Culminacion De Montoya
- Автор: Gasulla Luis
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Culminacion De Montoya». Краткое содержание книги:
Culminación de Montoya, Premio Eugenio Nadal 1974, posee -dentro de una concepción clásica-un valor universal y permanente por el drama humano en que se inspira y una visión trágica de la existencia, presidida por la más inexorable fatalidad. El héroe mítico -héroe al revés, al decir del autor- es el coronel Montoya, aristócrata de raza y militar profesional, descendiente de una vieja estirpe de conquistadores, quien al no encontrar una empresa heroica en la que volcar su coraje, ha consagrado todas sus energías en su propia destrucción, hasta ser degradado y expulsado del ejército. Su voluntaria condena le lleva a un confinamiento en los remotos bosques del Sur en busca de un infierno donde purgar la muerte de su hijo y el suicidio de su mujer, de los que se cree responsable. Torturado por el venenoso resentimiento de un viejo asistente, simbólica encarnación de sus demonios familiares, arrastrado por el instinto de autodestrucción, Montoya encuentra en el generoso sacrificio de su vida una posible redención. La atención del lector se mantiene en suspenso dentro de un ambiente fascinante y angustioso.
“¿Se sentiría así, quizá, Gerónimo Solórzano Vicuña y Montemuro?»
“¿Estarían todos ellos encerrados en una dimensión vegetal, ilimitada y sin tiempo mensurable?»
“¿Quién hollaba aquel jugoso légamo verdusco, producto de la savia, el agua y millones de vidas larvales, informes y secretas? Nacían en la húmeda oscuridad, vivían un instante, recorrían un ínfimo espacio y de ellos se nutrían otros seres microscópicos y anónimos.»
«¡Los hermosos bosques!… -pensó-. ¡Qué mentira!… Los bosques eran aquella semipenumbra verdeante, aquellos troncos podridos e insepultos entre masas de hojarascas; eran la soledad, el miedo, los hacheros explotados, los días tristes y la fatiga del caleidoscopio verde-marrón-gris de hojas, ramas, troncos, repetidos hasta el infinito.»
Sentía la palpitación de una vena sobre la frente. Apartó una rama oscilante a la altura de los ojos. Por la ingle le recorría un cosquilleo nervioso. Tropezó y lanzó una palabrota. El sonido de su voz lo sorprendió.
De nuevo su índole voluntariosa y soberbia amenazaba rebelarse. Después de todo, a él la suerte, la mala suerte de Gerónimo, poco le interesaba. La búsqueda podía resultar un interminable paseo sin recompensa. El, el coronel Luciano Montoya, accediendo blandamente ante los ruegos de una mujer sin importancia, ambulaba por la húmeda espesura buscando a un borracho medio loco. La picazón en la ingle era una sensación física, no un reflejo de sus nervios atensados. Aflojó el cinturón y anduvo hurgando entre el vientre y los órganos genitales. Algo viviente encerró entre sus dedos. Medio aplastado el insecto se retorcía agónico. Lo reventó contra un tronco.
«¡Este me confundió!…», se dijo, olvidando el orden de sus pensamientos. Ensayó un grito con la esperanza de que el Chilenazo lo escuchara, pero el llamado rebotó contra los troncos sin ecos y se apagó en seguida. La oscuridad crecía, la vegetación se espesaba gradualmente y el terreno ascendía. Poderosas raíces rodeaban rocas diseminadas y se hundían en la tierra alfombrada de hojarasca, líquenes podridos y excrementos de pájaros y animales. Hilos de agua fluían entre las piedras y se perdían de inmediato.
Cruzó un claro pedregoso; volvió a meterse entre los árboles y los cañaverales sin luz, y de pronto casi tropezó con Gerónimo. El gigantón dormía hecho un ovillo. Cerca de él, clavados en un tronco hachado, estaban sus herramientas y el largo machete de monte. Montoya se colocó entre ellos y el hachero.
– ¡Eh…, eh! -rezongó Gerónimo al ser tocado en las costillas con la punta de la rama de lenga que traía el coronel. Estiró las piernas con desgana.
– Linda manera de servir a los Fichel… ¡Vamos, Gerónimo! ¡Levántese!
