El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
—Sí, y me han impresionado mucho. En Italia la ciudad no es como en mi tierra… No es sólo un sitio para habitar: es un sitio para tomar decisiones. Siempre están todos en la plaza, los magistrados de la ciudad importan más que el emperador o que el papa… Son… reinos aparte.
—Y los reyes son los mercaderes. Y su arma es el dinero. El dinero, en Italia, no tiene la misma función que en tu país o en el mío. El dinero circula en todas partes, pero allí la vida sigue en gran medida dominada por el intercambio de bienes, pollos o gavillas de trigo, una hoz o un carro, y el dinero sirve para obtener esos bienes. En cambio, como habrás advertido, en las ciudades italianas son los bienes los que sirven para obtener dinero. Y también los curas y los obispos, y hasta las órdenes religiosas, deben echar cuentas con el dinero. Así se explica que la rebelión contra el poder se manifieste como reivindicación de la pobreza, y se rebelan contra el poder los que están excluidos de la relación con el dinero, y cada vez que se reivindica la pobreza estallan los conflictos y los debates, y toda la ciudad, desde el obispo al magistrado, se siente directamente atacada si alguien insiste demasiado en predicar la pobreza. Donde alguien reacciona ante el hedor del estiércol del demonio, los inquisidores huelen el hedor del demonio. Ahora comprenderás también lo que sugería Aymaro. En los tiempos áureos de la orden, una abadía benedictina era el sitio desde donde los pastores vigilaban el rebaño de los fieles. Aymaro quiere que se vuelva a la tradición. Pero la vida del rebaño ha cambiado, y para volver a la tradición (a la gloria y al poder de otros tiempos) la abadía debe aceptar que el rebaño ha cambiado, y para ello debe cambiar. Y como hoy en este país el rebaño no se domina con las armas ni con el esplendor de los ritos, sino con el control del dinero, Aymaro quiere que el conjunto de la abadía, incluida la biblioteca, se conviertan en un taller, en una fábrica de dinero.
—¿Y qué tiene que ver esto con los crímenes, o con el crimen?
—Todavía no lo sé. Pero ahora quisiera subir. Ven.
Los monjes ya estaban trabajando. En el scriptorium reinaba el silencio, pero no era aquel silencio que emana de la laboriosa paz de los corazones. Berengario, que había llegado poco antes que nosotros, se mostró incómodo al vernos. Los otros monjes levantaron las cabezas de sus mesas. Sabían que estábamos allí para descubrir algo relativo a Venancio, y la dirección misma de sus miradas hizo que nuestra atención se fijara en un sitio vacío, bajo una de las ventanas que daban al octógono central.
Aunque el día fuese muy frío, la temperatura en el scriptorium era agradable. No por azar lo habían instalado encima de las cocinas, que irradiaban bastante calor, entre otras causas, porque los conductos de los dos hornos de abajo pasaban por el interior de las pilastras en que se apoyaban las dos escaleras de caracol situadas en los torreones occidental y meridional. En cuanto al torreón septentrional, en la parte opuesta de la gran sala, no tenía escalera, pero sí una gran chimenea encendida que irradiaba un calor muy agradable. Además, el suelo estaba cubierto de paja, por lo que nuestros pasos eran silenciosos. El ángulo menos caldeado era el del torreón oriental, y, en efecto, noté que, como en aquel momento eran menos los monjes allí presentes que los puestos de trabajo disponibles, todos tendían a evitar las mesas situadas en ese sector. Cuando, más tarde, advertí que la escalera de caracol del torreón oriental era la única que no sólo comunicaba, hacia abajo, con el refectorio, sino también, hacia arriba, con la biblioteca, me pregunté si acaso la calefacción de la sala no obedecía a un cálculo cuidadoso, destinado a disuadir a los monjes del deseo de curiosear por aquella parte, y a facilitarle al bibliotecario el control del acceso a la biblioteca. Pero quizá fuesen sospechas exageradas, con las que intentaba imitar malamente a mi maestro, pues no tardé en advertir que semejante cálculo no hubiese sido de mucha utilidad en verano. Salvo (me dije) que en verano aquella parte fuera precisamente la más expuesta al sol, y, por consiguiente, también entonces, la menos frecuentada por los monjes.
