El caso de la mosca dorada
- Автор: Crispin Edmund
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
– Investigaremos, no lo dude -aseguró con algo del valor tardío de Aquiles cuando le pidieron que luchara contra los troyanos-. En cuanto al resto del interrogatorio, a mí al menos -subrayó el pronombre como desafiando a que alguien lo desvirtuara- me parece obvio que Mr. Warner pasó la noche del miércoles con Miss Haskell -respiró pesadamente.
– Si piensa que eso tiene algo que ver con el caso, Cordery -dijo sir Richard, fríamente-, entonces tuvo razón al mostrarse tan persistente. Pero no olvide que es un policía, no una comisión de moralidad y buenas costumbres.
El inspector acusó la reprimenda demostrando convicción en la medida apropiada.
– De cualquier manera, señor -dijo-, reconozca que bien puede tener alguna relación con el asunto que tenemos entre manos.
– Todo esto me está aburriendo sobre manera -terció Fen de improviso-. Si seguimos así, me voy. Nos hemos perdido en un laberinto de detalles rutinarios -su tono se volvió amenazador-. Solamente hay que decidir dos puntos: primero, si fue un suicidio; ya he dado suficientes pruebas de que no lo fue (dicho sea de paso ¿vieron que en el suelo, que es de madera de pino blando, no había ninguna incisión en el lugar donde se supone cayó el revólver? Otro paso en falso del criminal). Y segundo, puesto que evidentemente fue un asesinato, hay que decidir cómo lo cometieron -adoptó una expresión plañidera-. Con unas cuantas preguntas inteligentes, listo. Pero no, tienen que sumergirse en un montón de cosas intrascendentes -pronunció la palabra «cosas» con una repugnancia nacida en parte de su incapacidad para dar con otra mejor-. Todo eso estaría muy bien en una novela policíaca, donde hay que disfrazar los detalles significativos; aunque debo decir que en mi opinión tendrían que buscar disfraces menos vistos y más interesantes…
Sir Richard se puso en pie resueltamente.
– Mira, Gervase -dijo-; si hay algo que me desagrada profundamente es esa clase de novelas policíacas donde uno de los personajes expone sus teorías sobre la mejor forma de escribir una novela policíaca. Ya es bastante que haya un detective que lea esas cosas: todos lo hacen…
Una ráfaga de furia avasalladora envolvió al inspector.
– Ahora es usted quien se está saliendo del tema -gritó con voz ronca-. El problema no consiste en decidir cómo cometieron el crimen, aun cuando puede que eso tenga cierta importancia, sino en decidir quién lo cometió.
– Pero eso ya lo sabemos. ¿O no? -dijo Fen con deliberada malicia.
El inspector guardó silencio. Parecía estar apelando a todas sus reservas para pulverizar la ultrajante sugerencia con una contraofensiva titánica. Abrió la boca y la sangre se le agolpó en la cara. Sin embargo, no encontrando a mano ninguna retórica adecuada, y controlando a su pesar el impulso de optar por una expresión física violenta, apeló en cambio a la ironía, en este caso pesada y subconsciente.
– Usted tal vez lo sepa -dijo por fin.
– Lo sé -respondió simplemente Fen.
Sir Richard intervino entonces, viva encarnación del sentido común con toda su brusca franqueza.
– ¡No diga tonterías, Gervase!
– He dicho que lo sé -Fen adoptó la actitud compungida de quien cree que seguirá siendo incomprendido por sus congéneres el resto de sus días-. Lo supe a los tres minutos de entrar en ese cuarto.
– ¡A los tres mi…! -en sir Richard la curiosidad y la indignación lucharon un momento, hasta que por fin la curiosidad fue más fuerte-. ¿Quién fue, entonces?
– ¡Ah!
Sir Richard abrió los brazos expresando su desesperación con el ademán convencional.
– ¡Santo cielo! -exclamó-. ¡El engaño otra vez! No me diga nada, ya sé: no se puede decir hasta el último capítulo.
– Nada de eso -repuso Fen, ofendido-. El caso todavía no está cerrado. Y, en primer lugar, no logro imaginar por qué esa persona hizo lo que hizo.