El Chilenazo se sentó en el suelo, apretando el brazo inútil contra el cuerpo. Contempló a Montoya con ojos inexpresivos cargados de velos de sueño.
Esbozó una sonrisa acogedora. Su garganta emitió algunos sonidos que pretendían ser un saludo. Su postura era grotesca y miserable.
– Terminemos, Gerónimo…, Deje de hacer el tonto… -dijo Montoya, colérico.
Gerónimo se pasó la manaza por el rostro, apartando el cabello revuelto.
– Usted ha sido bueno conmigo…, patroncito. Diga qué tengo que hacer.
– Por lo pronto se viene conmigo al campamento. ¿O prefiere morirse de hambre aquí?… Además, tengo algo muy importante que decirle, ¿me entiende?
En la creciente penumbra era difícil establecer si Solórzano prestaba realmente atención a las palabras de Montoya. Su cabeza se balanceaba a un lado y otro. El espectáculo acabó con la paciencia del coronel.
– ¡Escuche, pedazo de idiota!… Mientras usted esconde sus borracheras y sus mañas, su mujer…
– ¿Qué…, qué? -tartajeó el hachero.
– ¡Bah! Es imposible razonar con usted. Su mujer, Ángela, ha muerto hace tres días; ¿entiende ahora?
Previendo una reacción enloquecida del gigante, Montoya ocultó con su cuerpo las herramientas clavadas en el tronco. Si Gerónimo se mostraba hostil tendría que defenderse con ellas. Pero no sucedió lo que imaginara. Primero el cuerpo de Gerónimo permaneció rígido, la cabeza inclinada pareció detenerse en el punto donde el sonido la había tocado en su movimiento oscilatorio. Después sus ojos adquirieron la fijeza y el brillo de dos brasas en la oscuridad; apretó el puño sano y rechinó los dientes como si triturase un hueso; luego todo éclass="underline"
– ¡Nooo… NOOO… 00… O…!
El grito lo levantó y antes que concluyera cayó de rodillas, maltratando la tierra húmeda con el puño cerrado; babeaba como un animal rabioso y negaba, negaba con la cabeza, con los hombros, con los ojos… Toda su maltrecha humanidad negaba enloquecida.
Montoya no intentó consolarlo ni hubiera sabido cómo hacerlo. Lo miraba retorcerse, revolcarse y bramar como si, de una manera muy particular, estuviera mirándose a sí mismo. Se analizaba en el otro, se doblaba con él y calculaba el tiempo de la ira. Y como nunca había sentido lástima de su persona, tampoco alcanzaba a tenerla ahora de aquel despojo que se aplastaba contra el suelo mojado. El patetismo no podía conmoverlo. Existía en él una especie de orgulloso pudor, un recinto que excluía la conmiseración. Se aproximó hasta tocar con el pie el cuerpo de Gerónimo.
– Arriba, hombre…, ¡levántese! Está haciendo frío y tenemos todavía mucho que andar.
El Chilenazo no se resistió cuando lo ayudó a pararse. Se dejó conducir mansamente por los senderos del bosque invadido por la oscuridad de la noche. Una luna helada filtraba su luz espectral entre los altos colihues. Montoya sostenía el hacha sobre su hombro izquierdo y blandía el machete apartando los arbustos achaparrados. La hoja despedía reflejos de cromo al ser tocada por la claridad lunar. Un gran silencio se abatía sobre el bosque y sobre ellos. Cuando dudaba sobre el rumbo a seguir, Montoya exigía a Gerónimo que se detuviera, y el hachero obedecía pasivamente. Por dos o tres veces erraron el sendero, hasta que el rumor del arroyo los orientó definitivamente.
En el campamento el silencio del sueño era apenas cruzado por los secos chistidos de las aves nocturnas que corrían o volaban entre la arboleda próxima. Separados por el fuego de troncos que ardía dentro de un cerco de piedras, Ramón y Camperutti cumplían un turno de guardia. Ramas verdes estallaban como minúsculos petardos levantando abanicos de chispas. Camperutti dormitaba acuclillado y por la comisura de los labios se le deslizaba una saliva amarillenta. Su cuerpo exhalaba un olor ácido. Una mosca verde, enorme, exploraba los repliegues de su cara.