La mesa del pobre Venancio estaba situada a espaldas de la gran chimenea y era, probablemente, una de las más codiciadas. En aquella época yo no había pasado todavía muchos años en un scriptorium, pero después gran parte de mi vida transcurriría en ellos, de modo que conozco los sufrimientos que el copista, el rubricante y el estudioso deben soportar en sus mesas durante las largas horas invernales, cuando los dedos se entumecen sobre el estilo (porque ya con una temperatura normal, después de escribir durante seis horas, los dedos sienten el terrible calambre del monje y el pulgar duele como si lo estuvieran machacando en un mortero). Y así se explica que a menudo encontremos al margen de los manuscritos frases dejadas por el copista como testimonio de su padecimiento (y de su impaciencia), por ejemplo: «¡Gracias a Dios no falta mucho para que oscurezca!» o «¡Si tuviese un buen vaso de vino!», o «Hoy hace frío, hay poca luz, este pergamino tiene pelos, hay algo que no va» Como dice un antiguo proverbio, tres dedos sostienen la pluma, pero el que trabaja es todo el cuerpo. Trabaja, es decir, sufre.
Pero estaba hablando de la mesa de Venancio. Como todas las situadas alrededor del patio octagonal, destinadas a los estudiosos, era más pequeña que las otras, situadas bajo las ventanas de las paredes externas, y destinadas a los copistas y miniaturistas. Sin embargo, también Venancio trabajaba con un atril, probablemente porque estaba consultando manuscritos que la abadía había recibido en préstamo para copiar. Encima de la mesa había una estantería baja en la que se amontonaban unos folios sueltos; como estaban en latín, deduje que era lo último que había estado traduciendo. Los folios, cubiertos por una escritura rápida, no estaban ordenados en páginas, de modo que después deberían haber pasado a las mesas del copista y del miniaturista. Por eso eran bastante ilegibles. Entre los folios se veía algún libro en griego. Otro libro griego estaba abierto en el atriclass="underline" era la obra que Venancio había estado traduciendo los últimos días. En aquella época yo todavía no sabía griego, pero mi maestro leyó el título y dijo que era de un tal Luciano y que contaba la historia de un hombre transformado en asno. Esto me hizo recordar una fábula análoga de Apuleyo, cuya lectura solía prohibirse severamente a los novicios.
—¿Cómo es que Venancio estaba traduciendo esto? —preguntó Guillermo a Berengario, que estaba a nuestro lado.
—Es un pedido que hizo a la abadía el señor de Milán. En compensación, la abadía obtendría un derecho de prelación sobre el vino que produzcan unas fincas situadas en la parte de oriente —dijo Berengario, señalando a lo lejos con la mano. Pero se apresuró a añadir—: No es que la abadía se preste a realizar trabajos venales para los laicos. Pero el que encargó la traducción consiguió que el dogo de Venecia nos prestara este precioso manuscrito griego, obsequio del emperador bizantino. Y, una vez acabado el trabajo de Venancio, habríamos hecho dos copias: una para el que encargó la traducción y otra para nuestra biblioteca.
—Que, por tanto, también acoge fábulas paganas —dijo Guillermo.
—La biblioteca es testimonio de la verdad y del error —dijo entonces una voz a nuestras espaldas.
Era Jorge. También esa vez me asombró (y con frecuencia volvería a hacerlo en los días sucesivos) la manera inopinada que tenía aquel anciano de aparecer, como si nosotros no lo viéramos y él sí nos viese. Me pregunté, incluso, qué podía estar haciendo un ciego en el scriptorium. Pero más tarde me di cuenta de que Jorge era omnipresente en la abadía. Y a menudo estaba en el scriptorium, sentado en un sillón cerca de la chimenea, y no parecía escapársele nada de lo que sucedía en la sala. En cierta ocasión le oí preguntar en alta voz desde aquel sitio: ¿Quién sube?, mientras volvía la cabeza hacia Malaquías, que, con pasos amortiguados por la paja, se dirigía a la biblioteca. Los monjes lo estimaban mucho y solían leerle pasajes de difícil comprensión, consultarlo para redactar algún escolio o pedirle consejos sobre la manera de representar algún animal o algún santo. Entonces clavaba sus ojos muertos en el vacío, como mirando unas páginas que su memoria había conservado nítidas, y respondía que los falsos profetas van vestidos de obispos y que de sus labios salen ranas, o cuáles eran las piedras que debían adornar la muralla de la Jerusalén celeste, o que en los mapas los arimaspos[51] debían representarse cerca de la tierra del cura Juan, pero cuidando de no excederse en la pintura de su monstruosidad, porque no debían seducir al que los contemplara, sino figurar como emblemas, reconocibles pero no concupiscibles, y tampoco repelentes hasta el punto de provocar risa.
51
Cada uno de los pobladores fabulosos de una región asiática, que tenían solamente un ojo y luchaban con los grifos para arrebatarles las riquezas de que estos eran guardadores.