– ¡Dios me ampare! ¿Le parece que en este caso no hay motivos a montones?
– Todos sexuales, mi querido Dick. No creo en el crimen pasional, especialmente cuando, como aquí, la pasión parece ser en esencia frustración. Dinero, venganza, seguridad: ahí tiene móviles plausibles, y entre esos pienso buscar. Además confieso que algunos detalles, que probablemente no son capitales, siguen intrigándome.
– Bueno, no deja de ser un alivio -dijo el inspector en súbito acceso de jocosidad poco convincente-. Creo -añadió con recelo, al parecer temeroso de hallar oposición- que ahora convendría que viésemos a Mr. Fellowes -ejercitar así su iniciativa pareció servirle de cierto consuelo.
– Donald ya viene -anunció Nicholas, cuya oportuna aparición coronó las palabras del inspector-. En este momento, y a instancia mía, está dejando que los efectos de la bebida sigan su curso natural. No sabe beber ese muchacho. Opino que no tendrían que permitirle ni una gota de alcohol, o a lo sumo muy poca cantidad -envolvió a los presentes en una mirada benévola, sin duda buscando apoyo para la sugerencia-. ¿Puedo preguntar cómo marcha la investigación?
– Hasta ahora no hay mucho que decir -respondió sir Richard-. Avanza, pero no sabemos exactamente en qué dirección: no hay puntos de referencia de tamaño suficiente para poder asegurarlo.
– ¿Siguen aferrados a esa ridícula teoría del suicidio?
– Cómo, ¿entonces no está de acuerdo? -bajando la voz al final de la frase, el inspector la convirtió de pregunta en afirmación, que el aludido recibió resignado.
– La idea no puede ser más absurda. Yseut era rica, y justamente acababa de crear una situación llena de las más desagradables posibilidades: tenía ante sí un enorme, fecundo horizonte dentro del cual fastidiar al prójimo a voluntad. Abandonarlo habría sido traicionar sus principios de toda la vida. Cualquier cosa, que duela, habría dicho Hamlet -por un momento Nicholas analizó la paráfrasis con sentido crítico, antes de abandonarla al criterio de inteligencias inferiores-. ¿Cómo iba a cambiar toda esa actitud potencial a cambio de un mutis violento de este mundo? Rachel, Jean, Donald y Robert estaban todos sometidos a sus caprichos, en un embrollo muy poco digno. Mucho me temo que se trate de un asesinato: por dinero o bien por pasión.
– Fen -dijo sir Richard- acaba de eliminar la pasión como móvil del crimen.
– «El crimen está tan cerca de la lujuria como la llama del humo» -respondió Nicholas, cortésmente, para en seguida añadir-: Trillada comparación.
– ¿Cómo dijo, señor?
– Era una cita de Pericles, inspector, una sucia obra sobre burdeles escrita por Shakespeare…, de quien seguramente habrá oído hablar.
Sir Richard se apresuró a intervenir.
– ¿Y qué era eso del dinero? ¿Acaso era rica la joven?
– Abrumadoramente rica. Calculo que tenía una renta anual de dos mil libras, que ahora hereda su hermana Helen. Y ya que hablamos del asunto, me parece oportuno mencionar que en la reunión de la otra noche Yseut anunció a Helen su intención de ir a Londres uno de estos días por algo relacionado con su testamento.
– ¿Qué quiere insinuar? -saltó Nigel.
Nicholas descartó su intervención con un ademán.
– Los impulsos caballerescos equivocados como ese, Nigel (que originariamente, como el inspector sin duda habrá notado, denotaban una afición por la raza caballar), están totalmente fuera de lugar.
El inspector lo miró con el ceño fruncido.
– ¿Podría jurarlo? -preguntó. A Nigel se le ocurrió que aquella frase respondía a un impulso reflejo absolutamente irreflexivo que cualquier declaración injuriosa podía provocar, como la famosa salivación de los perros de Pavlov al oír la campana que anunciaba la cena.
– No soy como usted, inspector -dijo Nichols, con severidad fingida-. No hago distinciones de ninguna clase entre la verdad común y la verdad jurada. Y además poseo una mente agnóstica. No hay nada por lo que podría jurar sinceramente.