La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Le fastidiaba que la gente pensara que había sido seducida, pero era intolerable que pensaran que su amante la había abandonado por su hija adolescente. Era una cuestión de dignidad.
Desde que el Rey había cesado a su ministro Calonne, Claude trabajaba hasta muy tarde en su despacho.
La primera noche, Annette no había pegado ojo. Había permanecido en la cama hasta el amanecer, urdiendo su venganza. Decidió obligarlo a marcharse de París. A las cuatro se levantó, se puso un chal sobre los hombros y caminó descalza por la vivienda, como un penitente, pues no quería despertar a su doncella ni a su hija, la cual sin duda estaría sumida en el casto y apacible sueño de los déspotas emocionales. Al cabo de un rato se sentó junto a una ventana abierta, tiritando. Su decisión le parecía una monstruosa y complicada fantasía ideada por otra persona. No le des tanta importancia, se dijo, no es más que un incidente. Pero se sentía profundamente herida.
Lucile la miraba desconcertada, tratando de adivinar lo que estaba pensando. Prácticamente no se dirigían la palabra. En presencia de otras personas charlaban de cosas intrascendentes; cuando estaban a solas, se sentían violentas.
Lucile pasaba muchos ratos sola. Leyó de nuevo La Nouvelle Heloïse. Cuando un año atrás leyó el libro por primera vez, Camille le contó que tenía un amigo, un individuo con un nombre muy extraño que empezaba por R, que lo consideraba la obra cumbre de la época. Su amigo era extraordinariamente sentimental, y Lucile se llevaría muy bien con él. Por la forma en que se había expresado, Lucile dedujo que el libro no le parecía gran cosa. Un día le oyó hablar con su madre sobre las Confesiones de Rousseau, un libro que su padre no le permitía leer. Camille afirmó que el autor carecía de delicadeza y que había ciertas cosas que era mejor no ponerlas por escrito. Desde aquel día, Lucile tenía mucho cuidado con lo que escribía en su diario. Su madre se echó a reír y dijo que uno podía hacer lo que quisiera siempre y cuando no perdiera el sentido del decoro. Camille hizo un comentario sobre la estética del pecado, que Lucile apenas alcanzó a oír, y su madre sonrió, se inclinó hacia él y le acarició el cabello. En aquel momento Lucile no dio importancia a ese gesto.
Durante las últimas semanas había recordado varios episodios semejantes. Su madre parecía negar -en ocasiones resultaba difícil entender lo que decía- que se había acostado con Camille. Lucile estaba convencida de que mentía.
Annette se había portado muy bien con ella, pensó Lucile, teniendo en cuenta las circunstancias. En cierta ocasión su madre le dijo que el tiempo lo cura todo, sin necesidad de que uno tenga que hacer nada. A Lucile le parecía una forma absurda de afrontar la vida. Alguien tiene que resultar forzosamente herido, pensó, pero no seré yo. Me he convertido en una persona importante; todo cuanto digo y hago incide en los demás.
Lucile reprodujo mentalmente la escena crucial. Después de la tormenta, un rayo de sol iluminaba un mechón de pelo sobre el cuello de su madre. Camille tenía las manos apoyadas en su cintura. Cuando Annette se giró, observó que tenía el rostro contraído, como si acabaran de propinarle un violento bofetón. Camille sonrió débilmente y sujetó a su madre durante unos instantes por la muñeca, como si quisiera reservarla para otro día.
Lucile se quedó estupefacta, aunque en el fondo era lo que Adèle y ella habían supuesto.
Últimamente su madre salía poco, y siempre iba en coche. Quizá temía encontrarse con Camille. Su rostro reflejaba la tensión que padecía, y tenía el cutis apagado, como si hubiera envejecido.
Llegó el mes de mayo y los días se hicieron más largos. Claude se quedaba frecuentemente toda la noche trabajando en su despacho, tratando de dar un cierto aire de novedad a las propuestas del nuevo ministro de Finanzas. El Parlamento se negaba a dejarse atropellar. La culpa la tenía el dichoso impuesto sobre la tierra. Cuando el Parlamentó se mostraba inflexible, el remedio real era exiliarlo a las provincias. Este año el Rey lo había enviado a Troyes. Cada uno de sus miembros había recibido una lettre de cachet. Qué emocionante para Troyes, observó Georges-Jacques D’Anton.
