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Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:

Francia, junio de 1626.
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
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—En ese caso, seremos amigas. Yo la tomo bajo mi protección y le enseñaré todo lo que le conviene saber. Conocéis mi devoción hacia Su Majestad —añadió en tono más grave Marie de Hautefort. Y luego, bajando la voz hasta el murmullo—: Como procede de vuestra casa, me sorprendería mucho que hubiera aprendido el catecismo del señor cardenal. Y la reina necesita servidores leales. Cuando el rey se haya retirado, la llevaré a los aposentos de las doncellas de honor. Sabéis que no tenemos superintendente desde que Madame de Montmorency se retiró al convento, y yo cuido de este batallón turbulento. ¿No es esta joven precisamente la que...?

Sylvie no escuchó el final de la frase. En efecto, la dama de compañía se había llevado un poco aparte a la duquesa. Aprovechó la ocasión para observar al rey.

Luis XIII no era un hombre guapo, pero poseía ese aire de majestad natural inherente al hecho de llevar la corona. Alto y delgado, de porte elegante a pesar de que prefería los vestidos de caza y los uniformes militares, tenía un rostro flaco y alargado encuadrado por un cabello negro que llevaba largo hasta los hombros y partido en dos por una raya en medio de una frente que revelaba inteligencia. La boca carnosa se adornaba con un hermoso mostacho y una perilla, que con los ojos negros y la gran nariz borbónica componían una fisonomía que al Greco le hubiera gustado pintar. Su salud era frágil, pese a que pasaba a caballo buena parte de su tiempo, ya que padecía de enteritis crónica. Tímido con las mujeres, no por ello carecía de una fuerte independencia de carácter, y no toleraba la menor intrusión en sus prerrogativas reales. Si otorgaba en la actualidad plena confianza al cardenal de Richelieu, era únicamente porque había reconocido en él a un hombre de gobierno excepcional. Y del mismo modo que su ministro, Luis XIII sabía mostrarse despiadado...

Sin embargo, al verle inclinarse hacia Louise de La Fayette para murmurarle unas palabras que, visiblemente, complacían a la joven, Sylvie presintió el encanto que podía llegar a desplegar aquel hombre un tanto apagado en medio de su séquito de magníficos señores. En cuanto a Louise, era fina y bonita sin duda, pero no podía compararse al esplendor de una Chémerault; Sylvie se enteraría muy pronto de que la llamaban «la Bella Babona», en tanto que Mademoiselle de Hautefort recibía el sobrenombre, ampliamente merecido, de «la Aurora»...

Mientras esta última la acompañaba a los aposentos de las doncellas de honor, situados en la planta baja del palacio, Sylvie, con la franqueza ingenua que la caracterizaba, y olvidando ya las recomendaciones de Madame de Vendôme, se atrevió a preguntar:

—¿Cómo es posible que el rey se interese por Mademoiselle de La Fayette, cuando tiene a su disposición tantas damas más bellas?

—Muy sencillo, querida: la ama, y sobre todo es amado por ella. Para él, eso es una experiencia casi inédita...

—Pero ¿la reina...?

—Se quisieron durante un tiempo, cuando su matrimonio se hizo real, hace una veintena de años. Después, tanto él como ella han buscado amor en otras partes. Pero no os equivoquéis, Louise de La Fayette no es la amante del rey. Como yo tampoco lo he sido...

—¿También a vos os ha amado? Eso me sorprende menos. ¡Sois tan bella!

Un cumplido sincero siempre gusta. Marie de Hautefort correspondió a aquél con una sonrisa deslumbrante, y deslizó su brazo bajo el de la recién llegada:

—Sí, pero yo lo traté a la baqueta, y no estoy segura de que no haya llegado a detestarme. ¡Sin duda porque amo demasiado a la reina! Es una mujer maravillosa.

—¿Y Mademoiselle de La Fayette? ¿También la ama?

—Menos que al rey, pero es un alma pura, orgullosa y desinteresada, muy devota. Por mucho que ame al rey (con todo su corazón, estoy segura), nunca aceptará el papel de favorita real, que la horroriza. Dicen que podría dejarnos muy pronto para encerrarse en un convento. El cardenal, por lo demás, la incita a ello por mediación de su confesor...

