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Электронная книга - «Culminacion De Montoya». Краткое содержание книги:

Premio Nadal 1974
Culminación de Montoya, Premio Eugenio Nadal 1974, posee -dentro de una concepción clásica-un valor universal y permanente por el drama humano en que se inspira y una visión trágica de la existencia, presidida por la más inexorable fatalidad. El héroe mítico -héroe al revés, al decir del autor- es el coronel Montoya, aristócrata de raza y militar profesional, descendiente de una vieja estirpe de conquistadores, quien al no encontrar una empresa heroica en la que volcar su coraje, ha consagrado todas sus energías en su propia destrucción, hasta ser degradado y expulsado del ejército. Su voluntaria condena le lleva a un confinamiento en los remotos bosques del Sur en busca de un infierno donde purgar la muerte de su hijo y el suicidio de su mujer, de los que se cree responsable. Torturado por el venenoso resentimiento de un viejo asistente, simbólica encarnación de sus demonios familiares, arrastrado por el instinto de autodestrucción, Montoya encuentra en el generoso sacrificio de su vida una posible redención. La atención del lector se mantiene en suspenso dentro de un ambiente fascinante y angustioso.
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Cuando alzaron la cabeza el lago era ya una ancha lámina recorrida por el sol. Regresaron, despertaron a Jorgelina y un rato después reemprendían el viaje. El terreno declinaba y la senda a ratos se desdibujaba. Al mediodía se acercaron a un arroyo. Atrás había quedado otra cabaña deshabitada y ruinosa y desde el Oeste gruesas nubes bajas ocultaron el sol. Allí desaparecía la senda, y como el arroyo se recostaba en la ladera de un cerro, lo cruzaron saltando de piedra en piedra. De pronto el terreno empezó a mostrarse más blando y cenagoso. Los árboles raleaban y eran sustituidos por matorrales de cañas, juncales de tallos ásperos y urticantes, y espaciados montecillos de ñires raquíticos.

– Con razón los alemanes eligieron estos parajes para instalar el obraje. Al otro lado no cruza el ganado y los pobladores no irán casi nunca. El mallín les cubre las espaldas y los aisla entre el lago y la frontera.

– Y nosotros, ¿pasaremos? -preguntó Jorgelina.

– Bueno, pronto lo sabremos.

– No parece difícil -comentó María, observando el terreno.

Mientras debastaba una rama retorcida de lenga, Montoya echó una ojeada profesional al mallín.

– Si no acertamos con algún paso, este inocente pantano nos tragará para siempre.

Entraron en el mallín. Cincuenta metros adentro el agua era clara, límpida, no delataba ningún peligro; ágiles juncos ondulaban sobre la superficie y de la dilatada cubeta de fondo arcilloso se levantaba un olor maloliente, ominoso. Los patos huían a ocultarse entre las hierbas y se escuchaba sus cloqueos de alarma ante la presencia extraña.

No pudieron internarse mucho. Los zapatones se enterraban en el fondo, revolvían la masa de fango negro, amasado con detritos vegetales y materias podridas o en descomposición. El hedor crecía como si reventaran tumbas en un cementerio.

– ¡Atrás…, atrás! -advirtió Montoya-. Debe haber una entrada vadeable, pero más arriba.

Toda la tarde, mientras las nubes se amontonaban entre los cerros próximos y el frío penetraba en sus huesos, los tres viajeros se metieron una y otra vez en el mallín, hundiendo sus bastones de lenga en el fondo, hasta que una franja de tierra sólida los condujo fuera de la ciénaga. En una ocasión, María se hundió con un grito aterrado en una depresión, y cuando lograron extraerla la lluvia comenzó a caer silenciosamente, aumentando las dificultades. La relativa euforia del día anterior se transformaba ahora en una rabiosa obstinación en Montoya y en asustada determinación en María y su hermana.

Querían escapar de la sucia trampa como quien, envuelto en una pesadilla, se angustia horrorizado frente a las reiteradas acechanzas y peligros que lo asaltan sin cesar.

La noche cayó sobre ellos cuando se alejaban de los bordes de la ciénaga y los primeros árboles señalaban la reanudación del bosque. La configuración del terreno se modificaba gradualmente, aunque todavía se prolongaban aislados matorrales de cañas y, a intervalos, afloraban ojos de agua estancada sobre los cuales se abatía una monótona lluvia innecesaria.

IX

Aquella tarde venía Gerónimo Solórzano Vicuña y Montemuro, hachero de oficio, desde el oloroso sotobosque picaneando los bueyes. Resplandecía en su carota la eterna sonrisa de confiada suficiencia.

Ni siquiera la presunción, casi la certeza, de que una vez más volvería a ser estafado por el capataz del obraje clandestino, bastaban a borrarle esa ancha sonrisa satisfecha. ¿Satisfecha de qué? No lo sabía: nunca lo había sabido, pero él igual sonreía. Siempre iba con él aquel sol diminuto.

