los seguiría cuando se dispersaran. Animalizados por el trabajo y la ignorancia, se sometían a su suerte con la única preocupación de no ser despojados de los pesos escondidos torpemente. Comían en silencio, dormían recelosos y partían por los senderos del bosque, con las hachas al hombro, calculando el grosor del próximo árbol que debían derribar. Si el Chilenazo hubiera aparecido al final de un camino, lo hubieran recibido indiferentes, sin alegría ni pesar, pues ya no era rival manejando el hacha. Pero el Chilenazo no asomó su corpachón derrengado, ni nadie sabía dónde andaba metido.
Al fin, Montoya, cediendo a los ruegos de María, decidió explorar los rincones que solía frecuentar el hachero para ensayar aquella sombría ceremonia de su recuperación. Al atardecer, cuando todavía se prolongaba una débil claridad entre el follaje enmarañado por los cañaverales, las masas de rosetas agresivas y los troncos derribados, se internó en dirección del mallín. Un viento frío venía de la cordillera y silbaba sordamente entre las cañas. Ruidos apagados se confundían con el rumor del arroyo cercano. Montoya, con oído experto, analizaba los sonidos, pero ninguno correspondía a seres humanos. A veces encontraba huellas recientes del paso de los catangos, restos de troncos o colihues aplastados, pero ninguna señal del tránsito de Gerónimo. La humedad del ambiente aumentaba indicándole la proximidad del mallín: entonces se alejó del arroyo hasta que su sonido dejó de escucharse. Caminaba con pasos seguros, deteniéndose regularmente para escudriñar entre los árboles. Cualquier sendero podía conducirlo hasta el hachero, pero, ¿cuál? Podían abrirse cientos de ellos en un laberinto anónimo; podían formarse casi tantos como grandes árboles existieran o como su cerebro pudiera imaginar; podían, inclusive, no conducirlo a ninguna parte, burlando su empeño. «¡Qué tarea estúpida!», pensó con fastidio. En el bosque había que confiarse al instinto, pues siempre una pared de colores verde-marrón-gris difumaba cualquier perspectiva, menguaba los pasos, silenciaba los gritos, oprimía las espaldas, como si toda la vegetación, la viva y la muerta, desarrugara apenas un poco su piel permeable y se cerrara después detrás del curioso, obligándolo a tantear en la penumbra lechosa y acristalada, lejos de todo conocimiento del tiempo y el espacio.