Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
Dirigió una mirada insinuante hacia la barra.
– … usted ya habrá comprendido, si bien ha tenido la delicadeza de no mencionarlo, que mis recursos son extremadamente limitados… -Estiró los brazos y bebió de su brebaje sin hacer esta vez una sola mueca. No sé cómo lo consiguió-. Por no decir inexistentes.
Puse veinte libras de oro sobre la mesa y las empujé hacia Defoe.
– Tome esto -dije-. Y no debe pensar en remuneraciones. Al contrario, le pagaré con gusto si puedo oír algo de esto y de aquello. Estoy aquí en Londres para ver y aprender. Se dice que soy un hombre culto, porque soy uno de los que, a bordo, saben leer algo más que un contrato y las disposiciones del navío. Pero he comprendido que eso no es mucho. Los caballeros de fortuna como yo no saben gran cosa del mundo. Vivimos de la reputación, sí, pero somos como las gallinas ciegas, y tampoco mucho más listos que ellas, si quiere que le diga la verdad. ¡Y a pesar de eso, creemos que podemos conservar la vida! No, por mi parte creo haber entendido que no se puede estar a buen recaudo sin saber cómo está organizado el mundo y cómo funcionan las cosas. Dicho de otro modo, puedo hablarle de las desgracias de los piratas si usted a cambio me cuenta lo que pasa en Inglaterra. Usted ha espiado y ha controlado, y puede por tanto proporcionarme lo que necesito. Es pago suficiente. Sin embargo, pido una sola cosa más.
– ¿De qué se trata? -preguntó Defoe mientras hacía desaparecer mis veinte libras en su bolsillo interior de forma tan natural como pudo-. Ya está concedido.
– Es decir, usted escribe un libro sobre las malandanzas de los piratas y, quizá, por qué no, sobre las buenas acciones de que se hayan hecho acreedores, se supone que por error. ¿Y usted cuenta con que ese libro se publicará y se leerá?
– Naturalmente. De lo contrario, no tendría razón de ser.
– Lo que le pido es que yo mismo, llamado John Silver, nunca apareceré nombrado en este libro.
– Señor Long -dijo Defoe-, no deja usted de sorprenderme.
Saqué mis guantes de piel.
– Estos guantes los he llevado en el mar desde que tenía unos quince años o así. Me han protegido las manos de heridas y de cicatrices, de las quemaduras típicas de los lobos de mar. ¿No querrá usted que todo esto haya sido inútil, que usted me vaya a poner un nuevo sello que me lleve directamente a la horca?
– No es poco lo que pide. ¿Quiere que, por así decirlo, le dé la vuelta a la historia?
– Tampoco hay que exagerar. Lo único que tiene que hacer es como si yo no hubiera existido, igual que usted ha creado la ilusión de que han existido otros cuando en realidad no ha sido así. Ahí tiene a Singleton y a Crusoe, por ejemplo. ¿No tengo razón? ¿Acaso es peor una cosa que otra?
– No sé -contestó Defoe con cierto apuro, como si le hubiera pisado un callo-. Es posible que tenga usted razón, que la muerte de uno pueda ser el pan de otro en el orden del mundo. Es posible. Se roba la vida de alguien, como el pobre Selkirk, olvidado para siempre, y se le da a otro, a Crusoe, que puede vivir para siempre con un poco de suerte, pero a costa del otro. ¿Hay derecho? ¿Sabe usted que hace tiempo una mujer me dijo que había naufragado en la isla de Crusoe, que había acompañado a Crusoe cuando fueron rescatados por un navío holandés e incluso que vivía con Viernes en Londres y que yo le había robado la historia para escribir la mía propia? Pues me acusó de haberla matado, de haberla silenciado para siempre, ya que no la nombré en mi relato. ¿Qué está bien y qué está mal? ¿Me puede contestar a eso?
– No -le contesté-, ése es su problema. Sólo insisto en que no me mezcle en su libro de piratas, es lo único que pido.
– Tiene mi palabra -dijo, aunque me pareció oír un tono pesaroso.
Así de fácil era sacar a Long John Silver de la historia, pensé. Estaba tachado del archivo del Almirantazgo y de las listas, eliminado de los libros de historia, como si no hubiera existido nunca.