Hasta cuando Ángela, su mujer, le reprochaba rabiosamente su estupidez y sus borracheras, él la escuchaba sonriente, seguro del enorme poder de sus puños, condescendiendo en dejarse arañar el pecho considerable por las uñas gastadas de la muchacha. Después, enardecido, la volteaba sobre el crujiente catre y, con el deseo saciado, entrambos yacían en quieta soledad, hasta dormirse serenamente, no tan cerca que pudieran tocarse sus costados. En el sueño, la humilde felicidad jugueteaba entre los gruesos labios del obrajero, iluminando sus dientes desparejos.

A pesar de los varios y altisonantes apellidos, Gerónimo era un bastardo. Desconocía a su padre, pero toda su sangre, desquitándose de su anonimidad u obedeciendo vaya a saber a cuáles soterrados antecesores, se encendía de salvaje patriotismo.

Tan ostentosa dimensión alcanzó aquella oscura fiebre patricia, que se ganó el alias del Chilenazo. Con este mote fue aclamado en cuanto boliche de la frontera frecuentaba; y éstos eran muchos, verdaderamente. Su declamado y ostensible entusiasmo (en la primaria acepción del vocablo), le franqueó numerosas copas gratuitas en los mostradores chilenos, entre sus paisanos complacientes. En cambio, del otro lado de la frontera, pendularmente, sus borracheras nacionalistas le acarrearon sucesivos disgustos y fríos calabozos.

Porque el Chilenazo no se conformaba con gritar la gloria de su tierra; para afirmarla exhibía con petulancia su poderoso corpachón desbordante de masculinidad. (Una masculinidad elemental cercana a la del macho zoológico, pero suficiente para irritar a los varones y subyugar a las muchachas.) Así cosechó aplausos y prisiones; así también conquistó el amor de Ángela, que limpiaba cuartos en un hospedaje de Puerto Aysén.

Quizá por eso razonó confusamente la oferta de los Fichel; podía ganar dinero y embromar a los «che». Desde luego, jamás se le ocurriría admitir que podían considerarlo un delincuente. El tenía su propia ley y, además, era el Chilenazo.

En un solo punto flaqueaba la fe que Gerónimo sentía por las instituciones de su patria. Nunca pudo perdonarle a su gente la peregrina humorada de la «regla chilena», infernal instrumento creado adrede para arruinar su trabajo, condenándolo a ir a todas partes del brazo con la miseria.

Sin embargo, ¡cosa singular!, su optimismo no cedía jamás. Pensando en el asunto recrudeció su encono contra el capataz. Allí, en los bosques de la cabecera occidental del Lolog, la regla chilena era manejada con aleatoria destreza.

Como todavía le faltaba un trecho largo hasta el aserradero, se entretenía calculando el valor de la carga. Sobre el catango traía cuatro robustos rollizos de raulí. Para conseguirlos había trabajado duramente desde que el sol rozara la superficie helada del lago. Primero debió ensanchar a golpes de machete el sendero abierto entre la maraña de cañas colihue, altas de siete a ocho metros y que parecían crecer en su presencia, multiplicarse y ahogar el claro dejado atrás. El primer raulí, elegido entre una masa compacta de cañas, colihues corpulentos y lengas casi todos enfermos, era un hermoso árbol de más de veinte metros, derecho y de gran grosor, pero que, al tumbarse, se enredó de tal manera entre las ramas de un colihue que optó por abandonarlo en el bosque, con la esperanza de arrancarlo de la trampa vegetal cuando la huella, suficientemente ensanchada, permitiera la entrada de los bueyes. Así se consolaba siempre de sus fracasos, pero la verdad, nunca recordaba después tales propósitos. Olvidaba el lugar u olvidaba las circunstancias, mas el resultado era exactamente el mismo. La exagerada idea de su capacidad le inducía por lo demás a rehuir cualquier colaboración ajena. El trabajaba solo.

Volvió a meterse por otra huella que él mismo abriera al norte del arroyo Boquete, próximo al mallín grande. Sabía que cerca de las fajas cenagosas, aprovechando el mayor calor, la luz y la humedad del ambiente, crecen los mejores raulíes.

Entonces fue cuando descubrió aquel majestuoso ejemplar y se detuvo inmovilizándose largo rato en la ávida y orgullosa contemplación, como si solamente con mirarlo estableciera ya una comunicación amistosa, un acto de dominio no disputado sobre el «hermano árbol», como decía siempre, medio en broma, medio en serio, mientras hundía el hacha filosa como una navaja en la creciente herida vegetal. Un zumo oloroso goteaba de las comisuras del tajo y Gerónimo olfateaba gozoso el perfume que el árbol derramaba en su derrota.

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