—¿El cardenal? ¿Y a él qué le importa?

—¡Oh, mucho y por distintas razones! Por lo menos él lo cree así. Louise pertenece a una gran familia de Auvernia, donde no aprecian mucho a Su Eminencia. Y sin embargo, él no desesperaba de convertir a Louise en una aliada. Como ella no se prestó al juego, Richelieu la empuja al convento porque teme demasiado su ascendencia sobre el rey. Podría contrarrestar la suya propia.

Sylvie sintió una pequeña inquietud.

—¿Y Su Eminencia lo intentó también con vos?

—¿En la época en que el rey me distinguía? Por supuesto, pero yo no soy de las que se dejan conducir dócilmente, y así se lo hice entender. Si un día el rey se fija en vos, también os ocurrirá algo parecido —añadió, al tiempo que colocaba en su lugar uno de los bucles de la joven.

—¡Dios me libre! —exclamó ésta con un gesto tan horrorizado que su compañera se echó a reír—. Pero estoy tranquila, no soy lo bastante bella...

—Sois una fruta deliciosa, de momento aún verde. Cuando maduréis, veremos qué ocurre. Hemos llegado a vuestro aposento —añadió, abriendo la puerta de una habitación pequeña en la que Jeannette, que había llegado con el equipaje, se ocupaba ya en vaciar los baúles—. Esta primera noche instalaos a vuestro gusto, ¡y sobre todo libraos de ese barro! Cenaréis aquí, pero estad preparada porque vendré a buscaros para la ceremonia de acostar a la reina.

La Aurora se disponía a alejarse, y Sylvie tuvo la súbita impresión de que se llevaba con ella toda la luz de aquel día tan triste y frío. La detuvo con un gesto:

—Querría daros las gracias. Sois muy buena al preocuparos tanto por una pequeña provinciana como yo.

—¿Provinciana? ¿Cuándo habéis sido educada con los Vendôme? Decidle al duque de Beaufort que es un provinciano. Me gustaría estar presente para ver su reacción...

El nombre de François, pronunciado tan de improviso, hizo que Sylvie se ruborizase. Su aturdimiento no escapó a la mirada sagaz de su compañera, cuyas bellas cejas se alzaron, al tiempo que rompía a reír. Pero tomó entre sus dedos finos el mentón de Sylvie, con el fin de escrutar sus ojos súbitamente extraviados.

—Caramba, ¿amáis al guapo François, pequeña? No es de extrañar, porque habéis crecido cerca de él y posee todos los atractivos que seducen a las mujeres. ¿Os ha hecho ya la corte?

—¡Oh, no, madame! Para él no soy más que una niña, y desde su regreso de los Países Bajos con su hermano y el señor duque apenas lo he visto; con los viajes y las campañas militares, la vida de un joven príncipe transcurre muy alejada de la de una huérfana criada por caridad. Yo tenía cuatro años cuando Madame de Vendôme me recogió, después de la muerte de mis padres, y decidió que me criara en su casa. Otra me habría llevado a un convento... donde habría sido muy desgraciada.

—Es posible amar a Dios y no desear engrosar el ejército de sus esposas. En lo que a mí respecta, también pienso así. Pero volvamos al señor de Beaufort: aquí tendréis ocasión de verle con mucha frecuencia.

Los bellos ojos color avellana se iluminaron.

—¿Viene a menudo?

—Mucho. Más vale que lo sepáis desde ahora: es el favorito de las damas, y la propia reina lo recibe con placer. Así pues, ¡cuidado con vuestro corazón! Deberíais elegir un héroe menos solicitado.

—Dichosa vos, si os es posible dar órdenes a vuestro corazón; yo no puedo. Pero por favor, señora, guardadme el secreto...

—Se os ha escapado, y yo no he hecho otra cosa que atraparlo al vuelo. Os lo devuelvo, con la recomendación de que lo guardéis mejor en adelante. Ya veis, puedo ser odiosa para quienes me disgustan, pero no es vuestro caso. Os ofrezco mi amistad, Sylvie de l'Isle; ¡no la traicionéis!

—Ésa es una palabra que desconozco. Me sentiré feliz y orgullosa de ser vuestra amiga.

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