Me recliné y puse una mano sobre el hombro del viejo.
– ¡No se lo tome tan a pecho! -le animé-. Si es eso lo único que le remuerde la conciencia, debería ver la mía.
No sé si aquellas palabras ayudaron, pero se animó y cuando nos despedimos ese primer día parecía estar de un humor inmejorable. Yo, por mi parte, estaba alegre, y le di una libra o dos a la vieja que estaba velando el cadáver de su hijo.
– ¡Dios le bendiga! -dijo como un loro que sólo supiera una frase o dos.
– ¡Que se lo lleven los demonios! -contesté para variar.
Capítulo 15
Cae por su propio peso que invité al señor Defoe a oír la historia de Edward England. Que fuera verdad ya era otra cosa. En aquel tiempo mi inclinación hacia la verdad era poca, por lo que no le referí todo sobre cómo y por qué, gracias a mi mediación, se hizo England caballero de fortuna, y eso es tan verdad como el amén en la iglesia. Además, no confiaba plenamente en la integridad de Defoe: él sólo me había dado su palabra que yo no aparecería en sus libros. Y si había algo que yo no deseaba era acabar mis días como un Selkirk, o peor aún, como un Crusoe.
Pero si hubiese un cielo, y si usted, señor Defoe, después de todas las mentiras y traiciones, hubiera tenido acceso a él, y si allí arriba pudiera oír lo que nosotros, los pobres pecadores, pensamos aquí en la tierra, me gustaría explicarle lo que verdaderamente pasó conmigo y con England. En aquella época, cuando usted y yo nos sentábamos en el Angel Pub, habría tenido que robarle un día o dos de su preciado tiempo. Ahora, supongo y espero por su bien que ya no tenga tanta prisa allí donde se encuentre, que ya no escriba como antes, con tanta furia y tanto frenesí que parecía cavar su propia tumba. Además, ¿qué pensarían en el Cielo? ¿Y por qué iba a escribir usted libros en el Paraíso? ¿Para mejorar a la gente?
Por tanto, debería tener tiempo y paciencia para escucharme. Es vergonzoso decirlo y siento un vacío infinito, pero he empezado a escribir a pesar de que es absurdo, a pesar de que no tiene sentido relatar historias, ni siquiera la mía. Dicho de otro modo, admito ante usted que a veces desearía que alguien escuchara lo que quiero decir, sí, y que esto de la escritura no fuera tan endemoniadamente solitario, aunque ¿cómo me iba yo a imaginar que iba a ser así cuando empecé? La verdad es que usted no me dijo nada de esto. El caso es que me embarqué en Saint Malo, como ya habrá oído si todo funciona bien ahí arriba, en el gran navío llamado Libre de penas, a las órdenes de Butterworth, uno de los capitanes de la Armada inglesa que tuvieron que buscarse un nuevo destino cuando acabó la guerra. Butterworth hizo lo que pudo para que el Libre de penas pareciera un buque de guerra. No es de extrañar que la mayor parte de la tripulación danesa intentara alistarse en otro barco nada más llegar a Londres y cambiarse por la tripulación británica. Tan pronto dejamos atrás Ouessant, Butterworth empezó a ejercitarnos para el combate.
– Hombres -nos aclaró-, la guerra ha terminado, gracias a Dios. Hay paz en el mundo, paz entre las naciones. Pero sabéis igual que yo que los piratas y los demás merodeadores no van a dejar de saquear y apresar sólo porque haya paz. No cumplen ninguna ley, sino que continúan asesinando y robando. Por eso tenemos que saber defendernos y estar preparados para entregar la vida por nuestra libertad. Tenemos veinticuatro cañones a bordo. Cuando esté listo con ustedes, podremos luchar contra quien sea.
Se oyó un rumor y una queja por las palabras de Butterworth; el descontento se hacía patente. Quizá Butterworth tendría que haber pensado que en el Libre de penas no había soldados de la Armada a su disposición para obligar a la tripulación a la obediencia. La mitad de los hombres no deseaban más que pasar a ser piratas y gozar de la libertad.