El 14 de junio contrajo matrimonio con Gabrielle en la iglesia de Saint-Germain l’Auxerrois. La novia tenía veinticuatro años. Mientras esperaba pacientemente a que su padre y su prometido llegaran a un acuerdo, pasaba las tardes metida en la cocina, haciendo experimentos y degustando los platos que preparaba. Lo que más le gustaba eran las tartas de chocolate. El día de la boda sonrió cuando su madre la ayudó a ponerse el vestido, pensando en el momento en que su marido se lo quitaría. Estoy a salvo -pensó al salir de la iglesia del brazo de Georges-. Tengo toda la vida ante mí y no me cambiaría ni por la Reina. Luego se sonrojó ligeramente ante esos pensamientos tan sentimentales. De tanto comer dulces se me ha reblandecido el cerebro, pensó, sonriendo a los convidados, sintiendo el calor de su cuerpo embutido en el ceñido vestido de seda. No, decididamente no me gustaría ser la Reina. La había visto desfilar por las calles en su carroza, su rostro la viva imagen de la estupidez, mirando con desprecio a sus súbditos y exhibiendo unos brillantes que relucían como la hoja de un cuchillo.
La vivienda que habían alquilado estaba muy cerca de Les Halles.
– Me gusta mucho -dijo Gabrielle-. Lo único que me preocupa es ver a los cerdos corriendo por la calle.
– Son unos cerdos muy pequeños -respondió Georges-Jacques-. Pero tienes razón, debimos pensar en ello.
– Es una vivienda preciosa. De no ser por los cerdos, el barro y las palabrotas que sueltan las verduleras, sería perfecta. Cuando tengamos dinero nos mudaremos. Con tu nuevo cargo como consejero del Rey, no tardaremos mucho en trasladarnos de barrio.
Gabrielle ignoraba lo de las deudas. Georges-Jacques pensaba decírselo una vez que se hubieran casado. Pero nunca encontraba el momento propicio. Gabrielle se había quedado encinta la misma noche de bodas y estaba entusiasmada, eufórica, corriendo de un lado a otro entre el café y la casa, y haciendo planes para el futuro. Era la esposa ideal, tal como Georges-Jacques había imaginado: inocente, convencional y piadosa. Hubiera sido un crimen dejar que algo ensombreciera su felicidad. Así pues no le dijo nada sobre las deudas. El embarazo sentaba divinamente a Gabrielle; tenía el cabello más espeso, la piel más luminosa. Estaba muy guapa, con un cierto aire exótico. Ambos se sentían felices y optimistas.
– ¿Me permite una palabra, maître D’Anton?
Se hallaban frente a los tribunales de justicia. D’Anton se giró. El juez Hérault de Séchelles, un hombre más o menos de su edad, era un aristócrata inmensamente rico. Vamos progresando, pensó Georges-Jacques.
– Deseo felicitarle por el discurso que pronunció al entrar a formar parte de los letrados del Tribunal Supremo. ¿Ha estado usted en los tribunales esta mañana?
D’Anton le mostró una carpeta.
– Se trata del caso del marqués de Chayla. Me ha contratado para demostrar su derecho a ostentar ese título.
– Parece estar convencido de ello -murmuró Camille.
– Ah, hola -dijo Hérault-. No le había visto, maître Desmoulins.
– No disimule. Claro que me había visto.
– Vamos, hombre -elijo Hérault echándose a reír y mostrando una dentadura blanca y perfecta.
Qué demonios pretendes, pensó D’Anton. Hérault le sonreía amablemente, como si quisiera charlar un rato con él.
– ¿Qué cree que sucederá ahora que el Parlamento ha sido exiliado? -preguntó a D’Anton.
A qué viene esa pregunta, pensó Georges-Jacques. Luego respondió:
– El Rey necesita dinero. El Parlamento afirma que sólo los Estados Generales pueden concederle un subsidio. Cuando el Rey reúna al Parlamento de nuevo en otoño, supongo que dirán lo mismo, y Su Majestad no tendrá más remedio que convocar a los Estados Generales.